Mascarotes

MASCAROTES

La máscara, la mascarilla.

Un día me crucé con un moreno que el hombre no iba demasiado equilibrado, ni anímicamente ni físicamente. Llevaba el pobre una litrona en la mano, a medio tomar (eran las nueve de la mañana) y al cruzarse me largó algo que empezaba con la palabra “mascarilla” y no sé qué más según su idioma pero que me sonó a que el tema no le era especialmente querido; desde luego él no llevaba ninguna ni puesta ni atada al brazo (como es norma moderna) y yo la llevaba puesta. Bueno, seguí y siguió su camino, alejándonos.

No me extrañaba que no le gustasen las mascarillas, y es que a mí tampoco me entusiasman. Primeramente que me agobia el llevarla, máxime si mi caminata o sesión es algo larga; ya carga y pareciera que te va cortando el aporte de aire (y es que en verdad te lo acorta y restringe). Luego el calor que produce, por fina y ligera que sea, aumentando la sensación claustrofóbica.

Está el hecho cierto de que nos quedamos sin cara, que nos falta media faz que nos identifica ante los demás. Si miramos algunos de los cuadros de los clásicos nuestros observaremos que en los retratos de personas (varones) las caras generalmente son coloradas o muy morenas, pero arriba de los ojos su color es blanco, una especie de antifaz natural porque ellos siempre iban cubiertos y en la cabeza no les daba el sol; bicolores sus rostros. Ya escribí que en ciertos casos, el de las mujeres, se potencia la imaginación y el misterio (coránicos) ante la mera muestra de sus ojos, pero no es este el caso genérico, claro ¿qué dicen mis ojos detrás de unas grandes gafas ahumadas?, ¡nada bueno!

Así que vamos encontrándonos medias caras a las que a veces podemos identificar trayendo a nuestra memoria la parte oculta y completándolas. Entonces saludamos y nuestros ojos denotan ese reconocimiento. A la vez nuestra voz, filtrada a través del tejido, trata de llegar al otro o a los otros, algo opaca pero de modo reconocible. La mascarilla entonces aparenta ser un corazón con su latido y todo; es nuestro corazón visible.

Se decidió la utilización de la mascarilla de forma obligatoria y permanente en el supuesto de que se podría cortar la transmisión de la pandemia o al menos amortiguar su progreso. Según mi entender no fue ni una medida gratuita ni coactiva ni dictatorial; fue una medida profiláctica. La vemos pues por las calles y plazas, en parques, en playas, en establecimientos públicos de comercio o de ocio… Donde podría desaparecer es en nuestros propios domicilios, ya en la intimidad de las casas y en el entorno más familiar. Es un consuelo al menos.

Pero hay quienes hacen caso omiso de la orden. Prescinden de la utilización de la mascarilla en general porque no les da la gana ponérsela. Luego vengan interpretaciones, argumentos y cuerpos doctrinales que van desde lo esotérico a lo político. Nos manipulan sujetos y fuerzas poderosas que así, sutil o no tan sutilmente, se apoderarán de nuestras mentes y cuerpos (la invasión de los ultracuerpos, película premonitotia), ya me imagino cual mosca en tela de araña que me va chupando mi todo hasta dejarme seco (y muerto, claro); proclamas libertarias de chichinabo, de una individualidad absolutamente egoísta que prefiere el mal de muchos antes que mi cesión. ¡Libertad, libertad!, gritaban esperpénticamente unos a los que sin embargo les vendría de perlas que un general bragado nos pusiese uno a uno las mascarillas, por cojones.

Luego está el llamado colectivo joven, afines al hedonismo más desenfrenado (¡quien me oiría decir esto, cual cardenal Cañizares!), a la creencia de la inmunidad por su mera juventud y a traspasar las normas por el hecho de que son normas. Se le ha demonizado bastante ya y no añadiré nada más, solo la consideración, como ante los anteriores, de que no está solos en este mundo y que deberían tenerlo en cuenta.

Me viene a la memoria la fila de penitentes procesionarios de nuestras semanas santas. En general van también enmascarados y deben padecer algunos de los síntomas mencionados arriba; al menos tienen más posibilidad de entrada de aire por debajo de la capucha, aunque también las telas son más recias. Como yo no he tenido nunca esa experiencia no puedo afirmar nada (ni negar), mas me lo imagino. Pero esas máscaras, que no mascarillas, se adoptan voluntariamente y conllevan esa nota penitencial y además una vez terminada la sesión generalmente ya no vuelve uno a ponérselas hasta el año siguiente.

Los enmascarados tradicionales para nosotros eran los ladrones o valientes vengadores de la plebe (por ejemplo el Zorro) y los asimilábamos a esos papeles. Los dibujos clásicos de tebeos siempre pintaban al ladrón con antifaz, o máscara; de acuerdo, un antifaz no es una máscara, precisamente es al revés que las que utilizamos. El antifaz tapa los ojos y deja lo demás al descubierto, la mascarilla deja los ojos al descubierto y tapa lo demás. Juego de máscaras a la inversa.

También el uso del pasamontañas era y es un método de esconderse. Es la ocultación total del rostro, da la cabeza. Ni el pelo debiera ser reconocido. Además no se cae en el momento más inoportuno. La serie de películas de Fantomas, francesa de mis tiempos, mostraba al escurridizo delincuente con un antifaz total verdoso ajustado a la cara.  Ahora y en estos tiempos de confusión y espanto los policías también llevan pasamontañas (cosa impensable antaño) y uno queda pasmado porque en apariencia ya no se distingue el criminal de su captor.

Y son ciertamente tiempos de confusión, que entre unos y otros nos marean las cabezas sin que ya lleguemos a delimitar la verdad de la mentira, lo cierto de lo manipulado, lo conveniente de lo necesario. En lo tocante a la pandemia negra esta que nos inunda hasta en la cuestión de las posibles vacunas (tan necesarias) la información y desinformación es tremenda, cuando no debiera ser así (¿volverán los tiempos del  contrabando de penicilina?); los remedios que no lo son o solo a medias, los efectos del virus que se pueden dar o no o también, las infecciones y las muertes tan indeterminadas y manipuladas… En realidad máscaras que enmascaran la realidad que o se nos oculta o se nos muestra a dosis, para que no nos asustemos. La máscara roja, otro argumento de Poe, maestro del terror. Y ya puestos los signos inequívocos del Apocalipsis, o al menos actualización de las plagas bíblicas (y encima por acá la del mosquito del Nilo, ¿no es evidente?); por nuestros males y pecados caen los incrédulos y los crédulos que así son probados.

Bien, portemos la mascarilla, acostumbrémonos a llevarla en esta nueva normalidad que es realmente así porque iremos considerando normal lo que antes era accidental y circunstancial. Mejor irlo admitiendo por las buenas y por las buenas considerándolo como cosa buena y ordenada por nuestro bien y el de los demás, porque si no…

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