Censura que algo quitas

CENSURA QUE ALGO QUITAS

Mariano Valcárcel González

La censura es un recurso muy utilizado cuando las cosas que pasan no deben pasar y si pasan pues no se deben conocer. La censura es un gran invento, pues por nuestro bien se utiliza (que ese es el justificante más conocido).

En años añorados por muchos de ejercicio dictatorial la censura se ejercía con conocimiento y asentimiento, bien organizada y administrada por ejecutores entusiastas que censurando por aquí y por allá se ganaban su chusco cuartelero y contribuían a la estabilidad y desarrollo del nacionalcatolicismo. La censura era un gran invento y una máquina engrasada y perfecta.

Tan perfecta que hasta se lograba funcionase sola, que la mayoría del personal se autocensuraba previamente para no dar pábulo a las iras censoras oficiales (o para lograr que por fin su producción fuese permitida, publicada o comprada). Lo mejor de la eficacia del sistema era que muchos colaboraban pues en el mismo; por ejemplo, si se entraba en una taberna se encontraba uno con un cartel que decía “PROHIBIDO HABLAR DE POLÍTICA”…, ¿Qué mejor censura? También había otros carteles con aquello de “PROHIBIDO BASFLEMAR” o “PROHIBIDO EL CANTE”, todas ellas prohibiciones para mantener la armonía y la seguridad del local.

Censuras y censores pues los ha habido y los habrá mientras este perro mundo cuente con quienes de una forma o de otra pretendan mantener sus meras opiniones y directrices como únicas e indiscutibles. No digamos ya mientras los gobiernos ejerzan de forma dictatorial.

La reflexión anterior me ha venido a la mente ante algo en su origen creo yo que insulso y falto de sentido, que un programa de televisión ha debido retirar (autocensurar) la intervención de un cómico haciendo chusca comicidad en principio de fórmula blanda y blanca (o sea sin hacer befa ni burla descarada de nada ni de nadie).

Y lo han hecho así ante la “indignación” manifestada por ciertos “colectivos” (o de quienes se adjudican sus portavocías) que se sienten maltratados e insultados por la actuación del cómico en cuestión. Hacía de mariquita simplón y cándido (tono acorde al de un nene grande) que perseguía a uno de los jurados del programa. Nada que infiriese ofensa ni mala leche alguna hacia el colectivo gay, creo. Tal se entiende así que quien directamente hubiera sido señalado por la imitación (otro concursante) ha declarado no sentirse en nada ofendido.

Que la tontería manifiesta e imperante y moda actual es protestar por cualquier opinión, expresión, acto o decisión por los cuales grupos, colectivos, movimientos o individuos se pueden sentir aludidos, criticados, maltratados, ofendidos y demás y por lo tanto estos anteriores ejercicios de la libre expresión han de ser eliminados, censurados y ha de pedirse explícita y públicamente perdón es ya tan agobiante que se convierte simple y llanamente en un ejercicio censor intolerable y deviene en fin en una auténticamente dictadura tan nefasta como la que describo en la introducción de este escrito.

Consentimos y entramos en el miserable juego de autocensurarnos ante la imposición de estos elementos que han decidido ser faros únicos e inevitables de nuestras ideas, nuestros pensamientos, nuestras mentes y todo lo que lógicamente pueda derivar de lo mismo. Marcan, nos marcan, el territorio y el espacio que nos es lícito recorrer y del que no debemos salir ante el peligro claro de excomunión personal, social, creativa, política.

En aras de los libres derechos de unos sectores (que sí, que han sido perseguidos o ninguneados hasta hace bien poco) y de sus libres opciones se implanta censura previa o inmediata a todo lo que presumiblemente disienta o meramente relativice esas posturas personales o colectivas. Y es que entonces y descaradamente se le niega el pan y la sal al que no los respete supuestamente. Se censuran y prohíben libros (o se conmina a que se les cambie el sentido y los textos, aunque sean considerados clásicos), se censuran y dirigen los guiones de las películas, el elenco artístico que han de formar parte de las mismas, las pinturas (clásicas o no) o se retiran o se tapan, se pretenden crear exclusivos (de exclusión, o sea expulsión) espacios públicos e incluso con preeminencia sobre otros ya existentes en los que formen parte miembros de esos sectores en perpetua ofensa… Hasta la lengua ha de atenerse al dictado de lo que se diga, sea lógico y académico o no lo propuesto, total a toda dictadura corresponde su lenguaje.

Ejercer de dictadores se nos da bastante bien, pues, como ya escribí, todo ello es por nuestro bien (y el de la sociedad). No nos engañemos, ello genera, como antaño, miedo.

Yo no soy libertario ni al modo de los anarquistas clásicos que todo lo fiaban (en teoría) en la fuerza de la bondad personal que contagiaba así a todo la sociedad haciéndola buena por naturaleza e innecesaria de regirse por modelos coercitivos y gubernativos; pero eso sí,  bajo unas pautas ya determinadas por los “intérpretes” del sistema (y de ahí el germen de su dictadura), pero tampoco lo soy al modo de la deriva ácrataliberal que se promociona hoy día, salida precisamente del liberalismo ilustrado, que preconiza la autonomía del individuo como único referente de la estructura social, autonomía traducida en la más absoluta libertad según y para qué asuntos muy personales (¡cómo no!) en los que el poder del dinero es en realidad la espina dorsal de esa acción; quien tiene dinero tiene el poder de decidir sobre sí y los que le rodean a despecho de la intervención de cualquier sistema de organización y gobierno que lo quiera controlar y encauzar en aras del bien común.

Esos anarcoides darwinianos terminan también ejerciendo su dictadura conceptual y doctrinaria de tal forma que erigir y mantener en activo un sistema de control de las mentes, de las ideas y de sus acciones consecuentes es premisa básica para que funcione su modelo “asocial”. Y se vuelve al ejercicio de lo que se debe o se puede admitir y lo que ha de ser censurado como perjudicial y nefasto. Estos claman así “LIBERTAD”, cuando la quieren en realidad encerrar en sus estrechos corsés ideológicos.

La corriente de lo “políticamente correcto” termina siendo el río bravo que se lleva por delante toda capacidad de iniciativa, de expresión individual o colectiva disidente, de todo huerto de ideas variado e incluso divergentes pero discutibles. Es una corriente castradora que está cercenando escritos, publicaciones, películas, pinturas y demás expresiones intelectuales o artísticas, esto es un hecho (el ejemplo citado, anecdótico, de esa censura televisiva innecesaria) nos lleva a la memez idiota y seguidista de aplicarnos la autocensura para no tropezarnos con la caterva de censores en los que nos estamos convirtiendo, o están convirtiendo, que abundan ya en nuestra sociedad a todos los niveles (en especial el político, refugio y púlpito de todos estos censores de medio pelo).

En fin, ejerzamos nuestro libre albedrío expresivo tal y como nos parezca hasta que nos caiga a plomo otra época de oscuridad y control absoluto. Que puede no nos tarde en llegar.

Autor: Mariano Valcárcel González

Decir que entré en SAFA Úbeda a los 4 años y salí a los 19 ya es bastante. Que terminé Magisterio en el 70 me identifica con una promoción concreta, así como que pasé también por FP - delineación. Y luego de cabeza al trabajo del que me jubilé en el 2011. Maestro de escuela, sí.

Un comentario en “Censura que algo quitas”

  1. Muy de acuerdo, Mariano. Las redes sociales, que normalmente son un lodazal, también han lanzado al estrellato al gremio de los «ofendiditos». No hagas un chiste de dentistas, que el Colegio Profesional pide tu cabeza, no digamos si lo haces de andaluces o murcianos. «¡Ofensa intolerable a la Patria Andaluza!» O murciana, o la que sea. En fin, no son buenos tiempos para la lírica, que decía el ilustre…

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