¡Una tarde maravillosa!

Soy Carmen, una niña sevillana, “muy simpática y vivaracha”, según oigo decir a mis familiares, amigos y conocidos, aunque parezca ineducado decirlo; pero mi corta edad todo lo permite.
Hago mi presentación al principio y no al final, como muchas veces les gusta hacer a los escritores afamados, pues soy así de espontánea y sincera. Espero no molestar a nadie. 


¡Ah!, se me olvidaba lo más importante, soy amiga de Abel, ese guapísimo niño al que tanto quiero (aunque tenga mis diferencias, como es natural); y con el que tuve la suerte de coincidir en la guardería de Kindermundi en pasados años. Y del que no sé si todavía ando tan enamorada como entonces, cual parvulita (o él de mí). ¡Cómo pasa el tiempo! Tengo una foto que todo esto que estoy contando lo delata: mi protagonismo innato en el emparejamiento y abrazo, su palpable timidez mirando para otro lado…
¡Qué pena que andemos hoy en día separados en diferentes colegios sevillanos!; pero la vida es así y así hemos de tomarla todos. Quizás el futuro nos depare más encuentros maravillosos. ¿Quién sabe? La vida es tan sorprendente.


Por eso, cuando nuestras respectivas y queridas mamás quedaron en pasar una tarde juntas en la Alameda de Hércules, todos estuvimos encantados, pues se nos abría una oportunidad de oro para vernos y juntarnos, una vez más, y para jugar, charlar, divertirnos de lo lindo haciendo lo que se terciara, pues una de las muchas y buenas cosas que tenemos las niñas (y los niños, claro) es que sabemos aprovechar cualquier ratito que se nos presente para esos menesteres. Y bien que lo conseguimos.
Además, íbamos a tener la oportunidad de ir con nuestros respectivos hermanos menores (Pablo y Saúl) para completar nuestra esperada cita, festiva y particular.
Acudimos a ella pertrechados de nuestras respectivas bicis y cascos, en una tarde apacible, en la Alameda de Hércules sevillana, en la que el calor todavía mostraba su relativa fuerza y poderío. Y, con mucha ilusión, emprendimos la aventura.
Comenzamos haciendo competiciones ciclistas entre nosotros dos, ya que llevamos en la sangre el ser campeones, como si fuese nuestro máximo y preciado tesoro, con la vigilancia expresa de nuestras mamás y -sobre todo- del abuelo de Abel que es nuestro sempiterno acompañante, mediador y rastreador más preciado. Me gusta estar con él pues me transmite alegría y optimismo por doquier. ¡Qué suerte tiene mi amigo que lo quieran y mimen tanto!
Yo, como charlo por los codos, según me dice mi madre, no dejo meter baza a nadie, ni siquiera a Abel ni a su abuelo que nos acompaña. Llevo la voz cantante en la conversación y hasta en los juegos, sin dejar turno de palabra a nadie. Por eso Abel repite, una y otra vez, «ahora es mi turno…, ahora es mi turno…»; pues a él también le gusta contar sus historias e imaginaciones.
Primeramente, realizamos diversas carreras ciclistas, con meta final en las columnas del sur, ya que nuestro afán particular es ser campeones siempre, mientras el abuelo media para que las victorias estén lo más igualadas posibles entre nosotros dos y en las múltiples competiciones no nos proclamemos campeones cada uno por nuestra cuenta. Aún no sé por qué, desde pequeños, tenemos esa ansia de ser los primeros. Misteriosa respuesta será que aún los investigadores no la han estudiado lo suficiente ni la han resuelto; eso sí, con la caída continuada de mi casco, que parece que me está pequeño. Ya le he pedido a mi mamaíta que me compre otro, lo más pronto posible.


No faltan nuestras charlas al estilo parlamentario, pues cada uno cuenta y dice lo suyo sin escuchar al otro; ni los juegos al escondite repetidamente -y con Saúl persiguiéndonos alegremente- tras las columnas del norte de la Alameda, los árboles o el parque infantil allí instalado; mientras las mamás y Pablo andan sentados en una terraza, tranquilamente, charlando y descansando; aunque poco se puede hacer con niños pequeños, pues Saúl se desmarca del grupo y también quiere jugar al pillar y al escondite con nosotros como si fuese ya mayor. Lo que hagamos siempre quiere él imitarlo. Es muy interactivo, hasta con Pablo; y un cascabel, en toda regla, pues su simpatía y expresividad son palpables y evidentes. Es un imitador y comunicador nato, ya tan pequeñito.
Aprovechamos también para buscar palos especiales con el fin de ir señalando o averiguando los lugares mágicos que alberga esta alameda o incluso poder encontrar piedras adecuadas, que no se desmoronen, siendo ambos objetivos prioritarios en esta jornada vespertina.
Me sincero con Abel y su abuelo comentándoles que no quiero casarme. Y aprovecho para preguntar a mi amiguito si de mayor él se va a casar. Y eso que fue uno de mis primeros amores cuando íbamos juntos a la guardería de Kindermundi. Yo misma ni sé si seguirá siéndolo todavía, pues se cambia tanto en estas edades.
«No me gustan los besos, porque se pegan los mocos y el coronavirus», añado. El abuelito nos recuerda cómo juegan al pillar -actualmente- los niños, en uno de los “coles” por los que pasó de maestro, durante el recreo. Cuando uno toca a otro, le dice coronavirus, por lo que se cae instantáneamente en el patio, muriéndose de mentirijilla. ¡Qué imaginativos e imitadores somos los infantes!
Yo les digo que no quiero casarme cuando sea mayor, pero sí tener hijos, pues adoro a mi hermano Pablo; es tan tierno…
Al final, ambos somos invitados a un helado -a tomar, tras la cena- para que la realicemos lo más rápidamente posible y con toda normalidad, sin tropiezo de última hora.
En definitiva, cuando caigo en mi camita, tras el reconfortante baño, me doy cuenta de lo cansada que estoy y de que he pasado una tarde movida y divertida, en ese territorio tan bonito en el que me encuentro: la primera infancia; en la que los recuerdos se me quedarán fijados para siempre, aunque, a veces, se me forme una nebulosa que dibuje sencillamente un tiempo feliz que nunca volverá; pero, me dicen, que se repetirá en mis futuros hijos, nietos y biznietos.
Lo veo muy lejano todo lo que te cuento, amigo, pero -como el tiempo vuela- ya me veo de mamá con mis niños y no sé si con Abel -u otro amigo- de pareja para toda la vida (o no), tras esta tarde maravillosa.
Sevilla, 9 de noviembre de 2020.
Fernando Sánchez Resa

2 opiniones en “¡Una tarde maravillosa!”

  1. Querido amigo,

    Mi más sincero agradecimiento por este pequeño fragmento de una tarde aparentemente trivial y a la vez tan sencillamente maravillosa. La niñez, como bien dices, pasa efímero pero a la vez nos perdura para toda la vida. no quisiera olvidar estos momentos con mi hija Carmen, pues sé que la memoria me puede fallar y anoto de vez en cuando algunas frases y hechos que me ayude a recordar. Un privilegio ser ABUELO en los tiempos que corren, tener tiempo para disfrutar, para escucharlos, para jugar con ellos, para mimarlos y quererlos sin la presión del deber de educar como padres. Tener historias interminables, novedosas, heroicas de tiempos que no vivirán y que recordaran. Cuidémosle querido ABUELO, para que cada tarde trivial, sea recordada con tanta ternura y felicidad.

  2. Muchas gracias, querida mamá de Carmen.
    Ya experimentarás, si Dios quiere y tus hijos se lo proponen, la alegría y el sosiego de la abuelidad responsable; y esperemos que no sea en tan malos tiempos de pandemia como en los que nos encontramos ahora…
    Para mí siempre es agradable y gratificante pasar una tarde disfrutando de mis nietos y sus amigos y padres o madres. Me deja un poso de melancolía que trato de atrapar para la posteridad, a veces, en un sencillo cuento…
    Un sincero y agradecido abrazo, Toñi.
    Fernando

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