Recuerdos de la SAFA – 20: La tarde del domingo: la “hora social”

Recuerdos de la SAFA – 20: La tarde del domingo: la “hora social”

Tras el breve paseo vespertino por Úbeda y la asistencia obligatoria a la proyección de la película (que creo recordar fue “La patrulla” o “La patrulla de los cinco”, una historia de cinco combatientes falangistas que se hacen una foto el último día de la guerra civil y quedan para verse en Madrid diez años después, para contarse las peripecias de cada uno. Me quedé con la cara de uno de ellos, Arturo Fernández, que luego vi como galán ligón en multitud de películas de los 70, y posteriormente en Tele 5, repitiendo lo de “chatina” para arrobo de las féminas), me acerqué a mi paisano Juan N. que al ser mayor, no tenía que ir en fila, y que me acompañó hasta el patio del internado donde teníamos unos minutos libres hasta la hora de entrar a cenar. Le pedí que me contase algo de la “hora social” que me había comentado antes de la proyección de la película.

– “Pues que los domingos que no había cine, porque no habían conseguido los rollos de la película, o porque se había averiado el proyector, o por cualquier otra razón, los Inspectores de cada curso organizaban actividades culturales.”

– “¿Qué tipo de actividades?”

– “Sencillas: alguien cantaba con acompañamiento de una guitarra, o tocaba la armónica, o declamaba poesías… Mira, ese que viene por ahí es Antonio B., un artista en eso… ¡Eh, Antonio, ven un momento!”

– “¿Qué quieres, Juan?”

– “Recítale a mi paisano una de tus poesías, de las de la hora social”

– “No sé si me acordaré, hace ya algún tiempo de eso. A ver, la que le gustaba al Padre G., la del sabio…

Cuentan de un sabio que un día
tan pobre y mísero estaba,
que sólo se sustentaba
de unas hierbas que cogía.
¿Habrá otro, entre sí decía,
más pobre y triste que yo?;
y cuando el rostro volvió
halló la respuesta, viendo
que otro sabio iba cogiendo
las hierbas que él arrojó.

– “Pero el que lo bordaba era Angelillo, el de Peal, imitando el acento cateto cerrado

– “Pero esa es muy difícil, yo no sé ni empezarla. A ver si Angelillo está por ahí y se lo decimos…”

– “¿Y actuabais todos?”

– “Teóricamente sí, pero siempre había quien repetía y quien se escaqueaba. Con D. Eduardo era más difícil, porque llevaba apuntado en su libreta quien había actuado y quién no. Además, hacíamos pequeñas obras de teatro, que nos preparábamos en las horas de estudio o en las de Actividades Complementarias”

– “Con lo del sainete aquel de los Álvarez Quintero nos tiramos cuatro o cinco meses escapándonos a ensayar, y luego nos salió un churro ¿te acuerdas?”

– “Vaya si me acuerdo, y del cabreo monumental de D. Eduardo también”

– “Don Eduardo insistía en que lo importante no era lucirse sino actuar ante los compañeros, superar la timidez y contribuir a que la tarde fuera distraída. Incluso nos llegó a contar un chiste de Villanueva, su pueblo, donde llegó una orquesta para tocar en las fiestas, y los músicos bajaron del autobús con sus instrumentos. La gente se sorprendió al ver al del violoncelo, al que rápidamente llamaron “el guitarrón” y tenían curiosidad en ver cómo tocaba ese chisme mientras desfilaban. Cuando llegaron al paseo del pueblo, donde estaban dispuestas las sillas, y lo vieron apoyarlo en el suelo, la gente dijo: “¡Aaah, bueno, así sí!”

– “Mira, aquí está Angelillo. Anda, a ver si te acuerdas de la poesía esa del cateto”

– “Un respeto, que porque uno haga el cateto no es que lo sea”

– “¿Por qué elegiste esa poesía?

– “Yo no la elegí, yo quería hacer la Canción del pirata, esa de

“Con diez cañones por banda

viento en popa a toda vela,

no corta el mar, sino vuela

un velero bergantín…”

 Pero el cura Julio G. dijo que ni hablar, que ya estaba bien, que todo el mundo cogía la misma, y que yo, por mi forma de hablar, debía hacer esa del desahucio del cateto. Y me insistió en que exagerara el acento”

– “Vale, vale, pero tú hazlo”

– “Bueno, allá va:

Y engolando la voz, echando la cabeza para atrás y exagerando las frases, declamó:

“Señol jues, pasi usté más alanti

y que entrin tos esos,

no le dé a usté ansia

no le dé a usté mieo…

Si venís antiayel a afligila

sos tumbo a la puerta.

¡Pero ya s’a muerto!

¡Embargal, embargal los avíos,

que aquí no hay dinero:

lo he gastao en comías pa ella

y en boticas que no le sirvieron”

En ese momento nos llamaron a filas para entrar a cenar, y se interrumpió la charla. Quedé con Juan N. para volver sobre el tema cuando nos volviésemos a ver.

Algunas veces, las actividades de este tipo, por su alcance o interés, se hacían en el salón de actos, la primera nave de talleres entrando por el portón de hierro a la derecha. Así, asistimos a obras de teatro leídas o representadas con un modesto decorado, o sesiones musicales de los grupos de cuerda y armónica, o interpretaciones del coro del colegio, con D. Isaac al mando.

Una de estas sesiones de teatro leído, “La muerte de un viajante” de Arthur Miller, tuvo tanto éxito en el colegio que el Padre Julio G. se empeñó en llevarla a la calle, y consiguió que el Instituto de Enseñanza Media cediese sus instalaciones para su representación. Aunque en las obras representadas en el colegio los papeles femeninos eran desempeñados por nosotros mismos, para esa ocasión se autorizó la participación de una chica, que resultó ser una locutora de Radio Úbeda, hija de un profesor de la SAFA, que bordó el papel de Linda Loman, la esposa de Willy y madre de Happy y Biff.

Los pequeños no fuimos autorizados a asistir, pero los mayores se arracimaron en el Salón de Actos del Instituto, sobre todo cuando supieron que algunos alumnos de los Salesianos iban a ir a reventar la obra, además de que se esperaba la asistencia de numeroso público femenino. La sesión fue todo un éxito, especialmente tras el brillante monólogo final de Linda ante la tumba de Willy. Ese trimestre todo el curso participante en la obra obtuvo una excelente nota en Literatura, la asignatura del Padre G.

No faltaban las actividades de tipo cultural, como la liga entre cursos que organizaron imitando el concurso televisivo “Cesta y puntos”, en que dos equipos de cinco jugadores, a modo de una escuadra de baloncesto, competían respondiendo a preguntas de cultura general. Lógicamente se buscaba que no hubiese mucha diferencia de cursos, de tal modo que se competía sólo hasta 2º de Oficialía. Recuerdo que el experimento no duró mucho tiempo, sobre todo porque nuestro equipo de 2º de Pre ganó a los de Oficialía y eso no gustó mucho a una parte del profesorado. Sí se mantuvo un par de semanas más con equipos internos de cada curso, pero ya sin el morbo de la competición…

Pero también había tardes de domingos muy amargas: si habías suspendido más de una asignatura en las notas mensuales, o habías bajado de un 7 en conducta, o por cualquier otra razón que lo justificase a ojos del Inspector o del Tutor de internado, te quedabas castigado sin salir uno, dos o más fines de semana. Así que, ese día ni te molestabas en arreglarte y ponerte la camisa y el pantalón “de bonito”, ni te esmerabas en limpiar los zapatos ni peinarte, porque sabías que tras la sesión de misa, himnos y escritura de cartas, te tocaba quedarte en el colegio, mientras tus compañeros salían henchidos de gozo a la ciudad.

Si a eso no te añadían el castigo de confinarte en el estudio,  podías quedar en la sala de juegos, donde no tenías que hacer cola para jugar al pinpón. Si se daba el caso de que los castigados reuniésemos un número suficiente, se organizaba un partidillo de fútbol en el campo de los mayores, junto al estadio. A veces la biblioteca estaba abierta, y podías sacar algún libro para leer. Incluso, ya estando en Oficialía, habilitaron una sala de televisión donde podíamos ver los programas de los domingos, aunque del partido de fútbol, como empezaba a las 8, sólo podíamos ver la primera parte, pues la segunda coincidía con la hora de la cena.

(Continuará…)

NB: La información de las fotografías se muestra pasando el cursor sobre la foto.

 

 

Un comentario en “Recuerdos de la SAFA – 20: La tarde del domingo: la “hora social””

  1. Pues sí, teníamos la ‘Hora social’ los domingos por la tarde cuando por cualquier razón no había cine. Completaré lo que cuentas con una anécdota de las que no se olvidan. Había además concursos diversos, cuyos ganadores se proclamaban democráticamente a mano alzada por la concurrencia. A veces el prefecto daba al ganador un premio en metálico (tres durillos). Una vez uno de los concursos era de chistes. No recuerdo quién contó el siguiente:
    «Estaba Moisés vagando por el desierto y de pronto se le apareció Dios en forma de zarza ardiendo de donde salió su voz:
    –Moisés, saca a mi pueblo de Egipto y llévalo a la tierra prometida.
    –Muy bien, Señor, y cuando me pregunten ¿quién les digo que eres?
    –Yo soy el que soy.
    –Perfecto, Señor; si por algo me gustas, es por lo bien que te explicas.»
    Tronó una carcajada general y, a la hora de votar el mejor, todos por unanimidad votamos el chiste de Moisés. A esto, el prefecto Navarrete se levantó y dijo, mostrando su habitual enfado, que el chiste era muy malo y que no había premio. Y no lo hubo. Así acabó la fiesta.
    [Sobre la cuarta foto: El instituto de Úbeda se abrió en el curso 61-62. La foto no podía ser de los años 50. Tengo la sensación de que la foto era ya del 64-65 o más tarde]

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