Recuerdos de la SAFA – 19: Los paseos del domingo

Recuerdos de la SAFA – 19:  Los paseos de los domingos

Cuando salíamos de paseo al pueblo hacíamos el mismo recorrido que los sábados: todos en grupo hasta el Hospital de Santiago siguiendo por calle Nueva, donde nos parábamos ante el escaparate de la pastelería. Aunque estábamos recién comidos, no dejábamos de suspirar por esas joyas llenas de crema pastelera, merengue o azúcar glasé que se exhibían ante nuestros ojos. Un poco más adelante, la tienda de fotos de Bujez, donde mirábamos con cierto recochineo los reportajes de bodas o los niños de primera comunión. Ya en la Plaza del General Saro, parada en los carrillos de Los Portalillos, sobre todo en el de Paco, que nos esperaba, siempre concienzudo y dicharachero, con su transistor encendido y sintonizado el “Carrusel deportivo” para informarnos de los resultados de los partidos de fútbol que se jugaban aquella tarde. Madridista acérrimo, para él ni el Bilbao ni el Barcelona tenían aquel año nada que hacer, pues el Madrid de Di Stéfano, Puskas y Gento, con los nuevos Amancio y Velázquez,  volvería a arrasar en la Liga y en la Copa, como todos los años.

Plaza del General Saro, antes del Generalísimo Franco, década de 1940

Nosotros rodeábamos el carrito calculando al tacto qué podíamos comprar con aquellas monedas que acariciábamos en los bolsillos. Algunos, con los dedos, le indicaban disimuladamente el número de cigarrillos que querían y él sabía perfectamente quién prefería Chester, Bisonte, Celtas o Tres Carabelas. A los pequeños nos hacía gracia el Reno, porque sabía a menta antes de encenderlo, luego a tos. Los que se las daban de mayores, directamente a por los Ideales.

Con los bolsillos llenos de pipas, continuábamos nuestro paseo por la calle Real (“El Real”, le decían los ubetenses), una calle en cuesta abajo, con muchas tiendas, peluquerías y algún que otro bar, mordisqueando pipas y buscando algún callejón oculto para encender el cigarrillo recién comprado, despistando al cura que iba en vanguardia. Siempre nos parábamos un momento ante la torre del colegio de las Carmelitas, a ver si captábamos la atención de las niñas, con escaso éxito incluso aunque nos cruzásemos con un algún grupo de ellas, con sus uniformes azules y grises, siempre con risitas y miradas huidizas, siempre con alguna monja o profesora cerca.

Pasábamos ante el Cine-Teatro Ideal, y mirábamos con envidia la cartelera (tampoco era para tirar cohetes, pero comparando con lo que nos esperaba en el cine de la SAFA, montado en una nave de los talleres, nos parecía Hollywood) hasta llegar a una placeta ajardinada, con un monumento a los Caídos y un edificio con banderas en la fachada, que nos dijeron era el Ayuntamiento, aunque por ese lado nos pareció vulgar y anodino.

A veces, nos encontrábamos con algún profesor que paseaba por el Real cogido del brazo de su esposa, y nos hacía gracia verle convertido en marido o padre, sin tiza en los dedos o en las solapas de la chaqueta, y le saludábamos con deferencia y respeto. Pero si nos encontrábamos con los de la Primera División, ojo, respeto total, no exento de envidia, sobre todo al verlos en la cola de las taquillas del Cine Ideal para ver la sesión vespertina de una de romanos o de indios y vaqueros, con Charlton Heston o Victor Mature en el cartel.

Dejábamos atrás esta plazoleta y bajábamos por una calle estrecha, sin aceras, que desembocaba en una extensa plaza donde lo primero que veíamos al frente era la enorme fachada de una iglesia, y a nuestra izquierda un maravilloso espacio urbano, con varios palacios a ambos lados, confluyendo todos ellos en una espléndida perspectiva en una iglesia con una fachada refulgente. Aquí el cura nos dejaba unos minutos a nuestro aire, disfrutando de la magnificencia de esta plaza, que nos dijo que se llamaba de Santa María (por la iglesia)

Nos paramos ante la fachada, enorme, con un conjunto decorativo en el centro, rematado por dos espadañas con campanas. Aunque no teníamos nociones de arte, nos impactó la simetría de la portada y la complejidad del relieve que la coronaba, que aun sin entender del todo la simbología de las figuras reconocíamos la efigie central de una Sagrada Familia (!), con figuras en adoración. Supusimos que era un belén…

Por la portada principal entramos a un patio de planta irregular, con columnas de piedra y algunas capillas enrejadas. Por el pasillo de la derecha, al fondo, la entrada al templo se hacía a través de una enorme puerta de madera, donde había un par de mendigos.

Un pequeño grupo nos animamos a entrar a la iglesia, aprovechando que no había misa (bastantes misas nos endosaban en la SAFA cada día).

La iglesia me impresionó, por lo grande y alta que era, así como por la cantidad de capillas que había a los dos lados, abiertas a las naves menores. El techo eran bóvedas encaladas y decoradas, que se veían en muy mal estado, con muchos desconchones y enormes manchas de humedad. Las paredes, encaladas, también mostraban un evidente deterioro, con grietas y manchones. No había mucha gente, solo algunas viejas rezando en los bancos delanteros y un sacristán atareado con las velas del altar mayor, que nos miró con el semblante enfurruñado, aunque no pasó de ahí la cosa. Tras la obligada genuflexión ante el altar, giramos hacia la salida, mirando de reojo los enormes conjuntos escultóricos que había en algunas capillas laterales.

Al salir de nuevo al claustro, un compañero, de Burunchel, que tenía por costumbre hablar en voz muy alta, señalando una columna nos gritó: “¡Mira!”. Y miramos, y a su grito miró todo el mundo, y nos quedamos un poco confusos con lo que veíamos en el capitel, hasta que surgieron las risas. A nadie se le ocurrió preguntar al cura por el significado del relieve, por lo que pudiera pasar…

Al salir, atravesamos una plazoleta arbolada (donde años más tarde se erigiría una estatua de Andrés de Vandelvira, el arquitecto de no pocos monumentos de la plaza, y que de haber existido en aquellos años posiblemente nos hubiese acercado a tan importante artista) y nos acercamos hacia la iglesia que había al final de la plaza, con una fachada rematada en un frontón triangular y una torre con remate bulboso, que nunca había visto yo cosa parecida.

Nos quedamos extasiados mirando la fachada, con una decoración magnificente y compleja, que se nos escapaba dada nuestra incultura artística. Nuestra vista se centraba en un relieve donde Jesucristo ascendía o se aparecía a unos apóstoles o discípulos. Pero observé que en la fachada aparecían figuras que no tenían nada de religiosas, hombres de físico poderoso y mujeres con sugerentes túnicas, cráneos de buey y grandes escudos nobiliarios.

Siempre me impresionó esta fachada, y muchas veces bajé hasta esta plaza para admirarla. Y siempre eché en falta que nunca nadie nos explicase con detalle el enorme patrimonio artístico de Úbeda. Solamente en 2º Oficialía el Padre O. nos acompañó en una salida dominical y nos contó algunas cosas, sobre todo del Hospital de Santiago y de la iglesia de Santa María. Tuve que llegar a la Universidad, ocho años después, para atisbar la riqueza que tuve ante mis ojos y que no disfruté como se merecía porque nadie se molestó en explicárnosla.

Dejando la iglesia a nuestra izquierda, bajamos por una calle arbolada y llegamos a un mirador aún más sorprendente que el que ya conocíamos del Alférez Rojas Navarrete, abierto a unas lomas llenas de olivares, con una vía férrea que desaparecía en un túnel, cuyo horizonte se cerraba con una línea de montañas azuladas, con celajes de nubes en sus cumbres.

Un compañero que era de Peal de Becerro nos explicó lo que veíamos: “Aquella es la Sierra de Cazorla, separada de la del Pozo a la derecha… El pueblo que se ve en la ladera frente a nosotros es Cazorla con la ermita de la Virgen de la Cabeza en lo alto del cerrillo. Los cerros de la izquierda son la Sierra de las Villas… Para ir hasta allí hay que pasar por mi pueblo, que está la derecha.”

Tras ese descanso, el Hermano P. nos indicó que debíamos ir volviendo. Atravesamos la plaza, dejando a nuestra derecha el Parador de Turismo, que nos dijo que era el segundo de España y uno de los mejores de la cadena. Nos explicó que había sido un palacio de un Condestable (luego me enteré que quien lo ordenó construir fue un Deán, párroco de El Salvador) que quedó abandonado y convertido en casona de varias familias, y que lo habían convertido en un hotel de lujo. Con un cierto desparpajo nos asomamos a verlo por dentro, y nos sorprendió el patio con altas arquerías de medio punto sostenidas por columnas de mármol, sobre la cual corría una galería alta acristalada. Unos clientes sentados en unos sillones que tenían pinta de muy cómodos nos observaron como quien mira a un insecto. Y eso debíamos ser, porque enseguida salió un señor repeinado, con corbata y nos echó a la calle de malos modos.

Veinticinco años después me alojé allí, y no vi tales conductas hacia los grupos de turistas que entraban al patio, con su guía y todo. Los tiempos y las circunstancias cambian.

Subíamos lentamente por el Real cabizbajos y tristes, porque se terminaba el paseo y a primera hora del día siguiente teníamos examen. Volvíamos a pararnos en la Plaza del General Saro para reponer alguna chuchería, y al pasar de nuevo por delante del carrito de Paco le preguntábamos por los resultados de la jornada. Él estaba feliz porque el Madrid había ganado, como casi siempre.

‑ “¿Y el Bilbao?” ‑preguntaba Loren

‑ “Ha empatado a dos con el Español”.

– “¿Y el Barcelona?”- preguntaba Antonio

– “Ha ganado tres a uno al Sevilla”.

‑ “¿Y el Betis?” – me interesaba yo

‑ “Le ha ganado al Córdoba por la mínima”.

‑ “¡Bien, coño!” ‑ respondíamos al unísono Pepe N. y yo.

Dejábamos la Plaza del General Saro con tristeza, y hoy recuerdo a Antonio Muñoz Molina describiéndola con los ojos del niño que fue:

“Vista con ojos objetivos, la plaza no tiene nada o casi nada de extraordinario, salvo la torre del reloj, que forma parte de una muralla medieval. Es una plaza austera, menos andaluza que castellana, con soportales en dos lados, con edificios poco memorables que sin embargo, en conjunto, dan una modesta impresión de carácter, de lugar verdadero. En los soportales solía haber carritos en los que se vendían pipas, cacahuetes tostados, pequeños juguetes; también se vendían y se alquilaban tebeos. Había una farmacia, una tienda de lanas, un almacén de tejidos, la sede de un banco en el que trabajaba de cajero el padre de un amigo mío…”

Arrastrábamos los pies por calle Nueva, con el mismo espíritu que un equipo derrotado o un torero tras una tarde funesta, con nueva parada ante la pastelería (ahora sí rugían las tripas) agrupados tras el Hermano P. hasta llegar al colegio, donde nos bajaron a los talleres, a la primera nave a la derecha, donde se había montado una sala de cine, con múltiples sillas plegables cada una de su padre y de su madre, y una gran pantalla de tela en el fondo. Sentado en la silla de tijera, saludé al otro lado del pasillo a mi paisano y amigo Juan N. de la Primera División,  que me comentó que lo del cine todos los domingos era cosa de los últimos años, porque antes lo normal era la “Hora social”. Le pregunté qué era eso, pero en ese momento salió al frente el P. Rector, para explicarnos la película que íbamos a ver, con lo que se impuso el silencio y me quedé sin obtener respuesta. Ya le preguntaría al terminar la proyección…

 

(Continuará…)

NB: La descripción de las imágenes aparece al posar el cursor sobre ellas.

Un comentario en “Recuerdos de la SAFA – 19: Los paseos del domingo”

  1. Cine había desde tiempo antes. No siempre padecimos una ‘explicación’ (=spoiler) previa de la película; en algunas especiales como El Séptimo Sello o Vencedores y Vencidos nuestro explicante fue el P. Sobrino, quien creo era a la sazón provincial de la Bética (luego fue un hombre mediático que salía en programas de TVE).
    Es cierto que nadie nos explicaba la riqueza monumental de Úbeda. Hago una excepción; en 6º don Juan Pasquau nos daba Historia del Arte a última hora de un día a la semana. Una vez nos sacó, sería primavera de 1964, y nos dió una tournée por los principales monumentos de la ciudad. Hasta nos señaló un saco, guardado en el Salvador, que contenía los fragmentos de San Juanito, la única escultura de Buonarroti que había en España, que fue machacada en julio del 36.
    Ahora es más fácil; se puede visitar todos los monumentos, incluyendo los que no son monumentos, como la así llamada sinagoga del agua. Eso sí, pagando un pastón, porque Úbeda y Baeza se pusieron carísimas desde su declaración de Patrimonio.
    Gracias por una narración tan evocadora. Los domingos por la tarde eran muy especiales; sobre todo si te metías en el Ideal Cinema a ver Dos Mujeres o en el Principal a ver Esplendor en la Hierba (ambas 3R o 4) y te pescaba el P. Prefecto.

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