DESALMADOS

DESALMADOS

Mariano Valcárcel González

Decía el paciente Job: lo que Dios nos da, Dios nos lo quita. Creencia proveniente del Antiguo Testamento en la vertiente judía del sometimiento a los designios divinos aunque nos sean desconocidos (fatalismo, predeterminación) y de la necesidad del sufrimiento como prueba necesaria de la fortaleza de la fe (penitencia, sacrificio, disolución).

Nacemos sin darnos cuenta de que nacemos y obramos al nacer como cualquier animalillo, con la agravante de nuestra clara fragilidad de especie, necesarios de ayuda inmediata para sobrevivir en un medio francamente hostil. Los casos por tan especiales “milagrosos” de criaturas que pudieron vivir a pesar de ser abandonados a su suerte y especialmente por el auxilio de otros animales no humanos (pero sí con el instinto de humanidad)  fueron tan escasos que en realidad se transformaron en leyendas y mitos (ahí tenemos a Rómulo y Remo y su salvadora, la loba capitolina).

Cuando nos desarrollamos y formamos, cuando alcanzamos la madurez nos fue dado el pensar que no éramos un único ser, o sea solo cuerpo viviente y actuante, sino que viéndonos distintos de los animales que nos rodeaban (y entendiendo que les éramos superiores, según nuestras obras) dedujimos que también teníamos algo llamado “alma”, como una especie de principio vital invisible adherido a la parte física que le daba su sentido, su justificación y su razón de ser superior. Así que nosotros, cada cual y cada quien, cada uno en su individualidad, es en realidad cuerpo más alma y sin esa unicidad dual no existimos como tales.

Esto anterior nos sirve para entendernos como especie y para hacer que la existencia de la misma, tal cual, sea explicable. Por ello casi en cuanto los bípedos diferenciados empezaron a dominar la tierra surgieron las religiones para dar forma a lo inexplicable. Todas se iniciaron en el relato del origen universal, del terrenal, de la vida y de la especie del homo y variantes, que llevaba inexorablemente a la existencia de una fuerza externa, llámese dios o dioses, que había hecho posible aquello. Y su hálito o cualidad divina daba razón a la existencia del alma (indispensable).

Calderón, ortodoxo católico y contrarreformista, ya escribía aquello de: al Rey hacienda y vida se han de dar, pero el honor es patrimonio del alma y el alma solo es de Dios. Diferenciaba bien  las dos partes supuestas del ser humano.

Pero vamos al inicio… No sabemos ni el día ni la hora en que seremos concebidos y antes de ello hay un absoluto vacío; es más, hasta que no se nos conforman nuestras estructuras físicas (en especial las cerebrales) no empezamos a ser conscientes de nuestra propia existencia. Así que hasta que la naturaleza no va haciendo su trabajo correctamente la supuesta existencia del alma ni se advierte ni se conoce. Creemos en nuestra alma porque tenemos consciencia del yo, sin lo cual está desaparecida. ¿Dónde estaba nuestra alma antes de que nos pensásemos?, porque no habiendo introspección y autoconsciencia permanece la incógnita de su existencia. ¿Había un reservorio, tal como los ovarios con sus óvulos, que va sacando almas y adjudicándolas a un inicio de cuerpo por nacer o ya nacido?… Bombo de la suerte o selección divina.

¿Y a dónde va el alma cuando pierde su soporte físico, del que se sirve para existir conscientemente en la persona?… Porque habría una duda más que razonable de que una vez muerto el perro se acabó la rabia, esto es que acabadas las funciones vitales el alma no tiene nada ya que hacer ni decir y tal que supuestamente salió de lo oscuro, de la inexistencia palpable, se vuelva a la total oscuridad, se apague de inmediato. Inexista. Se cumpliría lo dicho por Job, pues que Dios nos la dio así nos la quita. Y no hay más razonamiento que la suma voluntad divina que otorga y revoca cuando le apetece.

Dios da la vida y la quita igualmente (previa imposición o deposición del alma). De esta forma los creyentes en un dios así (en especial los de las religiones “del Libro”) se someten a la voluntad divina y sus designios inescrutables. Para que todo tenga cierto sentido (que no explicación objetiva y contrastada) se aduce que el alma es inmortal, con fecha pues de nacimiento pero no de ocaso, lo cual lleva pues al sueño de la “otra vida” y sus estadios (bienaventuranza o maldición perpetuas)… Y se tiene que inventar algo así como un trastero o almacén de almas “perdidas”, pues en justicia ni merecen premio ni castigo (el limbo, cosa fina).

Quienes argumentan que nadie les pidió permiso para nacer dicen que al menos les dejen la libertad de decidir cómo o cuándo morir. Creyentes o no en la existencia de un alma quienes así se manifiestan aspiran a tener la capacidad de decidir cuando quieren acotar su dominio. Y entraríamos de lleno en el suicidio o en su caso la eutanasia (dos términos que no son iguales ni semejantes, pese a quienes les pese).

La enfermedad persistente y dolorosa, la que no tiene perspectivas de mejora ni medicinas que la atajen en su progreso y degradación de la persona, esa enfermedad es a la que la mayoría de los humanos tenemos un miedo atroz. Considerar ese proceso como camino de penitencia, de prueba y de perfección hacia el bien deseado que es alcanzar la gracia de la bienaventuranza fue casi siempre un argumento destacado entre los cristianos y católicos militantes, en especial entre las jerarquías que adoctrinaban y las órdenes religiosas que se dedicaban (o dedican) al supuesto cuidado de los enfermos. Se aplicaba la doctrina del sacrificio (quisiérase o no) y se negaban o administraban cicateramente los medios para hacer más llevadero el sufrimiento; y esto se ha vivido hasta no hace demasiados años y aún se piensa.

Alcanzar los llamados medios paliativos ha costado dura batalla en muchos casos y porque ya la ley y las normas han permitido a los médicos aplicarlos (con cierto riesgo todavía). Pero en general se aprecia un cambio de trescientos grados en las prácticas sanitarias en favor del enfermo. Que este no tenga que pasar por un innecesario calvario es practicar la misericordia (si se es religioso) y la defensa de los derechos de la persona. Las prácticas médicas de prolongación artificial, ¡ojo, artificial!, de la vida no se corresponden con ningún mandamiento religioso y menos con ley natural alguna. De los deseos del paciente o sus allegados dependería aplicarlas o retirarlas si ya no hubiese horizonte de mejora.

La eutanasia es un paso más, desde luego irreversible, en el ejercicio de la libertad personal. Se puede recurrir a ella o no, pues a nadie obliga el hacerlo. La eutanasia es querer eliminar radicalmente una situación que la persona afectada considera ya insoportable; y si se piensa lo dicho arriba, que si no se decidió nacer se puede decidir morir, el argumento para aplicarla, fuera el hecho del suicidio (que no necesita como condición partir de una situación de enfermedad irreversible) es éticamente y moralmente aceptable.

Claro, aquí el capricho no vale, hoy me quiero morir mañana no, hoy aguanto y mañana ya es insoportable todo… No se puede tener a personas al servicio del caprichoso para que luego sean reos de su conciencia (la que no quiere tener el caprichoso), ni culpables de una decisión irresponsable. De aplicarse la eutanasia ha de ser medida, controlada, asegurada en todos sus términos y el primer término es la voluntad inequívoca del paciente que la reclama. Por supuesto que en esta valoración objetiva no entran criterios doctrinales, de creencias o de fe, que se dejan para la consideración del afectado. Si cree de verdad este tema no le afecta.

Creo que esta ley de eutanasia ha llegado para quedarse, salvo algún vuelco político-social fuerte en nuestro país. Pero tendrá aplicaciones escasas, también salvo que los que la impedirían luego la utilicen ventajistamente (e hipócritamente).

Autor: Mariano Valcárcel González

Decir que entré en SAFA Úbeda a los 4 años y salí a los 19 ya es bastante. Que terminé Magisterio en el 70 me identifica con una promoción concreta, así como que pasé también por FP - delineación. Y luego de cabeza al trabajo del que me jubilé en el 2011. Maestro de escuela, sí.

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