AUTONO…SUYA

Las autonomías…, ¡qué invento!

En el denostado o bendecido régimen del 78 (según quienes lo contemplen) hubo aciertos y errores, como todo lo que se levanta de nuevo sobre cimientos viejos y tal vez tocados ya de ruina. El edificio se resentirá o habrá que repararlo si no se quiere ir a daños mayores. Es normal.

Una de las cosas que se intentaron abordar sin llegar a diseños claros y definitivos fue la cuestión autonómica. Estaba forzada por algo que nacía viciado, el concepto de “diferencia” de unos territorios frente a otros.  Fíjense que este es un concepto excluyente, xenófobo y racista; la pretensión justificada por argumentaciones historicistas más que históricas y nacionalistas más que culturales de las diferencias existentes entre unos y otros españoles según su pertenencia (nacimiento más bien) a unos territorios u otros. Y como tales diferencias así se clasifica al ciudadano nacido en el territorio llamado España, según sea pues de primera clase y pedigrí exclusivo o de segunda, de tercera… Al fin y al cabo la consideración secular que se tenía según la pertenencia a ciertas clases sociales, muy explícita.

Como los elegidos por su dios se consideraban superiores debían tener trato superior y diferenciado. Y los del 78 apañaron una Constitución que los consagraba como tales, para que dejasen hacer lo demás, y los otros que pertenecían a clases inferiores intentaron al menos que se llegase a lo que se denominó “el café para todos”, aunque nunca fuese así. Y surgieron los reinos de taifas.

Algunos ingenuos (reconozco que yo estaba entre ellos) creyó que el sistema podía ser bueno. Pensábamos que cierta descentralización era más que necesaria para la eficiencia de nuestra gobernanza; pues si había asuntos que solo pertenecían al ámbito regional sin afectar a los demás ¿a qué tener que pasarlo todo por el embudo de Madrid? Se podían y debían gestionar los asuntos regionales en la propia región. Para ello debían existir esas administraciones regionales exclusivas (llamándoseles como se les llamase).

No contemplábamos que ya desde su andadura los políticos concibiesen el diseño como una oportunidad de crear nichos de poder partidista y hasta personal; que antes que la eficacia se pensase en la rentabilidad política, que se estructurase al modo de reinos de taifas de los que sacar réditos. La eficacia administrativa se vio entorpecida de inmediato, uno porque ahora los asuntos tenían que pasar no por un embudo sino por dos y dos porque se entorpecían y ralentizaban unas burocracias a otras, fuesen entre autonomías o entre autonomías y el Estado.

Se crearon estructuras paralelas, enfrentadas, discordantes y el ciudadano se encontró liado en ese laberinto del que había que ser muy hábil para salir con suerte. Tal que lo que en un lado era blanco en otro era negro y lo que valía un ducado en el otro lado era simple calderilla. Y la desigualdad entre ciudadanos se hizo más evidente, entre los mismos pobres ante sí y los otros ricos, llegándose al colmo de según donde uno quisiese trabajar debería dominar ciertas lenguas y sin embargo otro tuviese paso franco en los demás territorios estatales.

Que estas disfunciones han sido denunciadas por activa y pasiva, por quienes nunca quisieron tal estado autonómico y los que desearían funcionase con más lógica y sobre todo funcionalidad y eficacia, por los que creyeron, como yo, que se podría haber desarrollado de otra forma. Fíjense si el sistema todavía está en precario (y por lo tanto puede ser reformado) que algo como la Cámara Territorial por excelencia que debiera ser el Senado nunca desarrolló esa función abiertamente. Incluso esa necesaria y obligada Conferencia de Presidentes, que debió ser establecida y convocada con regularidad desde el principio al menos anualmente cuando se hace (como ahora) suena a oportunismo de quien la convoca y además  ya hay presidentes (los que cuidan de su exclusividad) que no consideran su obligación el compartirla.

Las disfunciones han ido siendo palpables, pero hemos llegado a la situación concreta y actual que ha demostrado que el modelo y el sistema no es viable; al menos parcialmente. Cuando el tema de la pandemia nos alcanzó y el gobierno central, que no otros autonómicos, decidió intervenir en todo el territorio nacional los reproches con matiz político fueron a más, las advertencias con matiz de derechos regionales supuestamente establecidos pero conculcados por el centralismo subieron de tono, el galimatías jurídico alcanzaba ya cotas constitucionales, las acciones parciales y a la buena de dios adoptadas por los gobiernos regionales frente a los demás y al Estado para muestrario de disparates… En fin, que cada reino de taifa optó por ir casi por libre (si acertaba era su logro, si se equivocaba era culpa del gobierno central) a despecho de la cooperación más que necesaria que debían haber establecido todos a una y con igualdad de criterios.

El intento de las videoconferencias del Presidente del Gobierno con los otros fue tardío, por lo especial y desacostumbrado, y más de cara a la galería, al personal que se encontraba casi solo y desamparado.

Claro que ha habido y hay otras cuestiones que demuestran lo absurdo del sistema, tal como va. Pero este de la pandemia ha demostrado a las claras su ineficacia y el peligro inmenso en el que nos encontramos los ciudadanos de a pie.

Cuando el emérito rey decide (o le deciden) marcharse de España, por las razones sabidas y las que no se saben todavía, saltan los necios de siempre, profetas del divide y vencerás y del nosotros primero como algo deseable, para proclamar las bondades de un sistema político nuevo que es muy viejo, el republicano (bálsamo de Fierabrás), aderezado con el retorno a lo que con evidencia es desastroso que es el desmembramiento en taifas cada vez más dispersas (y la ley y la explotación de las más fuertes sobre las más débiles, como siempre ha sido), a despecho de que ni eso es política de igualdad territorial ni ciudadana ni eso conllevaría mayor poder e influencia frente a terceros países. Estos necios de mesa camilla fraternal y biblia laica sacrosanta no tienen ni idea real del precio que ya se ha pagado y que puede seguirse pagando si no se le da una vuelta, se limpia y se rejuvenece eliminando las adherencias que se lo están comiendo, todo el sistema del diseño autonómico y de su desarrollo.

Y dejémonos de esos “derechos” que por ser quienes son, tufo añejo de xenofobia, exhiben los que de su supuesta identidad hacen bandera de separación de los demás (que no se los merecen, ciertamente).

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