DELIBES

DELIBES

Mariano Valcárcel González

Últimamente leí una novelita de Miguel Delibes que tenía pero así como arrinconada.

Se entenderá algo el porqué de ese trato tan mezquino cuando diga su título: Los Santos Inocentes. Se entiende ya ¿no?… En efecto vimos hace ya años una película de Mario Camus con el mismo nombre en la que se desarrollaba la historia contenida en la obra escrita de Delibes citada.

La película nos impresionó sobre todo por el trabajo interpretativo descomunal que desplegaron dos actores ya desaparecidos, colosos de nuestro devaluado cine, y que por tal labor recibieron merecidamente el premio de interpretación de Cannes, los dos. No era para menos.

Ello pudo motivar que dejase de lado el original, la obra literaria, considerando que casi siempre lo que se lleva al cine queda en bastante mal lugar al compararlo con su fuente, pero que acá lo de la pantalla tenía ya tal fuerza que no podría ser necesario comprobarlo desde las páginas escritas. Gran error mío.

La novelita, pues no es muy extensa (que se venden hoy día las novelas al peso parece ser y si no son tochos de ochocientas o más páginas no valen la pena ni comprarlos ni leerlos) estaba en mi modesta biblioteca ahí esperando pacientemente su revisión.

Delibes no fue un personaje de los que alardeaban su oposición al régimen imperante, convivió capeando las circunstancias y ya era mérito no ser malvisto (y lanzado a las tinieblas del olvido) por los lacayos del poder (censores por delante). Hasta pudo llevar la dirección de su periódico de provincias. Y en provincia castellanoantigua vivió fiel a su campo, a su caza y a sus costumbres. Seamos francos, nadó y guardó la ropa, aunque mantuvo su independencia sin creerse obligado a ser servil. No todos pudieron decir lo mismo.

Y sin embargo… Sin embargo en esa novelita en apariencia humilde (o si usted quiere de temática “costumbrista”, cosa que agradaba bastante a los próceres y mandamases -¡ah, las esencias patrias!- y en la que se cobijaban bastantes escribidores medianos, malos y malísimos) se contenía una crítica feroz al sistema social todavía imperante y existente en los sesenta años del siglo XX.

Los sesenta del XX, cuando Europa ya tenía un despegue económico y social, y cultural, destacado y la España remolona y a remolque a la fuerza de los restos de los vencedores guerracivilistas se resistía a admitir aquellos cambios, aunque ya en Benidorm y Torremolinos se exhibiesen las “suecas” en biquini y todo lo que aquello representaba; pues en esos años y allá en tierras extremeñas y andaluzas principalmente todavía hacían como si nada pasase, para ellos, claro, los terratenientes, grandes propietarios de fincas, restos de las noblezas ya andrajosas y carcomidas, que seguían hozando en la ciénaga de su poder a costa de mantener su declinante estatus, sus privilegios de casta y de dinero que si ya no lo tenían lo lograban vendiendo lo que les quedaba, su mando en plaza ejercido contra pobres jornaleros, servidores y otros siervos de la gleba todavía atados a esas tierras al igual que las mismas bestias que las habitaban.

Las gentes bajo su férula eran en realidad subgénero humano, según seguían considerando y aumentado su parecer tras los hechos feroces derivados de la debacle del enfrentamiento total. Apenas algunos de entre los que vencieron se daban cuenta del cambio que se cernía a su pesar; por eso trataron de mejorar las condiciones heredadas. De ahí el trabajo del vasco Villoslada en la zona andaluza, tan ajena a lo suyo (no me extenderé en consideraciones ya expuestas al respecto tanto de su labor como de sus efectos); penetraba la idea y necesidad de la alfabetización para esas personas (como se lee en la novela, que hasta la marquesa cree cumplir esa caridad porque al menos los pobres saben firmar y las oraciones, tras ponerles en el cortijo un maestro a su costa).

Por cierto, y voy a lo de Delibes, en la novela no aparece ni un guardia civil, presentes siempre que hubiesen monterías, y apenas algún curial. Pasa Delibes suavemente este tranco tan querido a otros escritores más tremebundos (o que se consideraban más comprometidos). Fino y prudente Delibes.

Pero en lo tocante a la cuestión social, descarnadamente expuesta, no perdona. El género de los vasallos cumple su función de sumisión hasta lo increíble; ese género merece alguna recompensa caritativa de la “señora” cuando se digna acudir a sus posesiones, una sonrisa, un ser nombrado por el nombre (se acuerda la señora de mí), una moneda… Hasta el contable/administrador, “perito” le dicen, a pesar de su aparente situación superior no es más que un mero subordinado sometido también a vasallaje y a soportar los cuernos que le regala el “señorito”.

Conocemos los que tenemos algunos años lo que aquello era y significaba, y tal que así era se iba perdiendo ante nuestras propias narices y las de sus protagonistas. De ahí la resistencia que oponían y la incomprensión de que se les largaran aquellos que supuestamente tanto les debían, como ya apuntaba el hijo de Paco el Bajo, (tenían casucha para recogerse, comida de lo que cuidaban y recogían, seguridad en la protección que se les daba – menos cuando ya no servían para nada)… ¿Qué más querían? ¡Y hasta se atrevían a rechazar un billete de cien pesetas!

Gracias a dios y como debía ser aquello casi acabó por completo, esas gentes, subgénero humano, se largaron algún día a Barcelona, a Madrid, al País Vasco… Para mejorar su condición, desde luego, aunque entre los receptores no se les perdonara el origen manchado, su lacra señalada en la frente (charnegos, maketos…). Cuál no serían las condiciones de las que partían para aceptar a las que llegaban. Eso es lo que esta novela revela con rotundidad y sin maquillajes.

Es un texto que debiera ser leído y propuesto para trabajarlo en escuelas, institutos y universidades (claro, casi hasta nos conformaríamos con la visualización de la película).

Y yo, ahora, me admiro cuando ciertas actitudes, llamémosles tradicionales y conservadoras por ser suaves, nos refieren las bondades de aquellos tiempos y se sentirían muy logrados si todo volviese a ser lo que fue; las cacerías (que persisten y bajo esos esquemas de señoritismo y negocios turbios asociados), los obreros sumisos y agradecidos por sobrevivir al menos, la libertad de no dar cuentas ni de vidas ni de haciendas propias o sometidas… Un mundo que fue feliz, seguro y estable; como si la rueda del tiempo nunca hubiese pasado de ciertos giros o pudiese dar marcha hacia atrás.

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