Recuerdos de la SAFA – 22: Aquellas Navidades

Recuerdos de la SAFA – 22: Aquellas Navidades.

Se acaba el trimestre. El miércoles, 21 de diciembre es el último día en Úbeda.

Tras el recreo, tenemos un acto temido: hay lectura de notas, y lo va a presidir el Prefecto. Sentados como estatuas en los pupitres del estudio, nos ponemos de pie al entrar el Hermano Peco y el P. Navarrete. Don Jerónimo les espera en la mesa. Toman asiento los tres y empiezan a llamarnos de uno en uno.

A los que tienen buenas notas, un asentimiento de cabeza o un gélido “Bien”. A los que suspenden alguna, una reprensión. A los que suspenden varias, una bronca sin alzar la voz, que da más miedo. A mi compañero de pupitre, que ha suspendido seis y tiene un 5 en conducta, directamente le amenaza con la expulsión si no mejora. Noto cómo se derrumba apesadumbrado en el duro asiento, y se agita llorando en silencio, con la cabeza gacha, inconsolable. Yo me libro. Al final nos largan un discurso sobre el esfuerzo, la suerte que hemos tenido estando en la SAFA y la responsabilidad con nuestros padres. Ya hay varios llorando. Cuando se levanta la sesión, varios piden permiso urgente para ir al baño.

El traslado en fila, en silencio hasta el comedor, es más lúgubre que nunca. Además, el tiempo no acompaña: ha bajado mucho la temperatura, cae una cellisca blanquecina y tiritamos mientras esperamos para entrar a comer.

Por la tarde, tras el recreo que pasamos en los porches de abajo por el mal tiempo, nos dan permiso para ir a los dormitorios a hacer las maletas. El nerviosismo se apodera de muchos de nosotros: ¡mañana nos vamos a casa! Han sido casi tres meses en el internado, ausentes de toda muestra de cariño, alimentándonos de las cartas de nuestra familia. Doblo de cualquier manera la ropa, meto algunas pertenencias personales, aunque no echo ningún libro por haber aprobado todo, y cierro la vieja maleta. Las pocas cosas que tengo bailan en ella, no llego a llenar ni la mitad.

Esa noche cuesta dormir, por lo nerviosos que estamos. El Hermano P. nos tiene que reprender dos veces, mandando callar.

Por la mañana, al ir a misa, nos encontramos que ha caído una buena nevada. La explanada está blanca y hace un frío que pela. Pero la inminencia de la salida lo cura todo. Tras el desayuno, chocolate caliente y pan con mantequilla, subimos al dormitorio corrido, nos pasan lista y salimos con nuestras maletas. Enfrente del Colegio, apuntando hacia la carretera está el autobús contratado.

Los mayores se hacen cargo de la organización: las maletas a la baca, donde están el chófer y un alumno, colocándolas y amarrándolas bien. Los asientos, asignados: los mayores eligen las dos primeras filas y la del final. Los pequeños, en el medio. Salimos hacia Linares y Bailén a eso de las 10. Nos quedan ocho horas de camino. Aunque el frío aprieta, pronto empezamos con las típicas canciones de viaje:

“Un elefante

se balanceaba

en la tela de una araña.

Como veía que resistía

llamaron a otro elefante”

Al año siguiente hubo una pequeña crisis: los mayores quieren ir en tren porque el autobús es muy caro. Los pequeños no éramos suficientes para contratar uno para nosotros solos, así que tuvimos que asumir una nueva experiencia: arrastrar nuestras maletas hasta la estación de autobuses, bajarnos en Linares-Baeza, con el tiempo justo de comprar los billetes y subirnos al tren Rápido que venía de Madrid. No sé por qué le llamaban así: tardó casi las mismas horas que el renqueante autobús del año anterior. En Sevilla, nos bajamos en la estación de Córdoba y cruzamos el Guadalquivir por el puente de Triana para llegar casi justos a los garajes de los autobuses Damas, que era el único medio para ir a nuestro pueblo, al que llegamos de noche cerrada.

Peor fue en el viaje del verano: cogimos el expreso Barcelona – Cádiz, que paraba en San Bernardo, donde se bajaron los compañeros de Cádiz y los de Montellano que nos acompañaron hasta el Prado de San Sebastián, donde cogían el autobús de Los Amarillos. Nosotros tuvimos que atravesar media Sevilla con nuestras maletas a cuestas hasta Triana.

El autobús llegó al pueblo de noche, y las familias nos estaban esperando en la esquina del Paseo. Es imaginable el alborozo y las lágrimas de felicidad. Esa noche cenamos lo mejor que podían darnos en nuestra casa, y estuvimos hasta bien tarde contando las experiencias del internado.

Al día siguiente, primer paseo por el pueblo: ver a los amigos, volver al llano de la Encina Seca, contar andanzas:

– “Cómo es el internado? ¿Hay niñas? ¿Y la comida? ¿Y los curas?”

No teníamos tele (ni casi nadie, salvo el Ingeniero, el Perito en Minas, la directora del Instituto y el Interventor del Banco de Andalucía). Y claro, el Casino Mercantil. A los niños nos dejaban verla, sentados en primera fila en el salón, sin ocupar los sillones (¡niño, quítate de ahí!), devorando los programas de la tarde: los dibujos animados, los concursos, los Chiripitifláuticos, algunos documentales, etc. A veces jaleábamos a los que salían por la tele, o jugábamos al “¡Me lo pido!” cuando salían los anuncios de juguetes en Navidades. Este alboroto incomodaba a algunos socios, que nos reprendían o llamaban al encargado para que nos echaran. Normalmente, nos salvaba que los padres de algunos también eran socios, y ahí quedaba la cosa. A las nueve, todo el mundo en casa, nada de trasnochar.

La cena de Nochebuena era verdaderamente familiar. Con esfuerzo mi madre preparaba algún entrante, un pollo para los cuatro, guisado con muchas patatas y algunas verduras, y de postre algún lujo, como melocotón en almíbar. Luego una tableta de turrón duro que duraba toda la Navidad y una bandeja de roscos y dulces caseros. No había Papá Noel ni árbol de Navidad ni nada. Visitábamos el Belén del Círculo Mercantil y nos encantaban las luces de colores que colgaba el Ayuntamiento en su fachada. Poco más.

En Reyes, los regalos. Ese año me tocó una caja de acuarelas ¡de 24 colores nada menos!, un par de libros, un jersey de cuello alto, una bolsa de caramelos y una bufanda de lana para los fríos de Úbeda.

La cabalgata de Reyes no era tal: tres vecinos, disfrazados de algo parecido al porte regio, con coronas de cartón forradas de papel de plata de los chocolates y un manto de colores, uno de ellos con la cara embetunada, se sentaban en tres sillones en el recibidor del Ayuntamiento la tarde de la víspera y recogían las cartas que llevábamos los niños con toda ilusión.

El Cine Victoria, en esos días tenía sesión a diario, con dos pases : uno infantil, a las cuatro y otro, de adultos a las ocho. En el infantil los días festivos eran de sesión doble: dos películas, normalmente del Oeste, de algo menos de una hora, con preferencia las del Llanero Solitario. Jaleábamos las hazañas del héroe, gritábamos “¡Jai Joooo, Silver!” a su caballo y nos reíamos con las desventuras de su fiel Toro, un indio al que en la versión original americana llamaban “Tonto” se supone que sin saber su significado en español. Otras veces pasaban dos de Tarzán, de la cual salíamos dando grandes voces de su grito e imitando a la mona Chita y diciéndole a las chicas «mi Tarzán, tú Yein» (nuestro inglés era lamentable)

Para la sesión nocturna había que ir antes al tablón de la parroquia, para ver su calificación moral. Si era “Para Todos los Públicos”, estupendo. Pero si era “3” ni hablar, no pasábamos ni de la taquilla. Y si era “3R” ni te cuento: el párroco se apostaba en la puerta a sermonear a los réprobos que osaban entrar, por muy mayores de edad que fuesen.

Los días pasaban como caballos al galope: nada más desayunar, a la calle, a juntarnos con los amigos y a corretear. Además del llano de la Encina Seca, el “alma mater” del barrio, nuestro sitio favorito eran Los Riscales, un promontorio de piedra pizarrosa, con forma de lajas negruzcas, que los niños arrancábamos para nuestros múltiples juegos, y cuyos filos aguzados dejaban cortes y desolladuras en nuestras piernas apenas protegidas por los pantalones cortos.

Uno de sus lados era un acantilado de unos ocho o diez metros de altura a la orilla izquierda del Río Tinto, por cuyo borde triscábamos, con indudable riesgo, de roca en roca. Era asombrosa la falta de noción del peligro que teníamos.

Otro cerro que suscitaba nuestras querencias era el Cerro Moro (así llamado porque una leyenda decía que se habían encontrado unas monedas “del tiempo de los moros”), lugar de cita para las “pedreas”, que eran simplemente la solución colectiva a las diferencias entre las pandillas de barrios rivales. Si te daban en cualquier parte del cuerpo, te aguantabas, pero si te daban en la cabeza, te hacían una “pitera” y te llevaban al puesto de Socorro (nada de Ambulatorio ni hospital, de eso no había).

Como nuestro pueblo no  tenía ni un solo huerto que mereciese tal nombre, ni explotación agrícola alguna, el contacto con la naturaleza lo hacíamos en los pinares de la repoblación del Cerro San Cristóbal, donde nacía el Río Tinto, o en las masas de eucaliptos que la empresa maderera (la Forestal  le llamábamos) había plantado  en los montes orientales,  arrasando un bosque mediterráneo de centurias, para suministrar pasta de celulosa a la planta papelera de San Juan del Puerto, un foco de contaminación que tapizó los pulmones de una generación de onubenses y enfangó las aguas del río Odiel hasta su desembocadura conjunta con el Tinto en la Punta del Sebo.

Jugando y triscando, llegó el día fatídico: se acabaron las vacaciones. Despedida de los amigos, hacer la maleta, con provisiones para la escasez: un chorizo bien envuelto en papel de estraza, una tableta de chocolate, una lata de leche condensada, algunas latas de sardinas, nada especial. En la tienda de Antonio Úbeda (ya es curiosa la coincidencia del apellido), donde nos fiaban a todos, me regalaron un bloque de carne de membrillo, «que es muy buena para los estudios…»

De madrugada, a la esquina del Paseo. El autobús viene desde Riotinto, donde ha cargado a los compañeros de la cuenca minera. Parada, cargar las maletas en la baca, abrazos llorosos a la familia, y en marcha. Otras ocho o nueve horas renqueando por la Nacional IV para llegar anochecido al Colegio, aunque a tiempo de cenar algo caliente. Reencuentro con los compañeros, anécdotas, experiencias (“…Pues no te quejes, yo he tenido que ir todos los días a la aceituna con mi padre…”) y a dormir, cargados de nostalgia. Al día siguiente, la misma rutina: madrugón, misa, desayuno, hacer las camas, en fila india, estudio, clase,  más estudio, más clases…

 

(Continuará…)

NB: La explicación de las fotografías se muestra pasando el cursor sobre la foto.

2 opiniones en “Recuerdos de la SAFA – 22: Aquellas Navidades”

  1. Muy bueno y detallado este episodio de aquellas navidades. Para todos los safistas quiero desearles lo mejor para este año nuevo. Un fuerte abrazo desde Cádiz.

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