Anti-progreso, 2 (la Circulación de la Sangre, parte C)

Alfredo Rodríguez Tébar

William Harvey (1578‒1657) obtuvo el Bachelor of Arts en Cambridge y se marchó a Padua a estudiar Medicina bajo la supervisión de Fabrizius (Girolamo Fabrizi ab Acquapendente), un reputado anatomista que descubrió finalizando el s. XVI las válvulas venosas (necesarias para evitar el reflujo de sangre en las extremidades posteriores de los humanos, debido a la gravedad; una adquisición evolutiva resultante del bipedalismo). Padua tenía en los s. XVI-XVII la mejor universidad de Europa para los estudios de Anatomía y Medicina. Tras doctorarse, volvió Harvey a Inglaterra con un bagaje médico y anatómico que le permitió ejercer la medicina, enseñarla y adquirir una gran reputación como médico. Siguió con sus investigaciones sobre la circulación de la sangre en los humanos y en los animales en los que practicó vivisecciones, que 25 años más tarde condensó en un pequeño libro de 72 páginas que tituló Exercitatio Anatomica de Motu Cordis et Sanguinis in Animalibus (Ejercicios Anatómicos sobre la Moción del Corazón y la Sangre en Animales) publicado en 1628; sin duda unos de los libros más importantes en la historia de la Ciencia.

En el libro, Harvey cerraba la circulación mayor o sistémica, por la cual la misma sangre que salía del corazón por las arterias volvía por las venas (la sangre no se creaba constantemente en el hígado ni se consumía transformada en órganos o tejidos como sostuvo Galeno; se reciclaba). Para que esto sea así, debe haber una comunicación entre las arterias y las venas. Harvey no pudo ver tal comunicación pero la estableció a partir de una serie de experimentos, de los que el más confirmatorio fue el expuesto en la Figura 1.

Antes hay que recordar que, en los miembros del cuerpo humano, las arterias están profundas; en los escasos sitios donde discurren más superficiales es donde se puede tomar el pulso (ejemplos, arteria radial en la muñeca, carótidas en el cuello). En cambio, existen dos sistemas venosos, el profundo (las venas corren cerca y paralelas a las arterias) y el superficial, algunas de cuyas venas se pueden ver azules a través de la piel (de las que pasan por la parte alta del antebrazo es de donde nos sacan sangre para los análisis; son también las que producen las varices en las piernas).

Con estas premisas se puede comprender mejor el experimento de Harvey que está ilustrado en la Figura 1.

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Figura 1. Aunque Harvey no lo sabía cuantitativamente (no había manómetros), la presión sanguínea normal en una arteria a la altura del corazón es de 120 (sístólica) y 80 (diastólica) mm de Hg, mientras que la de las venas paralelas puede estar entre 5 y 15 mm. Es posible hacer una ligadura apretada por encima de 120 mm que oblitere la circulación en las arterias y venas (parte superior), o menos apretada, entre 80 y 15 mm de Hg, que oblitere la circulación en las venas, pero no en las arterias (parte inferior).(Figura tomada de W.C. Aird en https://onlinelibrary.wiley.com/doi/full/10.1111/j.1538-7836.2011.04312.x)

En la parte superior de la figura se muestra, aplicado en el brazo, un torniquete (ligadura) bien apretado, capaz de obliterar la circulación  tanto en las venas como en la arteria (desaparece el pulso en la muñeca). En estas circunstancias no llega ninguna sangre a la mano que se torna pálida y fría. Por el contrario, si se aplica un torniquete menos apretado (parte inferior de la figura), la sangre sí puede llegar a la mano (se puede detectar el pulso en la muñeca) pero no retornar por las venas que sí están comprimidas por el torniquete. En este caso, la mano se torna cianótica (azul), hinchada y caliente (por la sangre retenida). Si se relaja el torniquete, el exceso de sangre podrá abandonar la mano y restituirse la normalidad. Estaba claro que la misma sangre iba del corazón a la mano por las arterias y volvía desde la mano al corazón por las venas. Harvey no supo por dónde se producía el intercambio arterio-venoso; sin embargo, sí intuyó que desde las arterias más pequeñas la sangre se extravasaba a los tejidos para nutrirlos a través de “porosidades» y luego era recogida por vénulas que finalmente la llevaban a venas mayores y al corazón derecho. Él no vio los capilares (los vería Malpighi, el padre de la Histología, al microscopio pocas décadas más tarde), ni pensó que hubiera una comunicación continua entre arterias y venas, como realmente la hay por los capilares.

Los experimentos de Harvey, que le llevaron a “cerrar” la circulación mayor son más numerosos, pero el que he descrito arriba se puede considerar el más definitorio. Algo tan simple, una vez conocido, costó dos mil años en comprenderse y solo se puede explicar esta tardanza en el peso de Aristóteles y Galeno tuvieron en el pensamiento de Europa Occidental (entonces llamada Cristiandad). El mismo Harvey no se quitó enteramente la caspa aristotélico-galénica. Seguía teniendo una idea teleológica del organismo, creía en el vitalismo aristotélico, aunque sus propios experimentos en disecciones y vivisecciones de perros y ovejas le condujeron a establecer un mecanicismo en el bombeo cardíaco y en la moción de la sangre, que estaba conceptualmente lejos de cualquier tipo de vitalismo.

La elucidación de la circulación de la sangre acabó en 1924. Ese año, un médico egipcio, Muhyo Al-Deen Altawi,  que hacía su tesis doctoral en Friburgo de Bresgovia sobre historia de la medicina árabe, encontró en la Preußische Staatsbibliothek de Berlín un manuscrito en árabe titulado Sharah al Tashreeh al Qānūn, Comentarios sobre la Anatomía del Canon [de Avicena] de un tal Ibn Nafis Dimashki que trabajó en Egipto en el s. XIII (mencionado en la entrega anterior de esta serie).

Ibn Nafis nació en las cercanías de Damasco en la primera década del s. XIII. Estudió Medicina y marchó a Egipto donde gozó de gran reputación hasta su muerte, ya octogenario. A la manera de Galeno y Avicena, Ibn Nafis escribió varios cientos de libros sobre Teología, Filosofía y Medicina (de Oftalmología entre otras materias). Gozó de gran fama en el mundo árabe durante los dos siglos consecutivos a su muerte y se le reconoció como un gran científico medio escalón por debajo de Avicena, pero ¡ay! su libro Comentarios sobre la Anatomía del Canon desapareció de la ciencia musulmana. Me pregunto por qué, aunque es fácil suponer que el olvido se pudo deber a la osadía de Ibn Nafis por contradecir las apreciaciones anatómicas de Avicena. Una de ellas fue negar la existencia de poros que permitían el paso de la sangre del ventrículo derecho al izquierdo. La comunicación entre la parte derecha e izquierda del corazón, según Ibn Nafis, se establecía a través de los pulmones, lugar donde la sangre se aireaba y adquiría el espíritu de la vida. Para abreviar: Ibn Nafis había descrito la circulación menor o pulmonar 300 años antes que Servet y Colombo. Fue el primero que “cerró”, en parte, la circulación de la sangre.

Desde que se encontró el libro en la Biblioteca Estatal Prusiana muchas conjeturas se han hecho. Una de ellas habla del ninguneo de la ciencia occidental contra un científico musulmán (falso porque Ibn Nafis estuvo olvidado durante siglos en el mundo árabe), hasta llegar a afirmar que tanto Servet como Colombo y Harvey conocían el trabajo de Ibn Nafis, lo ocultaron y le hurtaron el crédito. Ciertamente, el trabajo de Ibn Nafis no se tradujo al latín y no parece que Servet o Colombo supieran árabe o tuvieran acceso al libro, pero es posible que en Padua hubiera existido alguna comunicación oral sobre el trabajo de Ibn Nafis. Un médico del Véneto, Andrea Alpago, había residido 30 años en Arabia y Siria, conocía bien la lengua y la medicina árabe y había traducido al latín el Canon de Avicena. Se sabe que conocía la obra de Ibn Nafis y pudo haber hablado de ella cuando volvió a Padua en 1520, pero no ha quedado evidencia escrita (una narración amena y completa de la vida y ciencia de Ibn Nafis se puede encontrar en: http://www.fu1838.org/pdf/4-2.pdf).

***

El conocimiento exacto y cabal de la circulación de la sangre era estrictamente necesario para el desarrollo de la Medicina. No hay medicina sin fisiología y no hay fisiología sin un conocimiento de cómo, a través de la sangre, se nutren y oxigenan todas las células de un organismo. La sangre circulando por los vasos es una de las dos comunicaciones que tienen todos los órganos del cuerpo (la otra es la nerviosa). La enfermedades asociadas a la circulación de la sangre son la principal causa de muerte en los países desarrollados.

¿Por qué se tardó tanto en dilucidar la circulación de la sangre?

De esta pequeña narración sobre circulación de la sangre surgen mucha preguntas y consideraciones que podrían explicar la lentitud y las trabas que ha sufrido el progreso humano; veamos algunas:

  1. La incomunicación entre pueblos y culturas

Los tiempos antiguos no permitían una comunicación rápida. El trabajo de Ibn Nafis tardó 680 años en conocerse en Occidente, pero también el trabajo de Servet sobre la circulación pulmonar no se conoció hasta finales del s. XVII, 140 años después de su publicación en un tratado de Teología. Un avance científico debe ser publicado en un medio apropiado que llegue a mucha gente en el menos tiempo posible. No era posible la rapidez en tiempos antiguos, pero algunos retrasos tan prolongados en la comunicación del conocimiento se debieron a la hostilidad entre naciones de religiones enemigas. Hay que resaltar que son las religiones, la política y el expolio los que crean y crían hostilidad entre los pueblos; otras facetas culturales diferenciales (arte, literatura, gastronomía, lenguaje, costumbres…) no ocasionan conflictos (al contrario).

Otra barrera cultural importante que dificultaba la difusión de los avances ha sido la del lenguaje. En Europa nadie leía árabe y la traducción de textos árabes estaba muy restringida. Todos tenemos noticia de la llamada Escuela de Traductores de Toledo e incluso algún guía toledano os puede mostrar el edificio donde dicen estaba. No es cierto enteramente; no se ha demostrado que hubiera una escuela de traducción. Lo que sí hubo es una gran cantidad de manuscritos árabes que quedaron en Toledo tras la conquista cristiana (1085). También quedaron araboparlantes en Toledo; su número se incrementó con el de los andalusíes (judíos, árabes y algún mozárabe despistado) que huían de la persecución de los fundamentalistas almohades del califa al-Mamun (mediados s. XII) en al-Ándalus. Esos inmigrantes andalusíes conocían el árabe y acabaron hablando la lengua de Castilla. Así, una obra de Galeno escrita en griego, encontrada en algún territorio conquistado por los árabes a los bizantinos, pudo haberse traducido al árabe en la Casa de la Sabiduría de Bagdad, haber venido una copia al Toledo musulmán y allí encontrada tras la conquista cristiana; en Toledo pudo haber sido traducida a la lengua de Castilla por algún andalusí y del castellano, finalmente traducido al latín por algún traductor conocido como Domingo Gundisalvo, Gerardo de Cremona, Herman el Alemán, Alfredo Ánglico… cuyos niveles de conocimiento del árabe no serían para tañer campanas. Y peor aún, a una obra que había pasado traducida por cuatro idiomas se le añadían los errores que se perpetuaban e incrementaban de copia a copia.

Me pregunté muchas veces por qué la ciencia y la filosofía griega tuvieron que venir a Europa dando un rodeo tan largo, a través del árabe, cuando las obras griegas en las que se basa nuestra peculiar cultura se conservaban en la Biblioteca Imperial del Sacro Palacio de Constantinopla (Wikipedia) y se hubieran podido traducir del griego directamente al latín, entonces la lingua franca de los europeos occidentales cultos. Esta biblioteca, pese a los percances (incendios) que sufrió, pervivió hasta que fue arrasada por las depredadoras hordas franco-venecianas de la IV Cruzada que instauró en Constantinopla el así llamado Imperio Latino en 1204. Es evidente que los intercambios culturales entre Bizancio y Occidente fueron mínimos; las razones fueron varias, incluyendo la separación de la iglesia oriental, total a partir de la mitad del s. XI, que propiciaron una desconfianza mutua, pero este no es el momento para analizarlas.

(Continuará)

Nota: No he podido acabar esta historia de la circulación como paradigma del Anti-Progreso. Continuará en la próxima entrega que prometo, esta vez sí (palabra de honor), será la última de esta serie. Pasaremos revista al papel obstaculizador de la Iglesia y de la sociedad en la aceptación del Progreso y en la adquisición de un pensamiento racional.

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