Recuerdos de la SAFA – 11: La cena y el rezo

Recuerdos de un safista – 11: La cena y el rezo

Tras todo un día de clases, estudios y muchas novedades para unos  niños que era la primera vez que salíamos de casa, la jornada escolar había llegado a su fin. Guardamos nuestras escasas cosas en el cajón que había debajo del tablero de nuestros pupitres, que se levantaba con un gozne algo chirriante, y nos pusimos de pie. A la voz del Hermano P. formamos la fila y salimos al pasillo. Ya no quedaba en el edificio ningún curso superior a nosotros, por lo que no tuvimos que ceder el paso a otro grupo y nos dirigimos al comedor. Volvimos a hacer el mismo recorrido que a mediodía, saliendo al distribuidor del edificio de clases, bajando a la planta inferior y siguiendo un largo pasillo sin ventanas hasta enfilar el pasillo alicatado en amarillo ocre de los comedores.

Ya habíamos aprendido el ritual, así que esperamos nuestro turno tras los cursos superiores, llegamos al mostrador del autoservicio y cogimos las bandejas. De unos recipientes cúbicos encastrados en el mostrador se elevaban columnas de vapor. A ver qué tenemos hoy. De primero, sopa. Bueno, sopa o algo que se le parecía, un líquido claro, levemente grasiento, de color amarillo pálido, pero eso sí, calentito. De segundo, una pieza de pescado frito más frío que el pie de un muerto y unas hojas de lechuga. Y la sempiterna naranja. El pan estaba más duro que a mediodía, pero por si acaso casi todo el mundo cogía dos trozos, que en esto no te ponían límites.

En la mesa comunal, en silencio, nos mirábamos unos a otros tratando de transmitir algo de lo mucho que habíamos experimentado hoy. Y nos dimos cuenta de algo que se nos había pasado por alto a mediodía: en la parte más alejada de nosotros, al otro lado de las columnas de la entrada, donde se sentaban los mayores, se oía el rumor de conversaciones. O sea, que aunque en voz baja, se les permitía hablar. Lo curioso es que ni por lo más remoto se nos pasó considerar eso como una injusticia o una discriminación, tal era el grado de sumisión de que hacíamos gala. Si así era, es porque así debía ser. Y punto.

Tampoco se alargó mucho la cena. De hecho, cuando nosotros estábamos atacando el segundo plato, los mayores, los de la Primera División, que habían entrado los primeros, recibieron autorización para levantarse, lo que hicieron saliendo sin tener que guardar fila. Qué envidia… algún día seríamos así, los mayores del Colegio y podríamos hacer todo lo que ahora les envidiábamos.

A la salida, en vez de ir hacia el dormitorio, nos desviaron a la derecha, al pasillo por el que habíamos venido y vimos que en un ángulo, tras una puerta con un enrejado artístico, había una habitación no demasiado grande donde brillaban unas luces tenues. Ya se veían otros alumnos dentro. Entramos y comprobamos que era una capilla, sin ventanas, con un altar muy simple, presidido por un crucifijo de forja (¿Tiznajo?), con una serie de bancos corridos de madera. Nos ordenaron arrodillarnos y el Hermano P. inició el rezo de un Padrenuestro, seguido de varias Avemarías. Sólo duró breves minutos, y al terminar nos dijo que la oración era por el éxito de unas gestiones que un tal Padre Ciganda estaba haciendo en Madrid. No hubo muchas más explicaciones. Esperamos que saliesen los demás grupo, hicimos la fila y salimos hacia el dormitorio.

Recuerdo que casi al final de curso nos reunieron a todos los alumnos en la Iglesia principal, a rezar para que el susodicho Padre Ciganda consiguiese del Caudillo un montón de dinero para las necesidades de la escuela, y que podría tener éxito porque era amigo de un ministro de Gobernación y había tenido una audiencia con la Señora (la Señora, luego lo supimos, era Carmen Polo, la esposa de Franco, que tenía mando en plaza para según qué cosas…), pero que para asegurarlo era indispensable la oración de todos. Y no una oración cualquiera, no, sino un rosario tras otro. Los más pequeños nos caíamos literalmente de sueño, y más de uno se derrumbó en el banco de la iglesia tras tan larga sesión de rezos. Y lo malo es al día siguiente nos dijeron que la entrevista no se había podido llevar a cabo porque el Caudillo se había marchado a no sé donde, a inaugurar un pantano, y que se aplazaba hasta el día siguiente. Conclusión: otra noche de vigilia y rezos.

Tras el rezo en la capilla, subida a los dormitorios. Cada cual a su cama, a organizarse la noche. Podíamos ir a los servicios colectivos que había junto a la entrada del dormitorio corrido, pero sin entretenerte mucho, porque eran sólo cuatro cubículos para más de cincuenta niños con las vejigas y las tripas llenas, y el que esperaba detrás te metía prisa.

Desvestirse, ponerse el pijama, meterse entre las sábanas, mirar con ojos abiertos el trajín. Algunos van y vienen, otros rebuscan en la maleta o en el cajón de la silla que hacía de mesilla de noche. Al poco, el Hermano P. avisa: “En silencio, se van a apagar las luces.”

Con la luz apagada se veía la figura negra del cura, paseando entre las hileras de camas, y todos tratábamos de dormir (o hacíamos como que dormíamos). Al poco, el cura se marchó, y se oyeron algunas voces bisbiseadas, conversaciones en voz muy baja, y algún que otro sollozo contenido.

En ese momento a cada uno se le pasa por delante todo lo que ha vivido en apenas dos días, desde que cada cual salió de su casa ayer muy temprano. Y no puedo por menos que recordar lo que había sido la hasta entonces vida normal. En particular, recordaba a los amigos que había dejado atrás, los juegos que practicábamos con entusiasmo, que en más de una ocasión traían como consecuencia un chichón o un pelado de rodillas.

Yo no estaba especialmente dotado para los ejercicios de fuerza, por lo que siempre me reservaban un papel más secundario: en los partidillos de fútbol en el llano de la Encina Seca me ponían de portero, en el “burro” me tocaba de primer agachado, en las carreras por los Riscales me quedaba atrás. A cambio, les ganaba con el juego de “bolinches” (o «canicas”) o con el “pincho”. Ninguno de nuestros juegos tenía más complicación que la que la imaginación generase, y los instrumentos no podían ser más sencillos: un palo, una cuerda, unas ramas de adelfas, una laja redondeada, un trozo de puntal metálico de las minas o una lima sin mango, y cuando los hados eran favorables, una pelota de badana, recosida y parcheada, que era lo más cerca que estaríamos de un balón de fútbol de cuero de verdad.

En nuestras correrías por los alrededores del pueblo, tenía una atracción morbosa el cercano cauce del río Tinto, con sus aguas rojas y los depósitos amarillos en sus márgenes. Y en especial nos encantaba ir justo a donde nuestros mayores nos prohibían hacerlo: el embalse de Las Marismillas, un dique de acopio de agua para el lavado de minerales en las cercanas balsas de la zona de Zarandas.

El riesgo, que había costado más de un disgusto y hasta el luto para alguna familia, eran los lodos acumulados por decenas de años de sedimentación sin la más mínima técnica de gestión acorde a la imprescindible precaución con tales materiales. Y más de uno sufrimos el tremendo susto de notar que el suelo, una corteza rojiza aparentemente seca y rígida, se quebraba bajo nuestro peso y nos hundíamos en un barro viscoso que tiraba de nosotros hacia abajo, y del que salíamos gracias a la ayuda de nuestros compañeros de correrías, que con sus cinturones fabricaban en segundos una cuerda de la que varios brazos juveniles tiraban del infeliz que había cometido el tropiezo. Y cuando apenas nos habíamos repuesto del tremendo susto, venía el miedo: “ahora ¿qué digo yo en mi casa?”, porque otra consecuencia era que estos lodos eran ácidos, pues el mineral con el que se trabajaban eran las calcopiritas (sulfuros de cobre de baja densidad), de las que el azufre apenas se trataba como producto secundario, pero que acidificaba las aguas que se usaban en el proceso de precipitado del cobre. En resumen: un baño en estas aguas significaba que ya podías ir tirando la prenda de ropa que se mojase, porque su decoloración era segura.

Cuando venían inviernos lluviosos, la cuenca del río Tinto, aún siendo pequeña (nacía en el Cerro de San Cristóbal, aunque otros decían que su nacimiento real era en el Cerro del Padre Caro, debate estéril, pues ambos están uno junto al otro), recogía abundante agua que hacía que el cauce de las Marismillas se desbordase y la presa evacuase agua por los rebosaderos superiores (el desagüe a pie de presa hacía muchos años que no funcionaba, pues estaba absolutamente obturado por los sedimentos de mineral, fruto del nulo mantenimiento), un espectáculo que los niños no estábamos dispuestos a perdernos, incluso saltándonos la sencilla valla que cerraba el acceso a los aliviaderos y que años después fue rota y nunca más se reparó.

La cascada saltaba al pie, se despeñaba entre rocas formando una espuma blancoamarillenta y engrandecía el cauce, que giraba a la izquierda en la zona de la estación del ferrocarril minero y lo bordeaba en una serie de meandros producidos por las enormes acumulaciones de derrubios mineros, de colores que iban del amarillo azufroso al negro grisáceo de las coladas de piritas de hierro, aunque el color dominante seguía siendo el rojizo, en todas sus tonalidades. Y era sorprendente cómo en la orilla opuesta, donde no había actividad minera, los bosques de pinos carrascos y piñoneros llegaban hasta el curso fluvial.

(Continuará…)
N.B. La descripción de cada imagen aparece al pasar el cursor sobre ella.

Un comentario en “Recuerdos de la SAFA – 11: La cena y el rezo”

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *