Recuerdos de la SAFA – 15: Las lecturas II

Recuerdos de un safista  – 15: Las lecturas II

En estos cursos iniciales, nuestras lecturas y nuestras clases de historia nos llevaban a destacar personajes como Viriato, El Cid, Fernando III el Santo, los Reyes Católicos, Felipe II, los conquistadores y los héroes del 2 de Mayo. Y ya está, el resto era un páramo. Desde la Guerra de la Independencia a nuestros días había un enorme vacío, sin ningún nombre por ninguna causa. Parecía que en España no había pasado nada ni había surgido nadie relevante hasta llegar a la figura hiperlaudatoria de Franco.

En la descripción y defensa de este último personaje destacó un profesor de F.E.N. (Formación del Espíritu Nacional), falangista él, que nos largaba largas parrafadas sobre la organización del Estado, las bondades del Movimiento Nacional, las grandes obras realizadas en bien de España, etc. Pero cuando entraba en trance místico era al hablar de Franco. A la ya conocida frase de “la espada más limpia de la Cristiandad” añadió otros epítetos como ser “el vigía de Occidente”, “el general más joven del mundo” , “Caudillo de nuestra Gloriosa Cruzada de Liberación Nacional”, “hombre providencial enviado por Dios”, “centinela perenne” o el habitual “Caudillo de España por la Gracia de Dios”, que figuraba en el reverso de las monedas de a peseta. La verdad es cuando éramos pequeños todo esto nos venía un poco grande, pues era el tono general del adoctrinamiento de la época, pero ya mayores, en Magisterio, hubo más de una réplica sobre estos panegíricos, que enervaban al profesor, aunque hay que decir que nunca llegó a mayores la cosa, ni perdió los papeles ni tomó represalias contra los que le llevaban la contraria.

Recuerdo con cierta ternura cuando Emiliano, un paisano con evidentes creencias progresistas, le planteó con contundencia la prohibición de cualquier pensamiento que no fuese el enmarcado en el Movimiento Nacional, aludiendo de paso a la proscripción de todos los partidos políticos que en Europa eran legales. Y el profesor le respondió con un símil que debía tener preparado, comparando las ideas y las personas con los arroyos, ríos y afluentes que bajan de las montañas, y que si no hubiese un embalse que los represara y diera salida a sus aguas por un único cauce, los daños al país, aguas abajo, serían terribles. Y se quedó tan pancho… La verdad es que siempre tenía un argumento preparado ante nuestra constante disidencia, aunque algunos eran aún más atrabiliarios que éste.

Era curioso como las lecturas recomendadas por el Ministerio de Educación Nacional escondían la época de Al Andalus, sus avances, su cultura de tolerancia, su eclosión cultural frente al páramo de los reinos cristianos. Todavía recuerdo un cuento corto sobre la Reconquista, donde se exaltaba la batalla de las Navas de Tolosa como la gran victoria de la Cruzada contra el hereje invasor, con una reproducción del famoso cuadro del ataque del Rey Sancho VII de Navarra. Y otra imagen de la época que aparecía en un libro de “Estampas históricas” era el cuadro de “La rendición de Granada” de Pradilla, con un subtítulo sobre la generosidad de los Reyes Católicos.

En mi pueblo, en las vacaciones, podía ir al Centro Obrero y Mercantil, del cual era socio mi tío Paco, lo que me permitía entrar en la biblioteca y leer e incluso llevarme a casa ejemplares de la “Colección Historias” que  ponía a nuestra disposición la mayoría de las novelas juveniles, de aventura y de fantasía, en unas ediciones donde cada tres páginas de texto tenían una de imágenes, que resumía la acción en forma de cómic (entonces le decíamos tebeo). Recuerdo que así accedí a muchas obras de Julio Verne (Sobre todo, “La vuelta al mundo en ochenta días” y “Un viaje a la luna”)

pero también obras como “La isla del tesoro”, “Tom Sawyer”, “El último mohicano”, “Los tres mosqueteros”, “Tarzán de los monos”, “Guillermo Tell”, “Ivanhoe”  y una obra que me maravilló desde entonces y la tengo entre mis favoritas: “La Odisea

Ya en Magisterio, le pregunté al P. Julio A., nuestro tutor y un cura que nos encandilaba con su cultura y sus ideas avanzadas, por qué el colegio no tenía esa colección en la biblioteca, y me contestó “por el dinero…”. Al parecer eran más caras que las ediciones populares que teníamos a nuestra disposición, de la editorial Austral y parecidas.

En 2º Oficialía, nuestro tutor y profesor de Literatura, el Padre Diego O. nos inculcó el placer de la lectura, descubriéndonos la inmensidad de los grandes autores universales (desde Homero a Molière, desde Shakespeare hasta Faulkner. ¡incluso nos habló del Decamerón de Bocaccio!, pero cuando fuimos a la biblioteca comprobamos con desconsuelo que ese libro no estaba…) y nos encargaba la realización de trabajos sobre personajes literarios comparados, o sobre estilos narrativos o sobre algún autor concreto. Para ello pasábamos bastante tiempo en la biblioteca, en las horas de estudio o de actividades.

Allí coincidí con Dionisio R. un alumno del último curso de Magisterio, que echaba una mano como encargado de los préstamos de libros, y al comentarle la razón de mi reiterada presencia, me dijo: “¿Trabajos de literatura? Tú no sabes cuántos hice yo en mis primeros años, con el Padre G.”. Interesado en el tema, porque conocí al citado en Preaprendizaje, le pedí se explicara y me contó que ese cura, “al cual le sobraba una talla en los zapatos y dos en la sotana”, les encargaba múltiples trabajos que nunca se leía, que un par de alumnos estaban encargados de recogerlos cada semana en sus cuadernos de tapas azules y que el cura los paseaba por las dependencias de los sacerdotes, para que todo el mundo viera cuánto trabajaba y le valorasen su encomiable entrega a la docencia, y que los devolvía con la marca “V.L.” en rojo, que se suponía significaba “Visto y leído”, pero que no había hecho lo uno ni lo otro. Me comentó que “era un experto en escaquearse y en aparentar, que siempre estaba haciéndole la pelota al Padre Prefecto, que no dio una clase que mereciese la pena, y que dedicaba sus horas de clase a contarles cuentos” de cuando en Sevilla estudiaba Medicina, con una novia bellísima y de alta cuna, y que recibió “el aldabonazo de la llamada del Señor” por lo que se fue al noviciado y lo dejó todo. Luego supieron que lo único cierto era el sitio, Sevilla. Lo demás, humo.

Este alumno de la primera división era un narrador ameno y un hombre de gran cultura, que me mantuvo ojiplático durante su explicación, y que me hizo volver a menudo buscando encontrarme con él en la biblioteca. Lamenté que se fuera al terminar sus estudios ese mismo año.

Lo cierto es que cinco años después, en la Facultad de Filosofía y Letras cursé  la asignatura de Historia de la Literatura Española, e hice dos trabajos monográficos que ya había abordado con el citado cura, uno comparativo sobre el Mester de Juglaría y el de Clerecía, y otro sobre la Generación del 98. Y en ambos me dieron la nota más alta. Y cuando cursé Historia de la Literatura Universal, pues igual, una excelente nota en un trabajo sobre los personajes del teatro de Shakespeare, que en su día me encargó específicamente el padre O. y me orientó muy bien para hacerlo. Cuando mis compañeros de Facultad me inquirieron por estos resultados, me limité a contestarles: “Es que yo estudié en la SAFA…”

(Continuará…)

4 opiniones en “Recuerdos de la SAFA – 15: Las lecturas II”

  1. Disfruto mucho leyendo tus Recuerdos de la SAFA, pero de ellos saco una impresión extraña: Parece que los primeros ’60 que yo viví allí no eran tan cerriles y restrictivos como los que tú narras en los finales ’60. En mis tiempos, los curas eran, en general, no todos, demasiado inteligentes como para entrar en la política de la época y, si se daba FEN, era porque lo exigía el ministerio. A los de mi curso nos daba FEN don Bernardo, a quien recuerdo como un hombre amable, jovial y no dado a los extremismos. Se limitaba a poner de relieve los logros del régimen que algunos sí que tuvo.
    El otro punto era la enseñanza de la Literatura, que consideré excluyente y agobiante. A los de mi curso nos exigían tanto, hacer tantos trabajos, leer un determinado número de libros…, que no nos daba tiempo de dedicarnos a cosas que algunos considerábamos más importantes. Aunque hoy suene extraño, llegué a odiar la literatura.

    1. Muchas gracias, Alfredo.
      El profesor de FEN a que me refiero no era, obviamente, D. Bernardo, un profesor ejemplar en muchas cosas. Y la anécdota es de 1968.
      En cuanto a las clases de Literatura hubo quien nos agobió a trabajos y quien nos hizo amar las obras literarias, como señalo.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *