Recuerdos de la SAFA – 16: La enfermería – I

Recuerdos de un safista – 16 : La enfermería I

 En el colegio no podía faltar la enfermería, lugar imprescindible para atender los problemas de salud más elementales. No tenía muy claro qué sería eso, pues venía de un pueblo en el que la única dotación sanitaria existente era la “Casa de Socorro”, un local municipal alicatado, donde pasaba consulta un médico dos o tres mañanas, y algunas tardes aparecía un “practicante” (así le llamábamos, el nombre ya hablaba a las claras de su pericia) para poner las inyecciones.

El rito era siempre el mismo: esperabas con tu madre en un banco de madera, asustado por el pinchazo que te esperaba. Se abría una puerta de cristales con cortinillas blancas, aparecía un señor con una bata blanca abierta y un cigarro en la boca, y gritaba “¡El siguiente!”. Tu madre te cogía de la mano y te levantaba, diciendo “Servidora!” y entrabas a la consulta.

Allí había una mesa con una silla, una camilla de metal cubierta con una sábana, un armario metálico acristalado con múltiples envases de cristal y cachivaches varios y alguna lámina de anatomía. En un rincón, un lavabo con jarra y jofaina, y una mesita con ruedas. Sobre ella, una bandeja metálica, con agua caliente y un par de jeringuillas de cristal y varias agujas de diversos tamaños. Montaba el aparato de tortura y preguntaba “¿Ha traído la medicina?”, y tu madre mostraba un botecito de cristal con una tapadera metálica. El practicante lo abría, introducía la enorme aguja, aspiraba el líquido y te decía “Bájele los pantalones!” Tú ya te contraías de puro miedo, y mientras él te pasaba un algodón húmedo y frío por el cachete del culo, te decía:

-“No contraigas el culo, que te va a doler más…”.

Lógicamente, tú lo contraías más y en ese momento te daba el banderillazo. Tú gritabas o te mordías los labios, depende de lo machote que quisieras aparentar ser. Y el practicante, todo ufano, te decía:

-“Ves cómo no te ha dolido nada?”.

Además de bruto debía ser miope, pues no veía los lagrimones que te corrían mejillas abajo…

Yo supe lo que era la enfermería de la SAFA pronto, pues me salió un abceso en el cuello que me afectó a un tendón y me produjo una rigidez total. A los pocos días no podía mirar a los lados ni girar la cabeza, amén de unos tremendos dolores. Me llevaron a la enfermería, y nada más verme la señora Herminia dijo “Uy, esto que tiene que verlo el doctor ahora mismo”. Llamó a un señor mayor, al que llamábamos Fernando Hijomío y le dijo que me acompañase al hospital. Al oír esa palabra pensé en que me llevarían a la capital, como pasaba en mi pueblo, que el único hospital estaba en Huelva.

Pero no, salimos andando y llegamos a un edificio enorme, cercano al colegio, que era el Hospital de Santiago. Entramos por su gran puerta con arco de medio punto bajo un relieve en que se veía a Santiago Matamoros. Yo esperé en un banco en el patio mientras Fernando Hijomío hacía las gestiones para que llamasen al médico. Éste tardó bastante en aparecer, y me pasó a una consulta en un patio lateral. Nada más verme el abceso dijo “hay que sajarlo”. Al oír esto y no conocer el significado de “sajar” yo me temí lo peor, pero al ver mi cara de susto me dijo “Tranquilo, es una operación muy sencilla. La haremos el Dr. Ruiz y yo mismo”.

Habló con Fernando y volvimos al colegio, para recoger mi pijama y mis cosas. Esa misma noche ya dormí en el hospital en un dormitorio corrido, en la primera planta, aunque con algunas camaretas divididas por biombos, desde donde se oían quejidos de los enfermos. Debían ser los graves, porque no pararon en toda la noche, aunque yo me dormí como un tronco, acostumbrado a la «Siberia» del colegio..

A la mañana siguiente, me llevaron a una sala de curas en un ala del segundo piso, me tumbaron en una camilla, me pusieron un algodón empapado en cloroformo, me dijeron que contara de diez hacia atrás y en el cinco me quedé frito. Cuando me despertaron, llevaba un gran apósito en el cuello sujeto con esparadrapos y ya estaba Fernando esperándome con mis cosas en una bolsa. El doctor habló con él y le dijo que me mantuvieran dos o tres días en la enfermería por si se infectaba, y que ya iría él a visitarme en un par de días.

Así que, triunfante, volví al colegio y subí a la enfermería, que estaba sobre los dormitorios de 2º de Oficialía. Allí me esperaba la señora Herminia, que me llevó a una habitación individual (¡para mí solo, qué lujo!), me dio una pastilla y un vaso de leche de las vacas de la granja, no de la de los americanos, y me dijo que me acostase.

Al poco, me trajo una sopa (“no debes comer nada sólido, por si lo devuelves… Es por el cloroformo, ¿sabes?”)  y un par de libros, por si quería leer.

Cogí el primero y era una biografía de San Ignacio de Loyola. El segundo, más animado, era de “Glorias Imperiales”, con muchos dibujos y grabados que representaban a los mártires en el Coliseo, San Hermenegildo, Pelayo, el Cid, Fernando III el Santo, los Reyes Católicos, Felipe II, y varios más. Era entretenido, al menos, aunque ya me conocía todas las historias.

Con la merienda, otro vaso de leche calentita y unas galletas María… “Si ves que no puedes, no te las comas, no vayan a sentarte mal…” Vaya si pude, las devoré.

Al poco, aparece mi paisano N., con mi cuaderno, mi bolígrafo BIC recargable y algunos libros de texto. Me dijo que lo había mandado el tutor, para que aprovechase el tiempo. Vaya, yo que me las prometía muy felices…

Poco antes de la cena, apareció el Hermano P. para interesarse por mí. Me preguntó cómo había ido todo, si necesitaba alguna cosa y diciendo que mis compañeros me deseaban lo mejor. Aquello me emocionó, nunca me había sentido tan en el centro de mis compañeros…

Al poco, apareció la señora Herminia, con una bandeja: “Ahora vas a comer algo sólido!” me dijo toda animosa. Puso la bandeja sobre mis rodillas y vi el consabido plato de sopa, una tortilla francesa y un plátano. Eso era todo. El Hermano P. se despidió pues tenía que llevar al grupo a cenar, y me deseó buenas noches. Se volvió a preguntar si necesitaba alguna cosa, y en un arrebato de sinceridad le dije “…un libro algo más divertido…” mientras señalaba los dos que me habían traído. Me miró, se sonrió y a la mañana siguiente se presentó con un libro de Julio Verne, un ejemplar ilustrado de Robinsón Crusoe y una especie de guía ilustrada a todo color de las principales ciudades europeas. Un lujo.

(Continuará…)

Un comentario en “Recuerdos de la SAFA – 16: La enfermería – I”

  1. «¡A este, sulfamida y leche!» Este era el remedio que se recetaba siempre en nuestra enfermería (hacíamos coña de «sulfamida y leche»). Herminia nos traía el pastillón de la sulfamida con un vaso de leche genuina, de la vaquería de abajo.
    La gripe de 1957 afectó a todos, en especial a niños, jóvenes y embarazadas (murió la mujer embarazada de un profesor nuestro). Yo no estaba entonces en la SAFA; me gustaría que alguien que estuviera en el colegio en el otoño de 1957 viniera y nos contara sus vivencias.
    En otoño de 1959 hubo un rebrote de la pandemia que volvió a afectar a niños y jóvenes, en particular a los chicos de la SAFA de Úbeda. La enfermería se llenó y tuvieron que habilitar una sala común donde habría unos 12 chicos enfermos. Yo estaba allí, aunque no enfermo de gripe, sino de una molesta gastroenteritis. Una tarde, un tal Palomares de Andújar, también enfermo, nos contó un chiste verde malísimo, que aún recuerdo, aunque no cuento. Ante nuestras risas, un cura, que había estado escuchando detrás de la puerta entró cual basilisco y nos ordenó a todos salir de la cama y ponernos de rodillas. Estuvimos así hasta las once, momento en que nos autorizó a acostarnos y a mí ir al báter, que necesitado estaba ¡O tempora, o mores!

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