¡Esas manos!, 2

Pre‒Texto

[El 17 de marzo pasado, cuando aún no éramos plenamente conscientes de lo que nos caía encima, publiqué en esta web un escrito titulado Las Manos en la Hominización, 1, que mereció la visita, entera o parcial de unos cincuenta lectores; muy pocos en comparación con otros articuletes que he publicado, relacionados de alguna forma con la pandemia que nos acosa; un tema de mayor actualidad, evidentemente.


Quizá fuera pretencioso por mi parte ir contando de forma gradual cómo la complejidad de nuestras manos induce la complejidad de nuestro cerebro. Y lo digo mayormente porque yo no soy ni antropólogo ni biólogo evolutivo; tan solo me acuerdo aún de algo, poco, de Anatomía y Neurociencia. Pretendía resaltar la importancia de las manos y del trabajo manual no solamente en la evolución de los seres humanos, sino también en la adquisición de valores culturales y materiales que son la base del bienestar en las sociedades modernas. Voy a seguir con esta serie, que constará de tres o cuatro entregas, confesando ya cuáles son mis intenciones por ver si así, estos escritos fueran de más interés:


Quiero mostrar que la falta de destreza manual en la sociedad española, el no haber desarrollado o continuado valores artesanos e industriales a la par que otros países europeos occidentales, ha sido una causa mayor de la decadencia de este país a partir del s. XVII. Pretendo mostrar también que ese defecto de manualidad es responsable de la postración y retardo de la sociedad andaluza en particular, y explica hechos como que los escolares andaluces estén entre los peores de Europa según revela cada informe Pisa que se publica. Pretendo, por último, mostrar que las labores manuales de la mujer española, de mayor complejidad que las del hombre, le han conferido un mayor desarrollo cerebral para muchas habilidades, aunque por su situación de sumisión y maternidad, no ha podido hasta ahora desarrollar y demostrar en toda su amplitud].

En el capítulo XXI de la segunda parte del Ingenioso Hidalgo…, Basilio finge su suicidio ante su amada Quiteria, a punto de ser desposada por el rico Camacho. Desesperado, se clava un puñal y sangra abundantemente. Ante esta situación tan extrema, Quiteria accede a casarse con Basilio in articulo mortis. Una vez casados, Basilio se arranca el puñal y se levanta más fresco que una lechuga (fresca). «¡Milagro, milagro!» grita la concurrencia. «No milagro, milagro —desmiente Basilio—, sino industria, industria». Basilio se había adosado un artilugio (una caña o bolsa) lleno de sangre de oveja y así fingió su auto-apuñalamiento con abundante sangrado. Basilio ¿qué duda cabe? era un hombre mañoso, industrioso.

Industria, del Latín industria (indu+struo), envolvía en su origen y hasta hace poco más conceptos que ahora. Significaba también aplicación, laboriosidad, maña e ingenio, pero quedémonos con el significado actual: Industria es el proceso por el cual una materia prima (o cruda –raw, rohe, como diría un inglés o un alemán) es elaborada y transformada en un producto útil. En las diversas partes del proceso están implicadas, directa o indirectamente, las manos de unos operarios. En muchas casos, la implementación de alguno o todos los pasos de este proceso requiere largos años de estudio y entrenamiento para adquirir la destreza manual necesaria.


Un buen día de los años cincuenta, cuando un servidor estudiaba la primaria, nos comunicaron una gran noticia: Nos iban a dar leche americana en la escuela; un vaso por niño cada mañana. La leche, junto con el queso cheddar‒like y la mantequilla, fue una propinilla americana que el régimen franquista obtuvo por enajenar territorio nacional para bases militares (“de utilización conjunta”, eso sí) a cambio de ser reconocido, el régimen, por los EEUU, según los acuerdos hispano-norteamericanos de 1953. Como no era cosa de llevar un vaso de cristal, que un niño rompería enseguida, y como apenas había disponibilidad de vasos de plástico en aquellos tiempos, nuestras madres recurrieron a la industria del Chapas, el hojalatero del pueblo (La Puerta de Segura, Jaén, ca. 1954). Cogía el Chapas una lata vacía y limpia de leche condensada La Lechera, le remataba los bordes con un martillete, cortaba la tapa para hacer el asa que soldaba al bote con estaño y, en un pis pas, ya tenía un jarrito para que mis compañeros degustaran el delicioso producto de las vacas de Nebraska. Pasé muchas horas viendo al Chapas transformar una lata en un jarrito o en otros cacharros, o al alpargatero Aniceto fabricar unas alpargatas a partir de un rollo de cáñamo, o al carpintero David hacer una ventana procesando unos troncos de madera… «¡industria, industria!».

La primera industria
Todo indica que un linaje de primates derivó en otro de homínidos cuando se irguieron, liberaron sus manos, aprendieron y físicamente pudieron agarrar una piedra con una mano y ejercer con ella movimientos de muñeca, fuera para arrojarla con precisión o asir un palo y dar golpes de martillo con él. Con estos dos movimientos de la mano (en realidad complejos porque implican varias articulaciones y grupos musculares) se puede desarrollar la primera industria que concibió el ser humano, la industria lítica. Recapitulando, para tallar un hacha, un bifaz, son necesarias dos cualidades en la mano; una, poder agarrar con fuerza el trozo de piedra, para lo que se necesita un pulgar largo y oponible y, la otra, tener una muñeca que permita los movimientos de aducción y abducción (ver figura),

(Abducción = separación de una parte de un miembro de la línea media del cuerpo: Aducción = acercamiento de esa parte a la línea media del cuerpo; el dibujo presenta la parte ventral de antebrazo y la palma de la mano)

como ya expuse en la primera entrega. La movilidad de la muñeca de un simio es menor que la humana; estos animales necesitan un articulación más estable y, consecuentemente, menos móvil, porque se apoyan en los nudillos de las manos para desplazarse.

A partir de un trozo de piedra, de una piedra escogida y apropiada, el hombre se construyó un instrumento que lo mismo servía para despellejar un animal, cortar su carne o rebanarle la yugular al enemigo (R.W. Young en https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC1571064/).

La hipótesis de que el tallado de piedras influyó poderosamente en el desarrollo cerebral hasta hacer lo que somos hoy día no es nueva, de hace unos 70 años, y desde entonces ha pasado por periodos alternativos de aceptación y rechazo. Tallar bifaces es un proceso que lleva mucho tiempo aprender. Dietrich Stout, de la Universidad Emory, Atlanta, EEUU, viene publicando en los últimos veinticinco años numerosos artículos que muestran el papel de la construcción y uso de utensilios en el desarrollo cerebral humano, incluyendo la adquisición del lenguaje (un resumen de su trabajo se puede encontrar en Investigación y Ciencia, junio 2016, pp. 30-35, no hay enlace gratis, pero se encuentra en bibliotecas públicas). En el laboratorio del Dr. Stout hay un taller donde los estudiantes aprenden a tallar instrumentos líticos al tiempo que su cerebro es estudiado (por resonancia magnética nuclear, tomografía de emisión de positrones que percibe incrementos de actividad metabólica en distintas partes del cerebro, o ITD, imagen por tensor de difusión, para ver la actividad de la sustancia blanca) con el fin de detectar posibles cambios estructurales y funcionales que supongan un remodelamiento del cerebro. Y no es fácil tallar, por ejemplo, un hacha (lleva aprenderlo con alguna soltura unas 300 horas aprox.); requiere de conocimiento de las líneas de fractura de la piedra seleccionada para soltar una lasca afilada, de unos movimientos de la mano muy precisos y de una modulación de la fuerza que se ejerce. Cuanto más compleja sea la bifaz a tallar, desde las de la cultura olduvayense (piedra tallada) hasta la acheulense (piedra pulimentada), más estructuras cerebrales están implicadas.

La paleoantropología experimental no es una ciencia exacta. La implicación de un área cerebral en un cometido manual no es una prueba de que, hace millones de años, ese cometido manual indujera la formación ex novo de esa área cerebral, pero sí le da un sentido; es decir, si la aparición de una estructura cerebral surgió mediante el azar, su dedicación a una función nueva la salvó de ser eliminada por la evolución (necesidad).  Después de todo, el azar y la necesidad es la base de la evolución.

El hombre es un animal social que tiende a copiarlo e imitarlo todo. Una vez aprendida la fabricación de un bifaz, el hombre puede enseñarla a otros y para ello se necesita desarrollar un lenguaje de cierta complejidad. De hecho, ciertas estructuras cerebrales son responsables simultáneamente de habilidades lingüísticas y manuales. No era trivial la fabricación de una bifaz; de hecho su disponibilidad, el poder despiezar a un animal cazado, era estrictamente necesaria para la sobrevivencia de la tribu.

Lo descrito anteriormente no es sino un destilado ínfimo de los centenares de publicaciones aparecidas en los últimos veinticinco años. Otros trabajos, como los del Prof. Almécija (un prestigioso paleo-antropólogo catalán que trabaja en la Universidad de Washington) no encuentran relación temporal entre el desarrollo de la mano “moderna” con pulgar largo (hace 6 millones de años en homínidos) y la industria lítica (que se demoró hasta hace 3 millones).

De cualquier forma el peso de las manos en la función cerebral es considerable. La figura adjunta, una parte del homúnculo de Penfield, muestra la gran superficie de la corteza cerebral motora y la corteza sensorial  dedicada a las manos.

(Esquema de dos secciones frontales del cerebro a los niveles de la corteza sensorial y motora. En ambos se puede ver, en términos relativos, la extensión –número de neuronas- dedicada a cada parte del organismo)

El trabajo manual, artesanía e industria, junto con las condiciones sociales necesarias para permitir la innovación, y no anclarse en la mera repetición, y la aceptación (social) de la innovación (un ambiente receptivo, incluso demandante), han sido los motores del desarrollo de los pueblos. Su carencia fue la causa principal del atraso y subdesarrollo de los españoles, como intentaré mostrar en la próxima entrega.

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *