Mascarotes

MASCAROTES

La máscara, la mascarilla.

Un día me crucé con un moreno que el hombre no iba demasiado equilibrado, ni anímicamente ni físicamente. Llevaba el pobre una litrona en la mano, a medio tomar (eran las nueve de la mañana) y al cruzarse me largó algo que empezaba con la palabra “mascarilla” y no sé qué más según su idioma pero que me sonó a que el tema no le era especialmente querido; desde luego él no llevaba ninguna ni puesta ni atada al brazo (como es norma moderna) y yo la llevaba puesta. Bueno, seguí y siguió su camino, alejándonos. Continuar leyendo «Mascarotes»

¿Una epidemia en la SAFA?

¡Hola a todos!

Voy a comentar y, en lo posible, completar la parte de la “comida” (con los rezos no me meto, que se me ve el plumero) del reciente artículo de nuestro presidente José Luis (Recuerdos de la SAFA – 11: La cena y el rezo). Conjeturo que la narración de José Luis se sitúa en 1966, cuando hacía ya dos años que yo había abandonado la SAFA. Es posible que las cosas cambiaran bastante desde mi ida (y espero que para mejor).

Hago un inciso para decir que la memoria es a menudo muy traicionera. Evocamos las mismas situaciones a lo largo de los años y tengo la sospecha de que con cada evocación modificamos partes de los hechos que rememoramos. Por tanto, admito que la memoria me puede fallar en algunos puntos secundarios, aunque creo que mis recuerdos son fidedignos en lo esencial, y son estos:

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AUTONO…SUYA

Las autonomías…, ¡qué invento!

En el denostado o bendecido régimen del 78 (según quienes lo contemplen) hubo aciertos y errores, como todo lo que se levanta de nuevo sobre cimientos viejos y tal vez tocados ya de ruina. El edificio se resentirá o habrá que repararlo si no se quiere ir a daños mayores. Es normal.

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Recuerdos de la SAFA – 11: La cena y el rezo

Recuerdos de un safista – 11: La cena y el rezo

Tras todo un día de clases, estudios y muchas novedades para unos  niños que era la primera vez que salíamos de casa, la jornada escolar había llegado a su fin. Guardamos nuestras escasas cosas en el cajón que había debajo del tablero de nuestros pupitres, que se levantaba con un gozne algo chirriante, y nos pusimos de pie. A la voz del Hermano P. formamos la fila y salimos al pasillo. Ya no quedaba en el edificio ningún curso superior a nosotros, por lo que no tuvimos que ceder el paso a otro grupo y nos dirigimos al comedor. Volvimos a hacer el mismo recorrido que a mediodía, saliendo al distribuidor del edificio de clases, bajando a la planta inferior y siguiendo un largo pasillo sin ventanas hasta enfilar el pasillo alicatado en amarillo ocre de los comedores.

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El pescador de hojas

Esto era una vez un parvulito muy guapo y tierno cuya imaginación desbordante le llevaba por derroteros de ilusión y ensueño que nunca tenían fin…
Hacía muy buena miga con su abuelo materno y siempre estaba emprendiendo aventuras, cual don Quijote y Sancho, o imitando las sugerentes historias de los variados dibujos animados, que veía por la tele, para llenar sus múltiples días y horas de ocio, siempre entretenido; con esa inocencia y ductilidad que solamente las proporciona los cuatro años que Abel tiene, trayéndole felicidad y alegría a raudales, a la vez que colmando sus ansias de libertad y conquista, en este verano cálido sevillano en el que la pandemia vuelve a hacer sus estragos.

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¡Cole sin garantías: no, gracias!

Ya nos lo decían (y bien que lo comprobamos) en la mili: “Al peor soldado, hazlo sargento”. En la compañía no se movía nadie con tal de no salir en la foto. Bromas y puntualizaciones aparte, lo que la pandemia nos está mostrando y enseñando cada día que pasa es proverbial: que con estos diecisiete reinos de taifas hispánicos y sin estética ni ética adecuadas no se puede vivir ni mantener en pie nuestro país y planeta; pero muchos políticos -en general- y bastantes ciudadanos -en particular-, no acaban de enterarse de qué va el asunto. No hay nueva normalidad sino antigua anormalidad, diría yo, tanto en el comportamiento político como el social y personal, salvo honrosas excepciones; que las hay…

 

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Vicisitudes de la vejez, 19

Menos mal que me encuentro fuera del foco infernal de infección de la Covid-19 de mi antigua residencia de ancianos, en donde han vuelto a confinar a sus internos, en un acto más de cebamiento hacia los sufridos ancianos o viejos de nuestra generación. Esta segunda oleada de coronavirus en España me ha pillado en mi propia casa, haciéndome temblar nada más pensar que otra vez me tendrían confinada y sin salir de mi habitación, sin visitas familiares ni amigables de ningún tipo, en aras de las normas y protocolos inventados por los mandamases o jefecillos de turno que poco saben de lo que una mujer mayor siente y padece en estas situaciones límite.

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Recuerdos de la SAFA – 10: La clase de Religión

Recuerdos de un safista – 10: La clase de Religión

Tras el largo recreo de la tarde, volvimos subiendo por la escalera interior del bloque de clases, como siempre en dos filas y en absoluto silencio.

Al llegar al distribuidor, un cura grandote, con gafas de pasta y pelo crespo cortado al cepillo paró al Hermano Peco y le dijo que pronto iría a darnos una charla. Nos indicó que siguiéramos andando hacia la clase, pero su aspecto y la autoridad que emanaban su voz y su porte me hizo que lo mirase con atención redoblada incluso mientras iba caminando por el pasillo de aulas. Poco podía yo suponer que aquel cura sería mi peculiar azote, que me alteraría el sueño más de una vez, y que incluso llegaría a firmar mi expulsión del Centro. Pero no anticipemos acontecimientos, que ya habrá lugar para narrar penurias.

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Vicisitudes de la vejez, 18

Antiguamente, nuestra educación sexual, dejaba mucho que desear: era más bien corta y exigua, especialmente para las mujeres, puesto que los hombres tenían siempre el beneplácito social y familiar del prostíbulo reconocido (o sin reconocer), en definitiva, la doble moral que todavía impera; y hasta era prescriptivo y necesario que cuando un hombre se acercase al matrimonio fuese bien enterado de lo que debía hacer en la noche de bodas…; y las siguientes; aunque a más de uno le sobreviniese el gatillazo u otros problemas similares que nunca debían de contarse en la taberna con los amigachos, sino mentir diciendo todo lo contrario…

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DELIBES

DELIBES

Mariano Valcárcel González

Últimamente leí una novelita de Miguel Delibes que tenía pero así como arrinconada.

Se entenderá algo el porqué de ese trato tan mezquino cuando diga su título: Los Santos Inocentes. Se entiende ya ¿no?… En efecto vimos hace ya años una película de Mario Camus con el mismo nombre en la que se desarrollaba la historia contenida en la obra escrita de Delibes citada.

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