Nuestro luminoso y sonoro cascabel

Cuando la gente camina por el centro de Sevilla no para de sorprenderse al encontrarse -diariamente- con un niño morenito y súper simpático que hace las delicias de todo aborigen o forastero, pues siempre se siente interpelado y saludado por él con una gracia y una alegría encomiables.
Da igual el día en que te lo encuentres (o la hora), incluso aunque sea un lunes aciago, ya que él irá en su carrito con su abuelo materno o andando con desparpajo y graciosamente, haciendo las delicias de todo viandante.
Es digno de admirar cómo los sevillanos, con su gracia especial (y, especialmente, las féminas) e incluso extranjeros (y eso que ahora, con el tema de la pandemia, no abundan tanto por esta capital del turismo mundial), se hacen eco de su simpatía y saludos continuados exclamando, más de una vez, «¡Qué bebé más rico y simpático!». «¡Está para comérselo!». «Cucha, ¡qué alegría lleva dentro…!» «¡Mare mía, qué bombón más apetecible!». Hasta la abuela materna ha oído decir a una pareja « Mira qué pepón…»

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