LUCHA

LUCHA

Mariano Valcárcel González

La lucha es consustancial a todo ser viviente para lograr su supervivencia. Es ley natural insoslayable y otra cuestión es si como seres humanos supuestamente superiores en este planeta podemos matizarla, atenuarla y encauzarla debidamente (pero nunca, se entiende, eliminarla).

Como humanos podemos dirigir nuestra lucha en determinadas direcciones o dirigida hacia ciertos intereses. Así la lucha, nuestra lucha, puede ir a alcanzar objetivos que nos trascienden, a objetivos colectivos que tienen los mismos fines y por ello esa lucha puede ser grupal y sintonizada o también quedarse en una lucha personal que cada individuo define, concreta y dirige.

Los humanos más dinámicos han hecho de su lucha o sus luchas verdaderos cuerpos de doctrina y motivos de su existencia; sus justificaciones. Tenemos el ejemplo tremendo, por sus consecuencias posteriores, de la biblia nazi, el “Mein Kampf” que Hitler dictó a su compañero Hess estando los dos presos tras su intento de golpe de estado contra la República de Weimar. Ahí se compendian los fundamentos y los fines hacia los que dirigía Adolfo sus anhelos, sus energías. Si el gobierno alemán no se hubiese comportado tan tibiamente ante aquellos sucesos con los cabecillas tal vez no hubieran podido hacer realidad su lucha.

Pero no olvidemos que las luchas se vencen o se pierden. En general las luchas políticas o sociales se vencen porque encuentran poderosos que las respaldan, raras veces se ganan sin la colaboración y el empujón del poder y si alguna vez, excepcional, esto no es así lo es porque el poder ha sido subvertido, amortiguado o aniquilado circunstancialmente y a esto le denominamos sencillamente “Revolución”. La lucha de Hitler contó con la ayuda fundamental de los poderosos y por ello triunfó. La lucha de Lenin aniquiló el poder existente y por ello y revolucionariamente triunfó.

Dos ejemplos muy claros según mi forma de ver e interpretar el fenómeno al que me refiero.

También existe la lucha interior, de la persona como tal, como sujeto que tiene pulsiones, vivencias, anhelos, contradicciones y un medio favorecedor o al contrario hostil.

Unamuno, el gran pensador, fue a la vez un gran luchador consigo mismo. Lleno de dudas y contradicciones su inconformismo le hacía luchar denodadamente frente a sí y a los demás. Cayó en las trampas de sus propias dudas y esa amargura le seguiría hasta su muerte. Es significativa la frase que le ponen en boca en la película “Hasta que termine la guerra” en la que rezonga aquello de… – Y no digo más porque me conozco” -. Pobre Don Miguel, su potente inteligencia no le dejaba pasar ni una barbaridad, ni un dislate y menos contemplar el mundo que le rodeó como si nada tuviese que ver ni con él ni con los demás.

Sí, la lucha la han sufrido muchos que pretendían ser santos. Lucha a saber por ellos mismos, cuando se declaraban, tremenda y si era superada hasta heroica y digna de esa santificación (entiendo que fuese así cuando sinceramente y no hipócritamente y de cara a la galería transcurrían por esas angustias en aquello de que la carne es débil).

Quien no lucha por algo, personal o de otra índole, es porque o no es humano o en realidad ya está muerto en vida. Y no se trata exclusivamente en que se deba pertenecer a colectivos que llevan la lucha en su fundación o en que se sea un aspirante a mártir; se trata de sentirse persona en medio de otras personas que en ese entendimiento vive.

La lucha contra quienes solo buscan y desean que seas mero zombi a sus órdenes, que te muevas y realices lo que ellos te ordenan porque sí, porque te lo mandan en el entendimiento de que tienen la potestad de hacerlo y tú solo debes obediencia incuestionable. Que ni se te ocurra tener una pequeña disensión, que no te les enfrentes, que, en suma, no luches ni siquiera en pensamiento. Pero esto es lo normal, lo que viene sucediendo, que unos gozan de la facultad no ya de dirigirte razonablemente, adecuadamente y en la idea de consenso común, sino de ordenarte con arbitrariedad absoluta y en el entendimiento de que lo debes admitir sin cuestionarlo. Así se mueve generalmente el mundo, donde unos pocos manejan a unos muchos.

Se me calificó alguna vez de “tocapelotas”, lo sé. Bueno, que en realidad pasé olímpicamente de cuestionarme tal calificativo. Y no porque siempre llevase razón o intentase en todo trance hacer valer mis ideas, no y en general nunca (no digo yo que uno no se encabestrase ocasionalmente, que la perfección no existe).

He tenido jefes (en mis colegios donde ejercí y no fueron pocos) con los que la convivencia era llevadera y por lo tanto si yo tenía algún motivo de lucha lo era solo sobre cuestiones mías particulares que a nadie debían afectar; hacía mi trabajo lealmente y hasta más de lo exigido dada mi convicción docente. Desgraciadamente los hubo de tales características que confundían dirección con sumisión absoluta, acatamiento a sus decisiones en muchas ocasiones arbitrarias o, peor, dirigidas a su exclusivo beneficio personal o el de su camarilla rampante, adosada a sus pantalones/faldas en modelo clásico de aduladores de oficio.

Claro, ante esa realidad había dos posturas a considerar, o uno se sometía para pasar al menos desapercibido o incluso intentar alcanzar algunas migajas de la magnanimidad directora o se manifestaba como mínimo objetor e incluso abiertamente contrario ante las sinrazones que se imponían. Mucho más si tu trabajo seguía siendo correcto y más de lo exigible a la mayoría. Así que por muchas iniciativas, ideas, planteamientos concretos hacia la mejora de la calidad del trabajo y de los resultados quedaban en papel mojado, en dique seco o anulados o porque no partían de la dirección o porque no interesaban a su camarilla.

Ya conté el caso de aquella pobre monja que hube de sufrir durante un curso, mi primer curso ejerciendo. Ora vez, en cierto centro, surgió el tema de la fotocopiadora y su gasto (como en todos) y la dirección quería se optase por una especie de “leasing” o algo así de una nueva que nos metería en una deuda de cierto monto y en bastantes años; la decisión según el criterio dictatorial debía venir refrendada por la totalidad del claustro para que contase como decisión colectiva (y se quitaba la responsabilidad de la misma si la cosa no cuadraba luego). A todas vistas muy democrático todo, pero sin aceptar disidencia, precisamente la mía, y allá se lio el follón… Tal que no se realizó la operación (pues no sería tan legal precisamente cuando quería tener las espaldas cubiertas con la pantomima de la unanimidad).

Y un recuerdo de lo sucedido en mi promoción de Magisterio. Sí, cuando nos largaron un trimestre completo por habernos rebelado. Como mi padre trabajaba en el centro fue llamado por Don Lisardo, a la sazón Jefe de Estudios de Magisterio; yo no sé lo que le contaría (el acusado no tuvo derecho a defensa) pero mi padre vino aquella tarde a casa contando no sé qué milongas que le había hablado el profesor, de veras que o no recuerdo o no me enteré bien de lo que le dijo, pero sí me restallo la consideración de que yo era “un rebelde” (se ve que de aúpa). Vamos, que no me echaron definitivamente porque allí trabajaba mi padre que si no…

Así que afirmo que la vida es lucha como tantos pensadores afirmaron también y que si no nos mostramos luchadores es que estamos más bien ya bastante secos.

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