Anti-progreso, 1 (la vacuna)

 

Alfredo Rodríguez Tébar

Más bien debería titular este escrito como La Progresión del Progreso o, mejor, ¿Cómo progresa el Progreso, o no?, porque el progreso que nos ha traído hasta aquí no nos ha venido como una exponencial ascendente, ni siquiera en una subida lineal. Más bien ha sido como una línea quebrada con grandes saltos y altibajos, con largos periodos de atonía y otros de depresión, a veces de más de un milenio. El progreso, para progresar, ha tenido que vencer muchos obstáculos, de los que cito algunos.

  1. Uno ha sido la imposibilidad de llevar a la práctica desarrollos teóricos por no disponerse de la tecnología necesaria; por ejemplo, Alhacén (Al-Haytam, s. X), uno de los grandes genios de la Humanidad, desarrolló la teoría de la Óptica en su kitab al manazir (Tratado de Óptica) siglos antes de que ópticos italianos (s. XIV) de Bolonia fabricaran gafas (no era fácil fabricar un vidrio limpio, bien cristalizado, tipo Murano, para lentes) o que Zacharias Janssen construyera el primer microscopio compuesto (finales s. XVI).
  2. En otras ocasiones, un determinado descubrimiento no tuvo trascendencia porque el descubridor no volvió para contarlo, o lo contó y nadie le dio importancia o no hizo demasiado caso hasta caer en el olvido. Ejemplos: está ahora documentado que los vikingos descubrieron América alrededor del año 1000, pero este hecho no se supo hasta el s. XX cuando se descubrieron restos arqueológicos de ellos en la península de Labrador. Incluso es probable que los hermanos Vivaldi llegaran a América a finales de s. XIII y se perdieran en el mar. Es verosímil que George Mallory fuera el primero que escaló el Everest en 1924, veintinueve años antes que Edmund Hillary; murió en el descenso y su cadáver congelado fue encontrado setenta años más tarde.
  3. Ha habido descubrimientos que han sido escamoteados a sus descubridores por intereses crematísticos o nacionalistas; como consecuencia, la Humanidad tardó en beneficiarse de los logros. Un ejemplo es la atribución del descubrimiento de la penicilina a Fleming (la había descubierto antes el médico nicaragüense Clodomiro Picado). Parecido fue el caso de Alexander Graham Bell que le robó la patente del teléfono a su verdadero inventor, hoy día reconocido por todos, el italiano Antonio Meucci.
  4. Otros descubrimientos fueron rechazados simplemente por estar en contra de lo establecido por los santones de la ciencia. El peso de Galeno y Avicena en el desarrollo de la Medicina fue excesivo y pernicioso; durante siglos nadie osó contradecir conceptos y dogmas que estos dos grandes hombres habían sentenciado, por ejemplo, sobre la circulación de la sangre (que ampliaré más adelante).
  5. Y por fin chocamos con la gran debeladora del progreso, que no fue otra que la Iglesia Católica. Esta institución se agarró con fuerza a la filosofía aristotélica, quizá porque fuera incapaz de elaborar una propia. Tanto Aristóteles como la Biblia consideraban a la Tierra y al hombre el centro del Universo y de la creación. Solo así se explica que la Iglesia se adhiriera con pasión al geocentrismo de Claudio Ptolomeo y persiguiera sañudamente a heliocentristas como Copérnico y Galileo. La iglesia también defendió a ultranza la medicina de Galeno y el resultado fue un milenio y medio de estancamiento médico. En su descargo (de la Iglesia) hay que admitir que le tocó administrar tiempos muy oscuros (Alta Edad Media), cuando muchos logros antiguos en ciencia, mecánica, ingeniería y tecnología general se perdieron. Realmente, desde la caída del Imperio Romano hasta la Reforma, la Iglesia gobernó a sus anchas sobre la incultura y el desprogreso.
  6. Y por último, ha habido descubrimientos desaprovechados quizá porque no fueron entendidos en su tiempo ni se vieron las potencialidades que representaban. Entre ellos están los antecedentes de la máquina de vapor, algunos surgidos dos mil años antes de que, oficialmente, Watt inventara su máquina a finales del s. XVIII.

En esta miniserie (constará de tres entregas, creo) voy a extenderme en descubrimientos  e invenciones que siempre me llamaron la atención por lo azarosos y novelescos que fueron: 1) La vacuna de la viruela y sus antecedentes  (referido al punto número 3 de mi clasificación anterior); 2) La máquina de vapor y sus antecedentes (punto 6). 3) La circulación, mayor y menor, de la sangre (punto 4). Empecemos:

Edward Jenner y su vacuna de la viruela

Con la actual pandemia hemos aprendido bastante de virología. Sabemos que sufrimos una epizootia, o una panzootia convertida en pandemia. Este jodido virus, el SARS-CoV-2, afectaba solo a animales y en su origen no era patógeno para los humanos. En sus pasajes de especie a especie animal (se dice que empezó en morciguillos) fue mutando hasta adquirir infectividad para los seres humanos y hasta aquí hemos llegado.

La viruela era (en pretérito imperfecto porque ya lleva cuarenta años erradicada) una enfermedad verdaderamente mortífera. Que se sepa, el virus causante, virus variolae, ha sido humano desde siempre (tal vez desde hace miles de años; se han detectado restos moleculares en momias egipcias). El bicho causaba una enfermedad brutal que ha acompañado desde antiguo a los humanos del Viejo Mundo. Su mortalidad promedio era de un 30% de los infectados, aunque había formas más y menos graves que causaban entre el 2% y el 90% de mortalidad. He leído en alguna parte un dicho que aconsejaba no contar los hijos que uno tenía hasta que todos hubieran pasado la viruela.

Los españoles que llegaron a América llevaron el virus con ellos; este causó estragos en la población indígena carente de inmunidad. Se calcula que cuando Pizarro y los suyos llegaron a Biru (Perú) había en el Imperio Inca 15 millones de indígenas, que en tan solo una generación quedaron reducidos a la décima parte, la mayoría por efecto de sucesivas epidemias de viruela. En Chile, la viruela mató en dos años (1561-63) al 75% de los indios mapuches. Hay que admitir que fue el virus variola el principal aliado de los españoles en la conquista de un continente y medio.

Diversos pueblos asiáticos venían luchando contra la viruela mediante un procedimiento que llamaron variolización. En síntesis, se colectaba pus de las pústulas de un afectado por una forma más benigna de viruela (variola minor) y se inyectaba a personas mediante una raspadura o incisión hipodérmica con una lanceta impregnada con el pus de un enfermo. Era un procedimiento que la gran mayoría de las veces mostraba efecto protector, aunque en un pequeño porcentaje de los casos podía causar la enfermedad, incluso la muerte. El mecanismo de variolización se debe seguramente a introducir una forma de patógeno menos activo y, además, por una vía de entrada que no es la suya. El virus variola entra por los pulmones (como el SARS-CoV-2), mientras que su inoculación hipodérmica podía provocar una respuesta inmunitaria precoz, antes de la aparición de síntomas más graves.

En el siglo XVIII la viruela atacó a los dos tercios de los europeos y ocasionó la muerte de casi un quinto de la población. Estos datos fueron recogidos por diversos testigos entre los que se encontraba alias Voltaire. Aquello sí que era una pandemia muchísimo más terrible que la actual. El procedimiento de inoculación o variolización se fue introduciendo muy lentamente en Europa, siendo Lady Montagu su principal introductora. Esta dama, esposa del embajador inglés ante la Sublime Puerta, se había impregnado de la cultura otomana, en algunos aspectos más avanzada que la europea [aunque no venga a cuento, os pongo un enlace para que gocéis y os embeleséis con la música de Dimitrie Cantemir, el Bach del Imperio Otomano: https://www.youtube.com/watch?v=jCq5GiqvMhU]. Durante su estancia en Estambul observó y asimiló costumbres turcas, entre ellas la práctica de la variolización. Ella misma había padecido la viruela antes de marchar a Turquía y se sentía muy concernida por esta enfermedad. De vuelta a Inglaterra, Lady Montagu dio a conocer la variolización que fue aplicada a miembros de su propia familia, incluso de la familia real inglesa. Su propuesta fue duramente combatida por la medicina oficial por desconfiar de su origen oriental y de lo que dijera una mujer.

Edward Jenner (1749-1823) fue un naturalista, poeta y médico (sin título oficial) inglés; era, además, una buena persona. Creció y vivió en un ambiente protector e intelectual desde niño, pese a quedar huérfano. Cuando volvió a su pueblo (Berkeley, Gloucestershire) como médico rural, en la última década del s. XVIII afrontó el problema de la viruela, muy extendida entre sus pacientes. Otros médicos antes que él conocían un hecho cierto: había vacas que contraían una enfermedad que les producía pústulas en las ubres; las ordeñadoras (usualmente mujeres) resultaban infectadas y les salían pústulas en las manos y… nunca se contagiaban de viruela. De hecho, Sarah Nelmes, una ordeñadora local, fanfarroneaba ante Jenner afirmando que jamás la viruela le estropearía su bonita cara. Jenner extrajo pus de las pústulas de las manos de Sarah contagiadas por las de la vaca Blossom (cuya piel curtida con pezuñas y cuernos se conserva en la biblioteca de St. George’s Medical School, Tooting; ver figura) y con ella inoculó al hijo de su jardinero, un niño de ocho años, James Phipps, quien sufrió algunas molestias pasajeras sin importancia. Pasadas unas semanas inoculó a James esta vez con pus de un enfermo de verdadera viruela y el niño no contrajo la enfermedad (esa práctica no se habría consentido hoy día). Así nacieron las vacunas.

Restos de la vaca Blossom

Como es sabido, hay ahora varias decenas de laboratorios en el mundo peleando por conseguir una vacuna contra el SARS-CoV-2. Una vacuna se puede obtener, con suerte, mediante diversos abordajes experimentales, pero todos van a lo mismo: inocular en el organismo uno o varios epítopos (partes o dominios de un patógeno, usualmente proteínas) con capacidad antigénica, esto es, capaces de inducir una respuesta inmunitaria, i.e. una producción de anticuerpos que puedan defender al organismo frente al ataque de un patógeno sin producir la enfermedad.

No obstante, nadie tuvo que fabricar la vacuna de Jenner; lo había hecho la madre naturaleza. Tanto el variola (el de la viruela) como el vaccinia (el de las vacas, vacca en latín) son virus de la misma familia, los orto-poxvirus, que comparten dominios antigénicos comunes, de forma que cuando el vaccinia infecta al hombre solo le produce una inflamación local de contacto y molestias menores, pero le induce una potente respuesta inmunológica que le defenderá del variola si llegara a contagiarle.

De manera similar, son varios los miembros en la familia de los coronavirus. Algunos (no los nombro por innecesario) pueden causar leves afectaciones en los humanos y, además, tienen un gran homología estructural con el SARS-CoV-2 (el malo) que les permitire inducir en humanos respuestas inmunológicas similares. Estos tipos de coronavirus diferentes al SARS-Cov-2 han venido infectando a grandes masas de población en Asia desde hace mucho tiempo hasta desarrollar un cierto nivel de inmunidad; este hecho explica por qué la COVID-19, pese a venir de allí (casi todas la epidemias vienen de China), ha tenido en Asia una incidencia mucho menor que en Europa y América, donde casi nadie había entrado en contacto con coronavirus. No ha sido porque ellos sean más listos que nosotros (https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC7326438/ ).

La de la vacuna antivariólica es una historia que acabó bien. Jenner se benefició de un ambiente próspero y rico, en plena Revolución Industrial (última década del s. XVIII); un país de alto nivel cultural y científico, donde se construían los fundamentos de la ciencia moderna. Por poner algún pero, se puede argüir que el occidente europeo fue demasiado desconfiado e impermeable a los avances que venían de Asia, donde desde hacía siglos se practicaba la variolización, y además despreciaron las sugerencias de Mary Wortley Montagu por el hecho de ser mujer. Se podrían haber salvado muchas más vidas.

En España no tengo noticia de que se practicara la variolización, aunque sí en el Imperio Español; en Chile, Pedro Manuel Chaparro, un cura, la practicó masivamente y con éxito en las últimas décadas del s. XVIII. Lo cierto es que la vacuna de Jenner llegó muy pronto a España y pocos años más tarde fue llevada a América en la llamada Expedición Balmis (1803-1806, promovida y dirigida por Francisco Javier Balmis, un médico alicantino). Se embarcaron 22 niños huérfanos, que de dos en dos se fueron inoculando secuencialmente para mantener la vacuna viva (no había otro remedio) hasta llegar a América (tengo el vago recuerdo de que en esta web alguien publicó un artículo sobre el Expedición Balmis; pero no lo he encontrado con el buscador).

(continuará)

 

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