LAS COSAS CLARAS

LAS COSAS CLARAS

Mariano Valcárcel González

Desde la crisis de 2008, agravada en el 2012, se oyeron opiniones de todo género pero las dominantes versaban sobre pronósticos optimistas no de la propia crisis sino de la salida de la misma (que no se dudaba) y sus consecuencias para el futuro. En general estos pronósticos nos venían a endulzar el amargo café que tomábamos a la fuerza, quiero decir que prometían ya próxima la bienaventuranza que sin duda se pondría en marcha – íbamos a salir siendo mejores-.

Desde el final del capitalismo salvaje y la nociva especulación subsiguiente hasta la moderación en el consumismo desatado, la eliminación de las fuentes de energía no renovables, la ecología que pasaría de ser mera filosofía a práctica tanto privada como en la economía global – salvad el planeta -, una mayor y coordinada interacción entre los pueblos y las naciones en la consecución de metas comunes – comercio justo -, etc., etc., etc.

Todo ello y más lo escribían y prometían tanto políticos oportunistas (y mentirosos) como sesudos pensadores en los planos filosófico, social, económico, político, etc., etc., etc. Uno, pardillo de pueblo, leía y se quedaba así como un poco en blanco, o peor, con un germen de desasosiego, desconfianza e incredulidad ante tanto y bueno que nos había de suceder tras el paso de la tormenta.

Que todo ello fue en general un fiasco, un bulo inventado por optimistas incansables o por cínicos y arteros manipuladores para hacernos, como he indicado, más dulce el café amargo que bebíamos.

Luego nos llegó lo que nos llegó y nos cayó como pedrisco destructor (todavía sin habernos recuperado de lo anterior y sin ninguno de los efectos prometidos, salvo la realidad de que los ricos se habían hecho más ricos y los pobres eran más pobres) y ya se andan los impenitentes optimistas con sus pronósticos asegurándonos las mismas promesas y añadiendo otras más que también se nos deben venir encima y que sin lugar a duda alguna se han de realizar.

Sesudos economistas, demógrafos, sociólogos, filósofos, políticos y técnicos de toda condición especializada nos dan a conocer sus pareceres relativos a los cambios inminentes o a medio plazo que nos alcanzarán. Tanto cambios macroeconómicos (indudables según vamos viendo) como microeconómicos (inevitables según vamos padeciendo) y muchos más.

Por lo pronto eso de la inteligencia artificial ya se da por descontada (y sí que se veía venir) y su impacto en muchos sectores, incluido el del trabajo que ya se ve atacado por la robotización y va pareja a la digitalización – transición digital -, que acabará con la analfabetización digital a la vez que propiciará el trabajo “on line”, o sea a distancia (porque ya lo vemos, a la fuerza ahorcan). También la transición verde, o sea la eliminación de fuentes de energía no renovables por las renovables y su incidencia en el medio ambiente – el cambio climático -, tema que ya estaba en camino aunque en nuestro país se vio frenado por los intereses particulares del capital. Los cambios de hábitos comerciales y sociales también se van a ir dando porque la pandemia o los ha acelerado o hecho necesarios.

Me detengo en nuestro país por nuestras circunstancias particulares. El desgarro sufrido ha sido tremendo. Ahora sin embargo se vuelven a hacer las mismas promesas que se hicieron a partir del 2012 y que apenas o nunca se cumplieron (salvo en la ley de relaciones laborales que dejó el camino allanado para destrozar el poder de los trabajadores). Volvemos a oír lo de la transición ecológica, priorizar las fuentes de energía renovables, la alfabetización digital imprescindible (lo que incluye la digitalización de la administración pública y de bastantes empresas privadas, y ahora, repito, a la fuerza ahorcan), buscar alternativas a la industria y agricultura de monocultivo (entendiendo esto como la dependencia económica de unas pocas fuentes y actividades), la vista en la llamada España vacía, etc., etc., etc.

Se evita hablar o se habla en bajo tono de las verdades del barquero, las que nos han llevado a la situación actual. Pues esa “España vacía” en realidad es “vaciada” con fruición y sistemáticamente de todo, servicios esenciales, comunicaciones, recursos y penalizando a sus escasos y avejentados habitantes; si esto no se corrige poco se va a ir logrando en la recuperación prometida. Se evita reconocer que España se convirtió en un país de servicios y turismo porque era en realidad el refugio que encontraban esos desplazados del vacío digital y estructural y los excedentes laborales. Al fin y al cabo era y es la única alternativa que se ha ofrecido al mundo laboral menos especializado y más barato; pretender que estas fuentes económicas relevantes como son el turismo, la hostelería y todos los servicios adosados a estas actividades (que son muchos) han de cambiarse es hablar por hablar pues las alternativas necesarias ni se ven en el horizonte ni se integrarían sino a medio y largo plazo.

Pongo un ejemplo de lo que se dice se debe hacer y luego su aplicación práctica: Vuelve a proponerse como actividad económica la rehabilitación de viviendas… Eso ya se dijo en la anterior crisis y, en efecto, en ciertos casos se hizo; se rehabilitaron edificios de los centros urbanos no para que fuesen viviendas sino para habilitarlos como oficinas o, a lo sumo y también, como viviendas turísticas. La finalidad social pues no se cumplió en general. Y me temo, si se vuelve a ello, no se cumplirá.

Cierto, las cosas no son perpetuas y esta pandemia está demostrando que lo que un día fue puede ahora no seguir siendo. A eso hay que acostumbrarse y eso exige adaptaciones diversas y a veces muy duras. Que lo digan ya los mineros del carbón, acabado totalmente, acabadas economías, estructuras sociales, formas de vida, expectativas… Y hasta hace nada podía entenderse como actividad segura. Así van las cosas de veloces. Por lo tanto mirar hacia adelante exige mirar antes lo que se tiene, lo que se puede mantener o lo que irremisiblemente ha de descartarse. Incido en que la atención a la España vaciada es fundamental, necesaria, si queremos reinventarnos.

Sí, hay que mirar menos a la rentabilidad económica (del capital) a corto e inmediato plazo como sucede ahora; crear empleos y actividades en esa zona es dotarla de medios y servicios, los que se le han quitado (sanidad, enseñanza, transporte, comunicaciones incluido el acceso digital, económicos, culturales, etc.) y fomentar su optimización empresarial (económica, laboral, ecológica, etc.), según sus capacidades, las demandas y lo que puedan ofrecer. También esto ayudaría a la desconcentración de los núcleos fabriles y económicos que hoy casi se monopolizan en escasos puntos geográficos.

Mientras el turismo y los servicios absorban la mano de obra excedente serán muy necesarios en nuestro país. Otra cosa es lo que se deba hacer para que entremos en otra dimensión como parece no vamos a poder evitar pero no se puede demonizar (con intención de eliminarlo) lo que hoy por hoy es (si se recupera, claro) la mejor fuente económica que tenemos a mano. Mientras incídanse en esas nuevas actividades y políticas que nos pueden llevar a consolidar los cambios apetecidos, pero yendo progresivamente, hasta lograrlo.

Al igual que la construcción arrastra tras sí otras actividades complementarias (e incluso imprescindibles) o la industria del automóvil de igual manera abarca otras muchas que generan empleos, el turismo, hoteles, hostelería, etc., tiene otras fuentes económicas que abarcan un amplio abanico y que giran alrededor de estas actividades; son muchas las empresas, medianas y pequeñas, y los puestos de trabajo que se desarrollan tras estas más llamativas. Y si no ofrecemos alternativas viables, ¿a qué entrar en polémicas sin sentido?

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