1962, una rondalla en la SAFA

 

Noté que una sombra grande y alargada venía a mi encuentro.

—¡Alfredo! ¡Enséñame ahora mismo tu púa!

—¿Qué púa, padre? —pregunté con voz bajita, casi inaudible, de lo acoquinado que estaba.

—¿Qué púa va a ser? ¡Con la que tocas la guitarra!

—Yo no toco la guitarra; y, además, la guitarra no se toca con púa; solo con los dedos.

—¡Tú siempre pasándote de listo! —estalló el prefecto— ¿No estás en la rondalla?

—Sí, pero yo toco el laúd.

—Bueno, pues enséñame la púa de una vez y no me hagas perder el tiempo.

Metí mi dedo índice en la relojera, que así se llamaba el bolsillito delantero del pantalón, y extraje mi púa. Estaba hecha de celuloide y era de color marrón; tenía la forma de un triángulo equilátero de lados un poco curvos y vértices redondeados.

El prefecto examinó la púa por ambos lados y me la devolvió sin decir nada.

—¿Qué ha pasado, padre prefecto? —osé preguntar— La púa es mía; me la regaló mi tío que las vende en su tienda del pueblo.

Me miró con su expresión habitual, dio media vuelta volando el bajo de la sotana y se fue. Me quedé con la impresión de ser conducido al martirio por culpa de la música.

Rebobinando, tal vez recordéis mis contemporáneos en la SAFA de Úbeda que cinco días en semana teníamos media hora de clase de música, de cuatro y media a cinco de la tarde. En mis dos primeros años (primero y segundo; me convalidaron la preparatoria), aprendimos solfeo, con los compases de 4×4, 3×4, 2×2, etc. En tercero ‒curso 60-61‒ don Luis Molina se hizo cargo de las clases. Estas eran más amenas pues consistían en aprendernos de oído canciones que cantábamos coralmente sin solfearlas. La mayoría de las canciones eran del norte, de tipo habanero, creo recordar, entre las que estaba eso de al coger el trébole, el trébole…, la noche de san Juan. Pero la felicidad solamente duró ese año. En cuarto, tuvimos de profesor a don Eloy (no recuerdo sus apellidos; lo siento), quien nos exigió rememorar nuestros olvidados compases para solfear las canciones tradicionales norteñas.

Estas clases me parecieron un tostón mayúsculo y empecé a odiar la música. Pensando en cómo escaquearme de estas, probé suerte en la rondalla y le pedí a su director, Antonio Sánchez Montoya, que me admitiera. Integrarse en la rondalla eximía de asistir a las clases de música. Aunque no había tocado nunca instrumento alguno, Antonio fue amable conmigo y me admitió. Creo recordar que en la rondalla había unos diez o doce compañeros que tocaban bandurrias, laudes y guitarras. Antonio me dio un laúd y con él puse mi mejor voluntad de convertirme en un laudista de pro. Así pasaron los meses en los que logré hacer progresos; aquello llegó a gustarme, pero ¡ay! no duraría mucho nuestro gozo que, por mor de la rima, acabó en un pozo.

Uno de los de la rondalla era José Mauriño Díez, que ya tenía experiencia en tocar aquellos instrumentos de cuerda pulsada. Mauriño, de un curso menor que el mío, era un chico pequeño, dotado de donaire, desparpajo y gracia sevillana (de Benacazón), tanto, que siempre se le encargaba declamar el discurso de bienvenida a cualquier personaje importante que se dignara a visitarnos (v.g., al mismísimo Generalísimo en 1961, creo).

Mauriño era, pues, un chico versátil y popular, que actuaba con mucha frecuencia de monaguillo, ayudaba a misa, paseaba por la sacristía como Mateo por su casa y gozaba de la bienquerencia de los curas hasta que pasó lo que pasó.

Nuestra Iglesia, si recordáis, era y es un edificio de planta basilical, dividida en tres naves, con una arquitectura de tipo paleo-cristiano, en mi opinión muy bien conseguido; debió costar un pastón su construcción. En la cabecera tenía, y supongo que tiene aún, una sacristía de grandes dimensiones con grandes armarios y cómodas para guardar los atuendos litúrgicos. En el centro, posaba una mesa de grandes proporciones; una extraordinaria muestra de la taracea granadina de clara influencia nazarí, con la tabla llena de incrustaciones de maderas nobles, de hueso y nácar que hacían unos dibujos geométricos bellísimos. Ignoro si la mesa sigue allí; si sigue, me propongo visitar la sacristía tan pronto como este maldito virus lo permita.

Un mal día, un rumor creció hasta envolvernos a todos ¡Habían desaparecido varias incrustaciones de la mesa de taracea! El prefecto tomó cartas en el asunto y pronto descubrió que ¡las plaquitas de nácar habían sido arrancadas de la lujosa mesa a punta de navaja para ser usadas como púas con las que tocar laúdes y bandurrias! No tardó el prefecto en hallar al culpable del estropicio, quien no era otro que Mauriño, ayudado por alguien más, cuyo nombre no recuerdo. Aquello estuvo muy mal y así lo vimos todos. No merecía la pena dañar una mesa para sacar unas púas que seguro no eran tan buenas como las de celuloide que comprábamos por una peseta. Mauriño se había pasado varios pueblos.

No obstante, este asunto tuvo unas consecuencias que no pudimos imaginar; pese a que la gran mayoría de los chicos de la rondalla no habíamos tenido arte ni parte en el estropicio, el prefecto, una persona acostumbrada a tomar decisiones radicales y a cortar por lo sano cualquier asunto digno de su reprobación, suprimió y disolvió la rondalla de un plumazo y así tuve que abandonar mi laúd y volver con orejas gachas a las clases de solfeo de don Eloy. Cuando pasadas varias décadas, me sirvo un ron Viejo de Caldas (el mejor del mundo) en las rocas, me repantingo en mi sillón y me pongo a escuchar alguna suite del Lautenwerk de J.S. Bach, me ensimismo recordando el pasado y, autocomplaciente  pienso que, por culpa de aquel cura, quizá el mundo perdió un gran laudista.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *