Recuerdos de la SAFA – 17: La enfermería II

Recuerdos de un safista –  17: La enfermería II

A la mañana siguiente de mi primera noche en la enfermería me pasaron a una habitación normal, de dos camas, donde estaba un chico de la Primera División, al que habían operado del estómago hacía tres o cuatro días, y lo tenían a dieta blanda desde entonces. Yo le conocía de vista, porque era uno de los tenores del coro y era jugador de baloncesto. No era muy hablador, pero bastante ocurrente cuando yo le preguntaba cosas del colegio, dada su veteranía. Había entrado a estudiar Magisterio con el Plan antiguo, el propio de la SAFA, y me explicó el largo proceso que había seguido:

– “Entré en 1º de Magisterio, que junto a los de 1º de Preaprendizaje, de la rama de Industriales, formábamos la denominada “Tercera División”. Nuestros  inspectores eran D. Lisardo, D. Agustín y el Padre Galofré. Nos alojaron en la “Siberia”, una nave corrida con camarillas muy pequeñas, donde apenas cabía tu cama y una silla con un cajón y una percha, con paredes que no llegaban al techo y puertas muy endebles, que se podían cerrar desde fuera.”

– “O sea, donde está ahora mi curso, pero ya no hay camarillas”

– “No, es distinto sitio. El vuestro ya existía, en el ala de enfrente, donde alojaban a los más pequeños. Sigo: en Segundo entramos a formar parte de la Segunda División. Dejamos la Siberia y pasamos a camarillas más grandes y en una planta inferior. Los educadores eran el P. Navarrete y D. Eduardo Bangueses, pero no empezamos en Octubre, como era lo normal, sino en Enero, debido a las dificultades económicas por las que atravesaba la SAFA en aquel año.”

-“¿Qué dificultades?”

-“Pues que no había dinero para abrir el colegio, ni darnos de comer a los internos, ni pagar a los maestros”

Esta revelación me preocupó: ¿el Colegio podía cerrar por falta de dinero y mandarnos a todos a casa?

-“¿Y cómo se arregló?”

-“El P. Rector fue a Madrid, a hablar con el gobierno. El P. Ciganda, que tenía mano con algunos jerarcas, ya había preparado el terreno. Incluso había conseguido que el P. Rector fuese invitado, como capellán, a una cacería donde iría Franco.”

– “¿Y qué pasó? ¿Pudo hablar con Franco?”

– “Te cuento:

En octubre logra incorporarse, como capellán, a una cacería organizada por los Terry (a quienes conocía de su época en la SAFA del Puerto de Santa María) para Franco  y su séquito. Poco caso hizo el dictador a sus intentos diplomáticos de abordarle, donde solo obtenía respuestas frías, incluso sarcásticas. Así que se arma de valor y tras la misa se planta ante Franco y le espeta: “llevo aquí varios días y Su Excelencia aún no me ha resuelto el problema de la SAFA”. Franco, sorprendido de la osadía, se toma en serio el requerimiento del P. Bermudo y traslada a su mano derecha, Camilo Alonso Vega que solucione el asunto. Y éste ordena un pago de 4 millones de pesetas del Fondo Benéfico Social, lo que valió para paliar parte de la deuda acumulada.

– “¿Y cómo os enterasteis?”

“Nos mandaron una carta a casa, anunciando que el curso se retomaba en Enero, y pidiendo el pago de un “complemento” que oscilaba entre las 200 y las 300 pesetas. Al volver nos dieron pocas explicaciones, sólo que la cosa estaba en vías de solución, pero que había que conseguir el apoyo de la Virgen María. Así que todos los días, además de la misa matutina, teníamos un rosario por la tarde y unas vigilias tras la cena. Cuando nos dijeron que el gobierno había autorizado el pago de una cantidad importante de dinero, explicaron  que había sido gracias a la intercesión de la Virgen. Nosotros lo que vimos fue el final de los rosarios y las vigilias nocturnas, que no era poco alivio…”

“¿Tú crees que puede volver a pasar?”

– “Pues no me extrañaría nada, pero espero que no me pille, porque yo termino este año, y si todo sale bien, cojo el título y me busco la vida. Tengo un amigote en Barcelona que me ha dicho que me vaya para allá, que allí seguro que hay trabajo de sobra.

En ese momento entró la señora Herminia, con sendos termómetros y unas pastillas blancas enormes, que me costó trabajo tragar. Creo que eran unas sulfamidas de las que trajeron los americanos, junto con la leche y el queso. Me dijo que luego vendría a mirarme el vendaje y a hacerme la cura.

Yo seguía con mi curiosidad, acicateada por sus enormes conocimientos, así que le pregunté algo más personal:

“¿Y cómo os fue con un curso tan reducido de tiempo para dar todas las materias?”

– “Para mí incluso más difícil. Yo había empezado a preparar por libre el curso 4º de Bachillerato. Los otros cursos los había ido sacando en las vacaciones de verano de años anteriores. Ante la dificultad del reto, se me ocurrió escribirle al Padre Gª M. pidiéndole por favor que me diera un cuarto individual en el dormitorio de los mayores y así poder estudiar más tiempo para aprobar los dos cursos en paralelo y la Reválida. Cuando llegamos, en enero, busqué mi nombre en las camarillas  de la Segunda División, y no vi mi nombre en ninguna. Opté por bajar a los cuartos de los mayores, en la planta baja, y cuál no fue mi sorpresa al encontrar mi nombre en la puerta de uno de ellos, el primero entrando a la izquierda. Fue un detalle que nunca le agradeceré bastante, porque me permitió estudiar y aprobarlo todo.”

Apareció la señora Herminia, con un carrito blanco con ruedas, con vendas de tela, unos algodones y un bote de mercromina, acompañada de Dámaso Chicharro, el practicante que ponía las inyecciones. Y claro, ahí acabó la charla.

Mientras estuve en la enfermería pude ver que la mayoría de los que estábamos era por enfermedades no muy graves: gripes, problemas intestinales, cortes o contusiones, etc. Pero había una serie de chicos que mostraban una languidez y debilidad extrema, que estaban todo el día tumbados en la cama y que se reponían poco a poco gracias al menú especial que nos ponían. Yo creo que era pura hambre. No eran raros los casos de complicaciones estomacales como el de mi compañero, que incluso les hacía ser ingresados en el hospital y pasar por quirófano.

En la hora de consulta vespertina, además de curas de caídas, innumerables catarros y los dolorosos sabañones aparecían siempre varios chicos diciendo que se sentían mal y que tenían calentura. La cosa era pasar el filtro del termómetro: si había fiebre, había ingreso, si no, de vuelta al aula. Aprovechando que no les veían, frotaban el termómetro, le echaban el aliento, lo sacudían por la punta o lo acercaban a la calefacción.

El médico, a quien habíamos motejado Doctor Piramidón, cogía el termómetro, lo miraba con ceño fruncido y si pasabas de 38º, te preguntaba los síntomas y a veces le decía a la señora Herminia que te diera una cama para esa noche. La cara de triunfo del interfecto era toda una declaración: durante un par de días viviría como un maharajá: no había que madrugar, no había misa, te traían la comida a la cama, el menú era mucho mejor, leías unos libros que no eran los de texto, no había clase, ni rosario, ni nada. El paraíso, vaya. Lo malo es que si en la revisión de cada día te pasabas con el truco de la calefacción y el termómetro subía por las nubes, te daban el alta en el instante y te mandaban a clase sin apenas tiempo de quitarte el pijama.

Yo volví en 2º de Oficialía, con unos dolores tremendos de estómago y desarreglos intestinales, y en cinco días de dieta decente y cuidados maternales, medio me curé, aunque años después me diagnosticaron una úlcera de caballo. Y en otra ocasión, jugando al balonmano de portero, mi compañero Antonio B. me soltó un cañonazo a dos metros que me dislocó dos dedos. En la enfermería me los entablillaron y me dijeron que al día siguiente Fernando Hijomío me llevaría al Hospital de Santiago. Eso se dilató tres días más, por lo que cuando en el Hospital me quitaron el entablillado fruncieron el ceño y rezongaron “A ver cómo podemos arreglar esto…”. Hoy sigo teniendo un dedo de la mano derecha que parece la antena de un seiscientos. Menos mal que es el meñique, que no sirve para gran cosa…

 

(Continuará…)

NB: Los títulos de las fotos antiguas aparecen al pasar el cursor sobre ellas.

3 opiniones en “Recuerdos de la SAFA – 17: La enfermería II”

  1. Me bailan las fechas, José Luis. En el curso 58-59 el colegio no abrió en octubre (fue elegido Juan XXIII ese mes); lo hizo el 11 de enero, domingo, de 1959. Yo entré ese día. No sé se don Eduardo Bangueses estaba allí en esas fechas, pero seguro que el coíno P. Rafael Navarrete Loriguillo S.J. no estaba . No sé si había estado en años previos como maestrillo, pero ya como cura, elevado prematuramente a la dignidad de prefecto con solo 30-31 años, no entró hasta octubre de 1960, cuando yo empezaba 3º de magisterio. Y allí seguía cuando en junio de 1964 le comuniqué que me iba del colegio mediante un ‘bye, bye’ que no le gustó. Fueron 4 cursos los que lo disfruté de prefecto. Un hombre fatalmente inolvidable.
    Tu compañero de habitación sería de la promoción de 1964 ó 1965 y veo que, para sus estudios de bachillerato oficial por libre tuvo ayudas que a mí me negaron. Sería un enchufao, porque alguno sí que lo hubo y puedo identificarlo.
    Lo que tú cuentas sobre la salud de los compañeros confirma lo que yo escribí en mi escrito «¿Una epidemia en la SAFA?». He unido mi aceptable memoria (¡perdón!) a los conocimientos médicos que adquirí en Granada (1965-1971) para concluir que la salud de los internos de la SAFA de Úbeda era muy deprimente; eran otros tiempos, ya sé. Pero no era de recibo que un post-adolescente sufriera de úlcera péptica., algunos hasta el punto de tener que ser operados.
    Gracias por el realismo de tus escritos, ajenos a ese optimismo recordatorio de que «cualquier pasado fue mejor». Creo que esas cosas, parte importante de nuestra memoria personal y colectiva, se deben saber.

  2. Hola, Alfredo.
    En el artículo no he puesto ninguna fecha.
    El colegio abrió en Enero de 1959, como dice mi interlocutor, que, como los demás, fueron testigos directos de los hechos. Todos son testimonios de compañeros anteriores a mi promoción, que vivieron en primera persona los hechos narrados en éste y otros artículos. Normalmente son testigos anónimos, salvo cuando alguno me ha autorizado a citar su nombre de pila.
    La presencia del P. Navarrete como curilla tutor está documentada, igual que la de Don Eduardo B.
    Los casos de anemia y desarreglos estomacales en el alumnado son veraces, incluso por mí mismo.

  3. ¡Esa foto de Franco junto al P. Bermudo (a la sazón rector)!… Luego, también de rector, Bermudo se transformaría en un defensor del proletariado (como el ejemplo del P.Llanos). Me figuro que el caso lo conocería el general que tal vez pensase «Vaya, otro que se nos hace comunista». Antes de pasar a trabajar estuve uno mes y pico haciendo copias a ciclostil de un trabajo que Bermudo estaba escribiendo sobre cuestiones sociales.

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