Vicisitudes de la vejez, 19

Menos mal que me encuentro fuera del foco infernal de infección de la Covid-19 de mi antigua residencia de ancianos, en donde han vuelto a confinar a sus internos, en un acto más de cebamiento hacia los sufridos ancianos o viejos de nuestra generación. Esta segunda oleada de coronavirus en España me ha pillado en mi propia casa, haciéndome temblar nada más pensar que otra vez me tendrían confinada y sin salir de mi habitación, sin visitas familiares ni amigables de ningún tipo, en aras de las normas y protocolos inventados por los mandamases o jefecillos de turno que poco saben de lo que una mujer mayor siente y padece en estas situaciones límite.


Por eso, muchas veces pienso: «¿Cómo es posible que determinados políticos no sepan ni llevar su casa ni hacienda decentemente y se metan a dirigir las de los demás con la ayuda de un turbión de asesores que le den y complementen toda la formación y sensibilidad que ellos no tienen ni saben/pueden ofrecer?».

En tiempos de pandemia observo cómo ciertos políticos y mandamases (explícitos u ocultos) de turno se erigen en señores feudales de los ciudadanos, que más parecemos siervos de la gleba, con el bozal puesto todo el día y acatando mil y una normas cambiantes, ya que toman ciertas medidas coercitivas que socaban la libertad individual, siempre en pro -argumentan ellos- del bien común; aunque se les vea el plumero y lo que vayan buscando subrepticia o abiertamente sea su mantenimiento en la casta del poder a la que pertenecen y que les da vida, fama, dinero y prosperidad momentáneos.
En fin, después de este excurso o digresión que viene como anillo al dedo de lo mucho que estamos padeciendo todos, vamos a lo que vamos: mis propias batallitas vividas hace tantos años, como madre y paridora que nunca se me han de olvidar mientras viva.
Como todo ser humano tropieza -una y otra vez- en la misma piedra, a mí me volvió a pasar con mi segundo parto.
Yo había oído que éste siempre era más sencillo y rápido y que dabas a luz casi sin enterarte, pero mira por Dios, que para mí no fue así. Lo cuento detalladamente.
Resulta que me quedé embarazada de mi segunda hija, aunque no lo supe que era niña hasta el momento de dar a luz, pues entonces solamente existían tus propias intuiciones femeninas y algunos bulos al respecto, ya que no existían las ecografías, análisis de sangre ex profeso y otros artilugios o inventos de los que hoy disfrutan (o padecen) las nuevas mamás que les dicen ya -casi en el momento de la concepción- el sexo de lo que se ha concebido; y la verdad es que este segundo período no me fue tan duro y nauseabundo (lo digo por la ausencia de náuseas continuadas) como con el embarazo de mi primera hija; sino que, por el contrario, me encontraba muy bien durante todo el embarazo; tanto que -al principio- hasta creía que no estaba preñada (que era como realmente se decía en aquel tiempo, sin haber cogido la connotación negativa que hoy tiene), de lo bien que me encontraba; hasta que me faltó la regla y empezó a abultárseme el vientre y ya todo lo delató.
Pensé que no me podía ni debía ocurrir como en el primer parto; por eso, estuve atenta y, aunque entonces no se llevaba eso de ir todos los meses a que te auscultase el ginecólogo, pues era un lujo, puesto que estos profesionales sanitarios solamente existían en las capitales o ciudades grandes y las familias pobres no podíamos aspirar a ello; por eso, nos conformábamos con una matrona apañá. Así lo hicieron mis hijas con sus respectivos embarazos; aún más, mis queridas nietas. Por lo que anduve lista en la alimentación y en el desarrollo del trabajo en casa (en la medida que se podía y con los escasos medios económicos de que disponíamos) para que no se me provocase ningún aborto ni nada que se le pareciese. Quería parir a mi segunda hija sana y salva, y sin complicaciones añadidas.
Yo, tan confiada en que todo iba a salir bien, rompí aguas, y me fui a misa a pedirle al Señor que todo me fuese bien. ¡Por qué haría yo eso?, puesto que cuando se me presento el momento del parto no había liquido que lubricara la salida de mi segunda hija y la tuve estando el canal seco, con el agravante de que, viendo la complicación que traía ese parto, hubieron de avisar a un ginecólogo de urgencia, ya que mi niña tardaba en salir, por lo que hubieron de sacármela con fórceps, abriéndome el canal del parto con cucharas, con unos dolores intensos e indescriptibles que hasta ahora mismo, cuando lo cuento, todavía parece que lo estoy padeciendo y reviviendo intensamente.
Menos mal que al final todo salió bien (yo era joven, sana y fuerte); por lo que mi segunda hija fue normal, también muy guapa, como la primera, aunque se pareciese en demasía a mi marido y su familia, tanto que pensé que yo no hubiese puesto casi nada en ella. ¡Qué desagradecida es la naturaleza!; pero como a todo hay que hacerse en la vida y, además, era mi hija, la quise desde el momento en que la vi; y la querré siempre, fuera cual fuese su parecido y/o comportamiento a lo largo de su vida. ¡En un buen y amplio corazón de madre cabe todo!
Me preocupaba de veras pensar que al tener dos hijas yo le había transmitido el testigo de parir por naturaleza, con lo bonito, pero -a la vez- peligroso, que todo este proceso conlleva, y que pasarían tanto o más que yo para traer a mis nietos a este mundo.
Aunque mi madre, nada más nacer mi segunda hija me dijo, toda convencida: «¡Que suerte has tenido, hija, ya tendrás dos casas en la vejez en las que podrás refugiarte con tus hijas y tener una vejez feliz y dichosa!». Luego, la vida me demostraría algo diferente, pues una vez que se casan los hijos (o hijas), nuestra casa madre siempre está abierta para ellos, pero las suyas para sus padres ya es otro cantar, pues allí ya hay otra persona de por medio que no es de nuestra sangre y que si no es buena gente te puede complicar la vida en tu último estadio de existencia.
Mi primera hija quedó enfadada conmigo, durante unos días, puesto que ella quería que hubiera sido hermanito y como yo no le di en medio del gusto, así me lo pagó: no hablándome, durante un tiempo. Cosas de cría, que en el devenir del tiempo quedaron como anecdóticas y propias de errores perdonables de la infancia, por la que todos (o casi) hemos transitado y errado.
Espero no haberte aburrido, afable lector, con mis cuitas de mujer mayor que cuenta -una y otra vez- sus partos tan preciados. ¡Compréndeme y perdóname, pues son “mi tesoro (más querido)”, como decía ETE de su casa…!
Sevilla, 15 de agosto de 2020.
Fernando Sánchez Resa

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