Recuerdos de la SAFA – 13: ¡Ya es sábado!

Recuerdos de un safista  –  13: ¡Ya es sábado!

Todas las semanas esperábamos la llegada del sábado porque significaba un cierto descanso en la apretada agenda diaria, aunque por la mañana había algunas clases y estudios, y sobre todo porque nos permitía una breve salida al exterior. En 2º de Pre era muy breve y muy controlada, pero en Oficialía ya se hacía algo más larga y, sobre todo, no sentíamos en el cogote el aliento del cura.

En el primer año de internado salíamos todos juntos en un grupo único, dentro del cual se iban formando grupos más pequeños, de cuatro o cinco, por las amistades existentes o sobrevenidas. El recorrido era repetido semana tras semana: la Avenida Cristo Rey del Colegio hasta el Hospital de Santiago, la calle Nueva – donde era parada obligatoria el escaparate de la pastelería, al que pegábamos nuestra nariz y nuestros ojos, alimentando nuestra imaginación con aquellas golosinas que nos deslumbraban al otro lado del cristal -, entonces con tráfico rodado, hasta llegar a la Plaza del General Saro, donde nos parábamos un momento y nos acercábamos a los carrillos de los Portalillos para comprar pipas y algunos, de forma subrepticia, un par de cigarrillos Celtas o Bisontes (según su solvencia económica), que luego, en el tranquilo paseo por la calle Cava trataban de fumarse en los jardines abandonados de los laterales del mirador del Alférez Rojas Navarrete.

Un destino fijo era el puesto de Paco bajo los portalillos de la derecha. Su carrillo era un prodigio de eficiencia en reducido espacio, compuesto por un expositor de madera y cristal, de unos dos metros de largo por uno de ancho, donde mostraba una multitud de compartimentos repletos de pipas, chicles, caramelos, cigarrillos sueltos, cerillas, algún que otro mechero de los que llamábamos “de martillo”  aunque eran habituales los de yesca, cromos de artistas y sobre todo de futbolistas. Hoy sería un “Todo a un euro”.

En esta plaza nos deteníamos un rato, en el espacio central si hacía bueno o bajo los soportales si hacía frío o llovía. Nos llamaba la atención la estatua de bronce del General que presidía la plaza, colocada sobre un friso con unas figuras alegóricas hechas en piedra blanquecina, y lleno de cagadas de palomas. Se veía claramente que eran dos cosas distintas, la una pegada encima de la otra. También nos llamaban la atención los agujeros que había en la escultura. Alguno nos dijo que eran de bala, de cuando la guerra. Nadie supo aclararnos cuánto de verdad habría en esa afirmación.

Nos sentábamos en el pretil de la fuente a comer pipas y nos reíamos con el arrebato de las palomas cuando alguno de nosotros las acosaba o cuando el reloj de la torre daba los campanazos.

Años después no pude por menos que acordarme de esas imágenes al leer a Antonio Muñoz Molina (“…Engranajes herrumbrosos se mueven en el interior de las torres de las iglesias y en la gran torre del reloj que hay en la plaza del General Orduña [Saro] y van marcando un tiempo lento y profundo que resuena cada cuarto de hora en el bronce de las campanas, irradiando sobre la ciudad ondas concéntricas que se propagan como sobre el agua lisa de un lago o de un estanque…” (El viento de la Luna, 2006).

Transcurrido un breve espacio de tiempo, el cura nos dijo que camináramos por la calle del Rastro y luego seguir por la Cava, una larga calle con algunos esmirriados jardincillos, que desembocaba en un parque con cipreses y algunos pinos al fondo. Este paseo lo reviví con suspense y entusiasmo al leer “Plenilunio” de Muñoz Molina (“están llegando a la plaza del reloj y la estatua, ya puede ver la torre, los taxis, el edificio de la comisaría, (…) otro semáforo que cambia al verde para que los dos crucen hacia la parte central de la plaza, entre los jardines, cerca de la fuente, (…) si quisiera podría pasar junto a la puerta misma de la comisaría, y decirle adiós al guardia (…) se alejan de la plaza ya siguen bajando hacia los jardines de la Cava, cada vez hay menos gente y menos tráfico, en cuanto pasen el cruce de la calle Ancha es muy posible que no se encuentren ya con nadie, nadie pasea por esos jardines junto a la muralla cuando se hace de noche (…) nadie se aventura en el pequeño parque al final de la ciudad, en el límite del terraplén poblado de pinos que baja hacia las huertas, abandonadas también, comidas de maleza, como los corrales de las casas hundidas del barrio (…) Continúan avanzando (…) al otro lado ya están los setos devastados, las farolas rotas, la zona de sombra…”, y me llevé una desilusión cuando esta novela fue llevada al cine, y Mágina, en vez de Úbeda, fue Palencia.

Al final de la calle se abría un mirador, donde nos extasiábamos con las impresionantes vistas del valle y de la Sierra Mágina.

Un compañero nuestro, que era de Jódar y que algunos fines de semana no se podía ir a su pueblo (por estar castigado o porque no podía pagarse el billete de autobús) nos señalaba los sitios: “Ese pico es el Cerro Mágina, el otro es el Aznaitín, y la sierra que se ve más lejana, a la izquierda, es la Sierra de Cazorla…” Y con cierta pena, nos señalaba “Allí está mi pueblo…, el de al lado es  Bédmar, y más atrás, a la derecha, Jimena”.

Nos explicaba que el valle que se veía entre la sierra y nosotros era el del Guadalquivir, a donde él iba en otoño a ayudar a su familia en la aceituna (a secas, así se decía la labor de recogida del fruto del olivo). Algunos años después fui algún domingo a la aceituna, para sacarme unas pesetas que añadir a mi escuálido bolsillo, y he de decir que no recuerdo un día en mi vida en que haya terminado más derrengado. Al madrugón seguía un viaje en un bamboleante remolque de un tractor, el reparto de tareas en el campo, en el que a los estudiantes nos dejaban siempre la recogida, agachados hora tras hora, con los dedos helados y hasta sangrantes de agarrar los terrones congelados, las botas con tres kilos de barro pegados en cada una como un ente viscoso, y las broncas del capataz o de cualquier jornalero porque íbamos muy lentos y cogíamos muy poco. Peores eran las chanzas de las mujeres, que recogían el doble de rápido que nosotros, y nos hacían objeto de sus pullas, llamándonos “señoritos” y cosas peores. Los riñones poco acostumbrados a tal postura empezaban a doler, y a mediodía ya no sabías cómo ponerte. El descanso para comerte un bocadillo y unos tragos de agua era un alivio pasajero pero bendecido por nuestras resentidas espaldas. Al final de la jornada nos pagaban la peoná, que era la mitad de la de un adulto y un cuarto menos que la de una mujer.

Y vuelta a Úbeda en el bamboleante remolque, que nos dejaba en la entrada desde la carretera de Jódar, aunque a veces nos acercaba hasta la Piscina del León, muy cerca del Colegio. Volvíamos a la SAFA como quien viene de la guerra. Tras limpiarnos ruidosamente las botas nos arrastrábamos hasta el dormitorio y caíamos muertos en la cama. Y aún había quien proponía darse una vuelta por el pueblo, porque aún quedaba una hora…

En este mirador había un monumento, con una estatua de un soldado, una laureada y una fuente. Nos explicaron que estaba dedicado al Alférez Rojas Navarrete, un ubetense que murió en la Guerra de Ifni. Muchos años después, cuando hice la mili en la IMEC (Instrucción Militar de la Escala de Complemento), mediante la cual los estudiantes universitarios podíamos compaginar los estudios con el servicio militar, fraccionándolo en trimestres, y salir de ella con el grado de Sargento o Alférez Provisional, me enteré de que había una leyenda por la cual este señor era el Santo Patrono de los oficiales de Complemento, pues su acción militar fue tan torpe y contraria a la táctica militar, costando la vida a una treintena de soldados, que el generalato decidió que nunca más darían mando de tropa en una acción de guerra a este Cuerpo, quedando los sargentos y alféreces provisionales restringidos a la instrucción de la tropa u otros servicios en retaguardia, con lo que nunca pisaríamos la primera línea, cosa que le agradecíamos infinitamente. Si non è vero è ben trovato…

Antes de volvernos, un último vistazo al paisaje y un recuerdo a Muñoz Molina: “Me acuerdo del invierno y del frío, del azul absoluto en las mañanas de diciembre y el sol helado en la cal de las paredes y en las piedras amarillas de la Casa de las Torres, me acuerdo del vértigo de asomarme a los miradores de la muralla y ver delante de mis ojos toda la hondura de los precipicios y la extensión ilimitada del mundo, las terrazas de las huertas, las lomas de los olivares, el brillo quebrado y distante del río, el azul oscuro de las estribaciones de la sierra, el perfil de estatua derribada del monte Aznaitín”.

A la vuelta del paseo por la calle Cava, a veces nos desviábamos a la derecha, por una calle donde había un palacio a la izquierda (el del Marqués de la Rambla) y un cine a la derecha (El Principal, hoy desaparecido, y donde en Magisterio me colé por la cara en todas las sesiones vespertinas, dado que yo salía con una chica ubetense cuyo padre era el proyeccionista. Nos sentábamos en el patio de butacas, y a veces los compañeros nos decían alguna burrada jocosa desde el gallinero, donde se aposentaban en grupos compactos).

La calle era tan estrecha que si pasaba un coche había que meterse en un portal para dejarlo pasar, pero tampoco había tanto tráfico como para preocuparse.

Tras una  plaza muy tranquila, con una fuente en su centro y una iglesia normalmente cerrada (la de S. Pedro) pasábamos ante un palacete con una alta torre coronada con un chapitel de tejas vidriadas, con miradores y un curioso balcón en esquina, donde siempre reteníamos el paso y mirábamos fijamente a las ventanas, pues era el Colegio de las Carmelitas y nuestra ilusión era ver a alguna niña para saludarle y esperar que algún día nos encontrásemos en la calle y pudiésemos entablar conversación, algo muy poco probable visto el marcaje a que las sometían las monjas. Pero de ilusión también se vive, y nosotros estábamos necesitados.

El Hermano P. nos dijo que era hora de volver, que teníamos la sabatina… ¿Y eso que era? Pues cuando llegamos, de forma un poco apresurada, porque los ojos se nos iban a todos lados y nos quedábamos mirando hasta los escaparates más inanes de la Calle Real, lo supimos: directos a la iglesia, a sentarnos en nuestros bancos.

Y cuando la iglesia se llenó con todos los demás grupos, empezó el acto: un cura subió al micrófono, y empezó a enunciar una serie de rezos a la Virgen María, con forma de jaculatorias que enmarcaban una Salve, donde D. Isaac dirigía al coro:

“Salve Regina

mater misericordiae,

vita, dulcedo et spes nostra salve

ad te clamamus…

(…) ad te suspiramus…”

Y así un montón de versos más. Como no nos sabíamos la letra, movíamos los labios mirando de reojo a los demás, que parecían sabérsela.

Y tras la Salve, otras jaculatorias y el canto de un himno que no había oído en mi vida, y que llegaría a aprendérmelo perfectamente en sucesivos sábados:

“Pange lengua gloriosi

corporis mysterium,

sanguinisque pretiosi,

quem in mundi pretium.

Fructus ventri generosi,

rex effudit gentium…”

No deja de ser llamativo cómo nos aprendíamos himnos y pasajes litúrgicos sin entender ni una palabra de ellos, porque el latín no estaba entre nuestras asignaturas. Y recuerdo que muchos años después vi en TVE a un grupo nuevo, que se hacía llamar Mocedades, que cantaba este mismo himno. Cómo sería mi sorpresa que me compré el disco, un single de vinilo a 45 rpm, y lo oí decenas de veces. No es que fuera gran cosa como éxito musical, pero me sonaba extrañamente cercano. Mis amigos, al oír la musiquilla me decían que si me iba a meter a cura.


https://youtu.be/69Y-jDLxl28

Terminado el canto, salíamos en orden, y aún disponíamos de unos minutos antes de ir a la cena, y luego al dormitorio. O sea, que el sábado no daba para mucho más. Pero sí nos dimos cuenta que los mayores, los de la Primera División, no habían estado en la sabatina, e incluso que había huecos en sus mesas del comedor. ¡Pues sí que tenían prerrogativas!. Ya nos ilusionábamos con llegar a todo lo alto de la escala en unos años y poder disfrutar de esos chollos…

 

(Continuará…)

2 opiniones en “Recuerdos de la SAFA – 13: ¡Ya es sábado!”

  1. Gracias, José Luis, por este ramito de recuerdos. Sería diciembre de 1960 cuando TODOS los alumnos de la SAFA fuimos obligados a asistir a la ceremonia de inauguración del monumento al alférez Rojas Navarrete, fallecido tres años antes, presidida por el ministro del ejército, general Antonio Barroso. Era un día de intenso frío y cubierto por esas nieblas que subían del Guadalquivir, calándonos los huesos. Todos lo pasamos bastante mal, por el clima y por oír las tonterías que se decían en casos así en aquellos tiempos. Cuento de pasada que los cientos de alumnos de los jesuitas éramos usados con frecuencia para hacer bulto en los actos oficiales, cívicos o religiosos, de la ciudad.
    Que la torpeza del alférez fuera responsable de la muerte de veintitantos de sus soldados era un rumor que circulaba por allí, me temo que propalado dentro del ejército por quienes criticaban que se le hubiera concedido la medalla militar individual a un chico de 27 años que murió sin prácticamente entrar en combate. No fue Rojas ni un héroe ni un villano responsable de la muerte de 22 militares . Un relato de lo que pasó, en mi opinión bastante objetivo, se puede encontrar en https://ejercito.defensa.gob.es/Galerias/multimedia/revista-ejercito/2019/942/accesible/Revista_Ejercito_Accesible.pdf, página 64, 2019, escrito por el general Simón Contreras.
    Gracias por tus escritos.

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