Mis Navidades

Cuando contemplo, desde mi balcón, el Palacio de las Dueñas de Sevilla, en esta fresca pero agradable tarde invernal, hago recuento de las distintas y variadas navidades que me ha tocado vivir y disfrutar, y no tengo más remedio que sorprenderme de cómo ha ido cambiando esta celebración religiosa que con el devenir del tiempo se ha convertido en pagana, consumista y pantagruélica.
Comenzaré rememorando aquellas navidades de mi infancia en las que el candor de mis pocos años y la grandeza del amor que me dedicaban mis padres, abuelos, tíos y primos me parecieron sublimes. ¡Qué bonitas eran entonces! Qué ambiente de paz y amor se respiraba por todos sitios; y más cuando nos reuníamos en familia y cantábamos villancicos populares con nuestros propios instrumentos musicales caseros; y que se entreveraban con esos mantecados hechos amorosamente a mano, por mi madre o abuela principalmente, y a las que yo también ayudaba. Y en las que uno se sentía responsable porque colaboraba a que esta fiesta religiosa brillase más incluso con la asistencia a la Misa del Gallo.


Sus vacaciones escolares correspondientes sabían a gloria, a pesar del seco frío ubetense y de las nevadas que -por entonces- se prodigaban por aquellos cerros, hasta que el cambio climático ha venido a anularlas como costumbre. Eran unas navidades blancas, amorosas, sentidas, dulces y tiernas… mientras íbamos pidiendo el aguinaldo de casa en casa todos juntos: compañeros, vecinos o amigos; y nos poníamos tan contentos con que nos diesen unos cuantos mantecados o alfajores. ¡Bendita ilusión que tan pronto y rauda pasó!
Luego irían llegando otras navidades diferentes, aunque el mensaje evangélico fuese el mismo, pero ya venían cargadas de obligaciones académicas, entreveradas de la obligación de la recogida de aceituna familiar aprovechando que todos los primos estábamos de vacaciones. Eran navidades bonitas también, en las que la familiaridad y la camaradería, el compañerismo y el esfuerzo común las hacían muy diferentes de las que llegarían en otras etapas de mi vida posterior.


Llegada la etapa de maestro, las navidades se fueron convirtiendo en el pórtico de unas vacaciones ansiadas y merecidas que durante parte del mes de diciembre iban adobadas de la enseñanza de villancicos, elaboración de cuentos o dibujos alegóricos a esta festividad religiosa, representaciones teatrales del Portal de Belén o de la llegada de los Reyes Magos; pero que con el tiempo irían derivando y vaciando de contenido el mensaje evangélico y religioso que conllevaba. Así es como terminarían algunas: haciéndose visitas de los reyes magos sin tener en cuenta lo principal (el nacimiento de Jesús).


Hasta que ya hoy, en mi primigenia vejez, observo cómo se ha ido devaluando totalmente el mensaje de paz y amor que la Navidad conlleva, pues se puede observar incluso en las felicitaciones navideñas o christmas que enviamos. Ya en algunos textos o misivas cuesta encontrar expresamente el nacimiento de Jesús, pues el árbol de navidad se nos ha colado por todas partes.
Y eso que ahora, para ser más ecológicos, se suelen instalar pinos-conos luminosos por toda España entera y parte del extranjero, cual moda actual que nadie pretende cambiar, por ahora…


Y ya, para rematar, nos llega esta navidad pandémica 2020, en la que todo es confusión y mentira con el fin de tenernos entretenidos de alguna manera para que no pensemos demasiado en lo que está ocurriendo a nuestro alrededor y en el mundo nuestro. Nos hemos aborregado de tal manera (salvo honrosas excepciones) que somos clichés o clones de lo que pretenden hacer de nosotros: cambiar las fiestas religiosas por paganas, como en el devenir de la historia se hizo al revés, en tiempos remotos.
Realmente no sé a dónde llegaremos en futuras navidades, ni si Dios o la naturaleza me darán la oportunidad de vivir demasiados años para ir viendo cómo se va a ir degradando más el auténtico mensaje navideño de paz y amor.
Es posible que sea (en parte) por los años que voy cumpliendo que, cual cristal con que miro estas fechas entrañables se han ido tornasolando desde mi infancia a la vejez, lo que me hace verlas cada vez más consumistas, vacías y grisáceas; incluso con las iluminaciones de postín que todo ayuntamiento democrático actual se precie, haciendo de su ciudad un festival de luminotecnia, aunque el bastante dinero que se gasta en ello bien podría usarse para motivos más solidarios y generosos, donándolo a esa gente que vive en la calle desamparada, que tiene problemas reales de alimentarse y vivir dignamente; pero, eso es otro cantar y a ver quién es el valiente que defiende la idea y lanza la primera piedra al revuelto estanque de la opinión pública tratando de conseguir que todo esto cambie en positivo.


Si nuestros antepasados levantasen la cabeza, seguramente volverían a reposarla, pues estarían espantados de todo lo que estamos haciendo con esta festividad navideña. “Poderoso caballero es don dinero”, decía Francisco de Quevedo; que todo lo mueve y tergiversa.
Sevilla, 23 de diciembre de 2020.
Fernando Sánchez Resa

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