Recuerdos de la SAFA – 10: La clase de Religión

Recuerdos de un safista – 10: La clase de Religión

Tras el largo recreo de la tarde, volvimos subiendo por la escalera interior del bloque de clases, como siempre en dos filas y en absoluto silencio.

Al llegar al distribuidor, un cura grandote, con gafas de pasta y pelo crespo cortado al cepillo paró al Hermano Peco y le dijo que pronto iría a darnos una charla. Nos indicó que siguiéramos andando hacia la clase, pero su aspecto y la autoridad que emanaban su voz y su porte me hizo que lo mirase con atención redoblada incluso mientras iba caminando por el pasillo de aulas. Poco podía yo suponer que aquel cura sería mi peculiar azote, que me alteraría el sueño más de una vez, y que incluso llegaría a firmar mi expulsión del Centro. Pero no anticipemos acontecimientos, que ya habrá lugar para narrar penurias.

A esa hora, tras el recreo, tocaba Religión, asignatura común a todos, y apareció un cura alto, calvo, huesudo y con gafas de montura de pasta sobre una enorme nariz aguileña, que se presentó como el Padre B. y sin más preámbulo empezó a disparar preguntas a troche y moche para saber, dijo, nuestro nivel de preparación en el catecismo.

A mi compañero de pupitre le preguntó por los pecados capitales, y él salió como pudo del compromiso, enunciándolos como nos habían enseñado los jesuitas en Primero de Pre:

-“Lujuria, ira, envidia, avaricia y soberbia”.

“¡Te faltan dos!” tronó el cura.

Mi compañero atragantándose y rebuscando con desesperación en lo más profundo de sus meninges, añadió:

-“Gula”.

“¡Te falta uno!”, y ya en el punto de la angustia, soltó, triunfante:

-“¡Pereza!”.

El cura musitó:

-“Vale”, y a continuación me señaló con su dedo huesudo:

-“A ver, tú, las virtudes teologales”.

Tierra trágame, la mente se me puso en blanco. Yo sabía la respuesta, estaba seguro, pero el miedo me atenazaba y no sabía por donde abordar la respuesta.

“¿No has entendido la pregunta?”,

-“Sí padre, pero es que no me sale…” balbuceé.

-“A ver, a ver, quién le da una pista?”

Un compañero de Úbeda levantó la mano y dijo: “Fe” y yo solté de golpe, como si me abrieran las puertas de la mente:

“¡Fe, esperanza y caridad!”.

El cura, mirándome por encima de las gafas, me dijo:

-“Muy flojo, a ver si estudiamos más”.

Y desde aquel día, rara era la vez en que no me sometía a este tipo de interrogatorios.

Pocas semanas después, tras leernos las notas de un examen en el que había sacado una buena calificación, me sometió a un tercer grado con el Catecismo Ripalda por bandera:

-“A ver, dime el Acto de confesión.”

-“El Acto de confesión? …No sé qué es eso, Padre

-“Niño, el Yo pecador!”.

Ah, vale… Inspiré y solté el recitado de memoria que nos aprendíamos:

“Yo pecador me confieso a Dios Todopoderoso y a la bienaventurada siempre Virgen María, al bienaventurado San Miguel Arcángel, al bienaventurado San Juan Bautista, a los Santos Apóstoles San Pedro y San Pablo, a todos los santos, y a vos, Padre, que pequé gravemente con el pensamiento palabra y obra, por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa…”

-“Vale, vale, ya veo que te lo sabesAhora el Acto de contrición”.

Esta vez yo me quedé callado y expectante, a ver si daba alguna pista más.

-“El Señor mío Jesucristo, niño, que pareces tonto!”.

Pues… (cerrando los ojos para más concentración en el memorizado) …Señor mío Jesucristo, Dios y hombre verdadero, Creador, Padre y Redentor mío, por ser Vos quien sois, y porque os amo sobre todas las cosas, me pesa de todo corazón haberos ofendido, (dudé, momento terrible, me interrumpí, el mundo se abría bajo mis pies, pero llegó el soplo: ) propongo, firmemente, nunca más pecar, confesarme y cumplir la penitencia que me fuere impuesta…”.

-“Vale, no sigas”. Me miró de forma rara, con sus ojos negrísimos y su nariz apuntándome y me lanzó:

-“Bien, bien, la última… ¿cuáles son los artículos de la fe?”.

Mi cara debió ser espejo de mi absoluto desconcierto, porque medio sonrió y me espetó:

-“Es muy fácil, sólo son catorce…”.

Viendo que seguía en la inopia, me dejó caer:

-“Sí, niño, los siete primeros son de la Divinidad y los siete restantes de la Santa Humanidad de Cristo”.

Como si me hubiesen hablado de los principios de la física cuántica… Y entonces, rebosante de satisfacción, me ordenó:

-“Siéntate!” Y ahí quedó la cosa, aunque me cascó un 2 en la nota de ese día.

Tras interrogar a cinco o seis compañeros más, se despidió bruscamente diciendo “Hay que estudiar más, hay que estudiar más!” y salió por la puerta sin decir ni adiós. La clase terminó en medio de una sensación de temor generalizado por lo que se nos vendría encima, y en la convicción de que en esta asignatura tendríamos un hueso.

En esta situación, no puedo por menos que acordarme de las clases de Religión en la escuela de mi pueblo, cuando el cura párroco gordo, de cuyo nombre no consigo acordarme, con su sotana lustrosa, venía a comprobar cómo andábamos con el Catecismo. Con los pequeños era más condescendiente, quizás porque además tenía que prepararles para hacer la Primera Comunión. Pero a los que ya habíamos pasado por ese proceso nos apretaba de lo lindo.

Primero, con lo de la obligación de comulgar en la misa dominical, para lo cual había que pasar por la previa confesión con él, que nos daba verdadero miedo, porque nos abrazaba en el confesionario (las niñas se confesaban por el lateral, protegidas por una rejilla, pero los niños nos arrodillábamos ante él, y ahí caíamos en su red), no hacía más que preguntarnos por nuestros pecados al sexto mandamiento, insistía mucho en si teníamos actos impuros (qué más hubiésemos querido…) y luego nos mandaba ristras interminables de padrenuestros  y avemarías de penitencia. Al final, procurábamos confesar con otro cura más joven, que era su coadjutor, y que no te toqueteaba ni te mandaba rezos para un mes… O directamente le mentíamos, le decíamos que habíamos sido buenos y que lo peor que habíamos hecho era desobedecer a nuestros padres (que según él, era pecado venial) y allá cada cual.

Pero peor era cuando venía a la escuela, porque nos sometía a un montón de preguntas de memorieta pura y dura, y si no contestabas bien, te soltaba un guantazo o te tiraba del pelo de las patillas. A mi vecino Fermín, que no era muy dotado por la naturaleza y además arrostraba la mala fama de su hermano mayor, lo freía a preguntas y lo molía a tortazos.

Recuerdo un día que se presentó acompañado de D. Antonio, el falangista que de vez en cuando aparecía por la escuela para lanzarnos arengas y hacernos repetir una serie de frases que a veces ni entendíamos. El motivo es que la semana siguiente vendría el Obispo acompañado del Gobernador Civil y Jefe Provincial del Movimiento para inaugurar algo relacionado con una residencia de ancianos regentada por monjas, y lo habitual era sacar a todos los niños del pueblo para hacerles el pasillo de bienvenida, desde la Cañadilla hasta la iglesia, y a veces el Obispo hacía preguntas a algunos al azar.

El párroco nos preguntó a varios, pero Fermín, que alborotaba por el fondo, llamó su atención y se fue para él, le abroncó a grandes voces y le preguntó por las bienaventuranzas. Claro, no se las sabía, y le hizo repetirlas, una a una, adobada de un guantazo en la cara o un golpe con los nudillos en la cabeza, que nosotros llamábamos “cosqui”:

“Repite: Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos.”. (Tortazo en la mejilla derecha)

“Repite: Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra”. (Tortazo en la mejilla izquierda, porque la derecha se la había tapado con la mano)

“Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados”. (Cosqui en la coronilla. Aquí ya le habían saltado las primeras lágrimas a Fermín, por lo que la bienaventuranza le era de plena aplicación)

“Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán hartos”. (En ésta, el maestro Don T. le ofreció una de las dos reglas que tenía en la mesa, una fina y flexible de avellano y otra de madera, plana y rígida, que él usaba con fruición. El cura, displicente, le hizo un gesto de rechazo, y aprovechando que Fermín había relajado la guardia le cruzó la cara con un golpe que sonó en todo el colegio)

“Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia”. (Nuevo tortazo de revés)

“Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios”. (Aquí Fermín debió ver a Dios, porque el guantazo lo echó para atrás, hasta chocar con el pupitre de la primera fila, que curiosamente era el mío y de mi amigo Antonio)

“Bienaventurados los pacíficos, porque ellos serán llamados hijos de Dios.” (Como Fermín se había quedado doblado en dos, apoyado en el pupitre, lo levantó tirándole de los pelos de la patilla, y una vez derecho y agitado por los hipidos, le dijo:

“Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos.” Y terminó la sesión de adoctrinamiento dándole dos tortazos a la vez, uno en cada mejilla. Mi amigo Fermín casi se cae de culo, y así se quedó un rato, trastabillando, mientras el cura comentaba con D. Antonio lo difícil que era sacar buenos cristianos de gente como nosotros.

En la SAFA te ponían un 2 (que podías levantar con el examen mensual), pero al menos no te breaban a palos…

(Lo curioso con el Padre B. es que años después, en 2º de Oficialía, en una clase de Literatura con el Padre Oviedo estábamos practicando la declamación o recitado de poemas, y yo había elegido el soneto de Quevedo sobre un hombre de gran nariz. Estaba en la tarima declamando, y al final del segundo cuarteto:

Érase un hombre a una nariz pegado,
Érase una nariz superlativa,
Érase una alquitara medio viva,
Érase un pez espada mal barbado;

Era un reloj de sol mal encarado.
Érase un elefante boca arriba,
Érase una nariz sayón y escriba,
Un Ovidio Nasón mal narigado.

entró inopinadamente en clase el Padre B. (no era de los de llamar a la puerta y esperar fuera, sino de entrar por las buenas). Mi sorpresa se tornó en risa, que apenas pude evitar, pues justamente era la persona en quien estaba pensando mientras declamaba, y en la confusión del momento, aguantándome la carcajada, me retiré lo más discretamente que pude a mi pupitre, mientras los dos curas resolvían su asunto en la tarima. Algunos compañeros se dieron cuenta de la cómica situación, y más de una risita se oyó…)

Tras la clase de Religión, tocaba estudio. Don J. nos explicó algunas cosas sobre las clases de Tecnología y de Taller de los próximos días, y nos dejó estudiar por libre esperando que llegase el Hermano P.

La tarde había sido completita: entre las clases, el amenazante anuncio de charla del Prefecto y el machaqueo en la clase de Religión del Padre B., no estábamos de muy buen ánimo. De hecho, estábamos chafados y casi atemorizados por lo que nos esperaba en este colegio, en el que tantas esperanzas habían puesto nuestras familias.

Al terminar la hora, apareció el Hermano P., y nada más entrar, con su habitual perspicacia, viendo nuestras caras, nos dijo:

-“Qué, habéis tenido clase con el Padre Baena, no?

El delegado contestó: “Siii…

Y preguntó: “Y qué tal?”.

-“Pues…bieeeen…más o menos bien…”.

Y creímos atisbar tras sus gafas oscuras un brillo de ironía no exenta de conmiseración, tras lo cual dijo:

-“Bueno, todo está bien, vamos a cenar. A recoger y hacer la fila. Ya habrá otros afanes.

 

(Continuará…)

Un comentario en “Recuerdos de la SAFA – 10: La clase de Religión”

  1. El P. Baena (que es el citado) posteriormente y avanzados los estudios nos dio a conocer a otro jesuita polémico, Teilhard de Chardin, que parece ser intentó con sus escritos y estudios conciliar fe y razón a partir de la paleontología y el darwinismo. Esto para esos años era hasta arriesgado, dado que el francés estaba más bien amonestado por la Iglesia oficial. He de confesar a mi pesar que esas citas y textos me eran incomprensibles.

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