Mi primera (y última) autopsia

Alfredo Rodríguez Tébar

Escribir sobre las autopsias que realizaba Mondino de Liuzzi en su Teatro Anatómico, s. XIV, me ha traído a la memoria experiencias personales mucho más cutres y totalmente desprovistas del glamour de las disecciones anatómicas medievales que se practicaban en Bolonia, según relaté en mi escrito anterior (Anti-Progreso 2. La Circulación de la Sangre, Parte B).

En un pueblo de la Penibética que no quiero identificar (para mí la Penibética es la cordillera que bordea el Mediterráneo Sur y va desde la sierra de los Filabres en Almería, hasta la sierra de los Alcornocales, en Cádiz), donde ejercí de médico rural, un día recibí en mi consulta la visita del sargento de la Guardia Civil acompañado por un auxiliar del ayuntamiento, quienes me entregaron un oficio del juez de distrito ordenándome que tenía que hacer ipso facto, ese mismo día, el levantamiento del cadáver de un ahorcado y practicarle la autopsia al día siguiente. Se me cayeron los palos del sombrajo.

No obstante, no había ningún problema por mi parte porque yo tenía experiencia en autopsias; había ayudado en quince o veinte y adquirido una razonable formación en Medicina Legal. Pero aún así, no veía las cosas claras; el levantamiento del cadáver, según la ley, debía hacerse por tres personas, el juez o el secretario del juzgado, el forense de la zona y la autoridad más cercana (el comandante de puesto, un sargento de la guardia civil). Eran leyes vigentes en 1971, cuando sucedían los autos.

El sargento, un hombre amable, me dijo que ni el juez del distrito ni el forense acudían a hacer ningún levantamiento ni ninguna autopsia (en esos tiempos y en ese medio rural solían hacerse seis u ocho autopsias al año, usualmente a suicidas por ahorcadura) y que las cosas eran así, gustaran o no. El médico reemplazaría al forense y el juez o secretario sería reemplazado por un auxiliar administrativo del ayuntamiento. Sabía yo que, en ausencia justificada del forense, el juez puede ordenar hacer una autopsia al médico titular o, en su defecto, a cualquier licenciado en Medicina, pero estaba claro que ese no era el caso; el juez y el forense nunca venían a levantar cadáveres o a realizar autopsias porque no les daba la gana.

Bien, bien, pensé, según la ley, si el forense no viene con su propio equipo, el ayuntamiento debe custodiar los instrumentos para la autopsia, porque yo no los tenía ¿Dónde están? Tras mi demanda, me trajeron una caja de madera carcomida que contenía una sierra (para madera) oxidada, un martillo roñoso, unas tijeras de podar mugrientas y un par de cuchillos herrumbrosos y mellados.

Después de tragar saliva, pedí ir al cementerio para inspeccionar la caseta con mesa de mármol (preceptivo entonces en todos los cementerios) donde hacer la autopsia al día siguiente. El auxiliar del ayuntamiento me acompañó; la puerta del cementerio estaba desvencijada  y abierta; la mitad de la tapia, derruida; al fondo se localizaba la caseta de autopsias sepultada por un derrumbe. El cementerio de esa localidad estaba en una especie de hoyo, rodeado por un circo casi semicircular formado por un cerro de paredes muy pinas (Figura 1). Una parte de estas se había derrumbado sobre el cementerio . A mi pregunta de dónde iba a poner el cadáver para autopsiarlo, el auxiliar se encogió de hombros y me sugirió que se lo preguntara a Don Equis, el practicante, pues este había ayudado al médico anterior a hacer otras autopsias.

Figura 1.

Ubicación del antiguo cementerio del pueblo (imagen satelital de Google Earth, captada en 2004). El lugar tiene forma de elipse cuya mitad superior es perfilada por una cresta de 375-385 m. snm de altitud. La parte inferior, donde hice la autopsia, está a unos 340 m. snm. Este fue mi Anfiteatro Anatómico.

Del levantamiento del cadáver, que hicimos ese mismo día por la tarde en una cortijada bien apartada del pueblo, podría escribir una novela, pero ahora no es la ocasión de describirlo (saldría demasiado macabro este relato). Al día siguiente recibimos el muerto en el cementerio procedente de la iglesia donde se le habían ofrecido las correspondientes exequias. Como experimentado que era, Don Equis dirigió la logística con soltura; ordenó al enterrador y a su ayudante poner el ataúd en tierra, abrirlo y sacar el cadáver. Le dieron la vuelta al féretro vacío y sobre él colocamos el cadáver, ya blando por haber pasado el rigor mortis ¡Ya teníamos mesa!

«Todo tuyo, Alfredo» me dijo Don Equis. Entonces me poseyó mi enfermiza tendencia al academicismo: me acordé del método Mata (por don Pedro Mata i Fontanet, Wikipedia) vigente legalmente, que exige para cualquier autopsia la apertura de las tres cavidades del cuerpo, craneal, torácica y abdominal, de acuerdo con pautas y protocolos bien establecidos, que yo conocía bien.

Después de confiarle mis cuitas forenses a Don Equis, este me dijo: «Mira, muchacho, la cavidad craneal no la puedes abrir con el serrucho que te han dado; así que, olvídala; la abdominal, mejor no la abras, que lleva muerto cuatro días y con este calor…; lo que puedes hacer es abrir solamente la torácica y, si quieres, algo del cuello, que allí es donde están las lesiones de los que se cuelgan». Así lo hice; cogí las tijeras de podar con determinación y empecé a cortar costillas para levantar la pared torácica anterior sin darme cuenta que había bastante gente alrededor que se iba acercando a nosotros. Intervino la Guardia Civil que nos protegía y les amenazó con detenerlos a todos si no se retiraban. Se retiraron, pero no se fueron. De aquella gente salían gritos que me llamaban asesino y que dejara tranquilo al muerto y no me ensañara con él (nada me habría gustado más). Miré hacia arriba y vi el anfiteatro geológico lleno de gente que observaba la autopsia, algunos con prismáticos; nunca en mi vida, ni antes ni después, había yo generado tanta atención. Haciendo de tripas corazón y protegido por la Guardia Civil, abrí la cavidad torácica y vi las típicas equimosis de un ahorcado en los pulmones; revisé el cuello y observé el hueso hioides machacado… ¡Lo de siempre! Devolvimos el cadáver al ataúd; los enterradores se lo llevaron y nosotros nos largamos a lavarnos en la fuente de la plaza porque en el cementerio no había agua.

No me acordé de las autopsias de Mondino de Liuzzi, porque entonces yo no sabía quién era el tal Mondino. Pero ahora, en retrospectiva, puedo afirmar que vencí a Mondino por partida doble: por una parte, mi teatro anatómico era mucho mayor, más solemne y más natural que el de Bolonia: un circo geológico formado por una montaña semicircular (o semielíptica); y por otra parte, tuve muchos más espectadores que Mondino, aunque estuvieran tan cabreados conmigo por la carnicería que tuve que infligir al pobre muerto.

¡Ah! Por hacer una autopsia el Estado pagaba trescientas pesetas, que nunca recibí, pese a que las reclamé varias veces (parece que se las quedaba el forense).

2 opiniones en “Mi primera (y última) autopsia”

  1. A través del relato me fui imaginando el ambiente, las personas, los rumores y el finado. Además de mi propia cosecha los motivos por los que se ahorcó. ¿Una decepción amorosa? ¿Lo descubrieron en algo y no aguanto la vergüenza? Todo un material para un buen cuento.

    1. Gracias, Andrés, por tu comentario. Lo que cuento es una historia estrictamente real que, si la hubiera cogido García Márquez, habría construido un relato genial. Era un hombre joven y, al parecer desadaptado. Aquella zona era de las más pobres de Europa occidental, pero en tan solo 10 kms en línea recta, estaba la Costa del Sol, con toda la riqueza, el glamur y la diversión de Europa. Quizá el chico no supo asimilar el contraste (trabajaba en la costa). Aquella España era muy diferente. Viendo lo que éramos y lo que somos, pienso que todos los países pueden tener su propia redención.

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