Recuerdos de la SAFA – 12: A talleres

Recuerdos de un safista – 12: A talleres

Ayer nos avisaron que hoy no iremos a clases teóricas, sino que empezaremos nuestra formación específica, para lo que estaremos todo el día en los talleres. Entre otras cuestiones, nos han dicho que llevemos los monos, pues es obligatorio su uso, y que ya nos darán instrucciones sobre el resto de los elementos de trabajo.

Como cada día, empezamos con la misa diaria, en la que cada vez nos aprendemos algo nuevo en latín. Ya habíamos ensayado aquello que cuando el cura decía lo de Gloria Patri, et Filio, et Spiritui Sancto”, nosotros le teníamos que contestar: “Sicut erat in principio, et nunc, et semper; et in saecula saeculorum. Amen”, y nos salía bastante bien. Ayer nos explicaron que hoy diríamos el Santus, que era mucho más complicado, y lo ensayamos tres o cuatro veces. A la hora de la verdad, cuando el cura dijo: “Sanctus, Sanctus, Sanctus” muy pocos de nosotros supimos seguir con lo de “Pleni sunt caeli et terra gloria tua. Hosanna in excelsis. Benedictus qui  venit in nomine Domini. Hosanna in excelsis.”  Fue un pequeño desastre. Se notó tanto que íbamos cada uno por un lado, que el Hermano P. nos miró con sus ojos acerados y todos supusimos que tendríamos reprimenda, sobre todo porque los mayores, los de Oficialía, sí lo hicieron bien y nos miraban con cara de cachondeo desde su bancada.

Pero la misa terminó, y como siempre, en fila al comedor, a desayunar. Hoy no había aceite de oliva, sino una pella de manteca blanca en el centro del plato verde. Yo había probado la manteca blanca de cerdo en mi pueblo, por lo que esperaba que se pareciese y pudiese disfrutar de un desayuno, si no copioso, al menos a gusto. Además, pasamos del anterior líquido caliente con remoto sabor a café a una especie de chocolate aguado, que al menos tenía un sabor reconocible. Buenos, no es que fuera el Cola Cao que a todos nos gustaba de pequeños, con sus grumos y demás, pero  menos da una piedra. Así que untamos la manteca en el trozo de pan, lo deglutimos gracias a sorbos del chocolate, y listos para seguir la faena. Subimos al dormitorio corrido, para arreglar las camas y demás faenas, amén de coger los monos de nuestros casilleros, que a partir de ahora permanecerían en el taller respectivo. Los nuestros eran blancos, mientras que los de nuestros compañeros de Mecánica o Electricidad eran azules. Nunca supe el por qué de esta distinción.

Salimos por la vía habitual, bajando las escaleras del internado hasta el patio de la pista de baloncesto. Mirando con más detenimiento, vimos que la iglesia estaba a nuestra izquierda, y que en una fachada lateral, a modo de crucero, había una puerta y sobre ella una composición en hierro forjado, representando la Sagrada Familia, que ya habíamos visto en una escultura en el patio del colegio de Primaria. Un compañero nos dijo, con un cierto tono de misterio, que aquella era la entrada a la cripta, como quien revela el escondite del Santo Grial. Tiempo después conocimos qué era eso de la cripta, pues cuando mi paisano J.L.  y yo tuvimos que ayudar a misa al P. Rector como monaguillos más de una y más de diez veces, muchas veces lo hacíamos ahí, pero durante un par de años lo asociamos a algo secreto o escondido. Treinta años después, volvimos muchos de nosotros, con motivo del 50º aniversario de la SAFA y del 25º aniversario de nuestra promoción a tener un acto en este mismo espacio, y volvimos a percibir las mismas sensaciones contrapuestas de cuando éramos niños asustadizos, aunque ahora estaban preñadas de nostalgia.

Lo curioso es que cuando llegamos a la Primera División, la de los mayores, y podíamos salir a pasear por el pueblo con mayor frecuencia tras las clases de la tarde, descubrimos que si llegabas fuera de las horas autorizadas se podía entrar al colegio franqueando de forma discreta una verja metálica bajita, atravesando el patizuelo que había entre el bloque de las casas de los profesores y la cabecera de la iglesia, y que tras un fácil salto íbamos a dar a esa zona, justo al lado de la esquina de la cripta. Por cierto, el sitio exacto en donde una noche nos esperaba el P. Prefecto, que se había enterado de una escapada de varios de Magisterio a una fiesta “¡con chicas!”, y aprovechó uno de sus paseos leyendo el Breviario para tendernos la emboscada. Volvíamos a una hora bastante entrada la noche, y según iban saltando la valla iban siendo fichados por el cura, que les hacía la señal de silencio. Los últimos nos olimos la encerrona porque oímos a Andrés decir en la oscuridad: “Perdone, Padre, pero…” con lo que dimos un respingo para atrás y nos quedamos fuera, a la espera de mejor ocasión. No hace falta decir que no salió gratis la escapada…

Bajamos a los talleres, franqueando el portalón metálico que habíamos visto en el recreo de días pasados, y nos encontramos con un amplio espacio rectangular con un lado semicircular a nuestra derecha, con árboles en el centro y en los lados, al que se abrían una decena de grandes naves con fachadas de piedra.

Todas tenían una gran puerta metálica, con ventanales acristalados en los laterales. Entre nave y nave había un pequeño espacio, donde se veían objetos varios, aunque había espacio sobrado para estar en él.

Nada más llegar al patio de talleres, nos dicen: “¡Cada uno a su taller! Torneros, en éste de la derecha! Fresadores, al siguiente!   Ajustadores, al segundo de la izquierda. Electricistas al siguiente!  Delineantes, al fondo a la izquierda!”

Con una cierta confusión (“¿Dónde ha dicho que vamos los torneros?… Ha dicho que los delineantes al tercero de la derecha, ¿verdad?”)  fuimos distribuyéndonos según nos correspondía, pues las puertas estaban abiertas de par en par y se podía ver su interior.

El Taller de Delineación estaba al final del amplio patio, desalineado de los demás, en un rincón a la izquierda. No abría su puerta hacia el patio semicircular, como los demás, sino hacia una zona despejada junto al lateral del taller de los electricistas. Su pared izquierda estaba casi pegada a un muro de piedra inclinado, que sostenía un campo de deportes, que solían usar los niños del Grupo Escolar de Primaria, y tenía varios árboles frondosos a su pie, lo que nos daba una agradable zona de sombra en los cálidos días de primavera y verano.

Nada más entrar, nos estaba esperando nuestro profesor de Dibujo, Don A., que lo primero que hace es pedirnos la lista “¿Lista? ¿Qué lista?”…”Pues cuál va a ser, la lista de vosotros, los delineantes!”. Nos miramos todos como si fuésemos marcianos recién aterrizados, ante lo cual, preguntó “A ver, ¿quién es el Delegado?”. Le respondimos  “Es Manuel H., pero no es delineante, es tornero”. Entonces me señaló a mí y dijo “Bueno, pues tú, ve a buscarlo y me traes la lista que él debe tener”.

Como no me acordaba de las instrucciones que nos habían dado, me dediqué a curiosear por los otros talleres donde oía gente. Así, lo primero fue colarme en un taller donde varios compañeros se afanaban con unas limas enormes ante unos tornillos de banco que sujetaban entre sus mordazas una pieza de hierro.

En principio, no reconocí a nadie, pues la mayoría eran de otro curso superior al nuestro, pero la derecha ví, compartiendo banco, a dos compañeros, que creo recordar eran de Villacarrillo, y que me habían caído muy bien por lo dinámicos y alegres que eran. Me acerqué a Luis V., el más cercano al pasillo, y le pregunté por dónde andaban los torneros. Antes de que me respondiera, el otro compañero, Paco D.F., me dice “Creo que el taller es el de enfrente, al otro lado del patio”. No pude evitar preguntarles “¿Sois los únicos ajustadores?” Y con cierto deje de orgullo me contestaron “Los únicos!”, pero Paco D.F. corrigió: “Bueno, y Fernando R. el de la Torre” “No, De La Torre se llama Paco, como tú”. Al final aclaramos que tanto Fernando R. como Paco de la T. eran de Torreperogil, de ahí el pequeño lío.

Con todo esta cháchara, no me dí cuenta que se había aproximado el profesor, Don Manuel C., que me preguntó “Tú, ¿qué haces aquí?”. Evidentemente, mi mono blanco me delataba como ajeno al grupo. Explicado el motivo de mi visita, me dijo “Cruza el patio, hasta la segunda nave, y antes de entrar pide permiso a Don J., no te vuelvas a colar como Pedro por su casa”. Abochornado, le dí las gracias y salí pitando al otro taller.

Allí reinaba un gran ruido, de máquinas trabajando y un chirrido agudo que a veces se elevaba sobre el rumiar de los motores eléctricos. Ahora sí que reconocí nada más entrar  a varios compañeros de curso. Me acerqué al que estaba más cerca de la puerta y le pregunté por el profesor. Me señaló a un hombre más joven que el anterior, que estaba sin bata ni ningún distintivo, ante una máquina alta, enseñándole el manejo a un chico mayor: “Ése es, se llama Don J.

Me acerqué y le expliqué el motivo de mi visita. “¿Quién dices que te ha mandado?” me repitió porque el ruido de las máquinas cercanas hacían difícil la audición (además de que yo, asustado, apenas musitaba). Con su autorización me acerqué a Manuel H.G., nuestro delegado y le pedí la lista. “La tengo en esa taquilla”, me dijo y nos acercamos a ella, saludando a algunos compañeros de curso, que andaban descifrando los secretos de las máquinas ante las que estaban. Tras entregármela, me dijo “A partir de ahora, tú te encargas de coger la lista de los Delineantes, vale?”.  Asentí y tras echar una amplia ojeada al taller, lleno de máquinas enormes y ruidosas, la mayoría de color verde o gris, salí hacia mi taller, para continuar una jornada que había empezado un poco confusa.

(Continuará…)

N.B. La descripción de cada imagen aparece al pasar el cursor sobre la misma.

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