RAZA

RAZA

Mariano Valcárcel González

No sé por qué me ha dado por pensar en esto de la cuestión racial y sus diferentes problemas. Creo en realidad que no es tanto cosa de diferentes razas sino de diferencias sociales (¡contra, has descubierto la pólvora negra, Mariano!)… Lleváis razón.

Todo viene porque me encontraba en una playa de zona racial diversa cuando observé que un grupo de negros, varones todos, hacían algo que me llamó la atención. Aquél grupo de negros  (sí, negros, nada de afro no sé qué aunque en último término proviniesen de África, lo cual no me puse a averiguar) realizaba ejercicios o de adquisición de condición física o de entrenamiento que me dejaron con la boca abierta.

Sentadillas continuas de las buenas, de las de llegar hasta abajo, sin descanso, carga a buena velocidad pero hacia atrás, claro que flexiones con palmada y todo y otros ejercicios que no necesitaban ni barras, ni pesas ni cachivache alguno. Pero lo hacían en equipo (unos ocho o diez que eran) más o menos coordinados y siguiendo pautas comunes. Me quedé turulato cuando los vi, de veras, ¡joder qué fortaleza!; y ahora me viene usted y me cuenta aquello de las razas, el supremacismo y la biblia en pasta.

Son cosas que se observan en las playas, claro. Como esos cuerpazos de blancas, jóvenes o más maduras, bien cincelados que da gusto de admirar (y se eleva el malévolo deseo de tocar, si no fuese porque no se debe hacer eso sin el permiso de su dueña y menos todavía ante pública audiencia) y otras y otros (entre los que me encuentro) que por mucho que se empeñen mejor pasen sencillamente de incógnito entre el personal bañante. Y no me vengan con discriminaciones absurdas, machismos patriarcales o remilgos puritanos (de la puritanía izquierdosa que es si se puede peor que la de la derechona); que no me ando ya tocándomela con papel de fumar, primeramente porque no fumo y segundamente porque no suelo tocármela a todas horas. Lo anterior me recuerda que hubimos un compañero (se dirá el pecado, no el pecador) que andaba a todas horas con la mano en el bolsillo ahondando en las posibilidades exploratorias del mismo.

Con esto de la ira acumulada (e indiscriminada) contra todo lo que huela a racismo, esclavismo, sumisión o explotación de concretos pueblos y razas cometido en unos pocos siglos y localizaciones muy concretas y sin tener en cuenta que esto se ha cometido en realidad a todo lo largo de la existencia humana y no es ni fue exclusivo del mundo más próximo y conocido,  pues que me recuerdo que el cura de la Campa (nuestro profesor de literatura en Magisterio y luego también ejerciendo en el instituto San Juan de la Cruz de Úbeda) nos regaló a los asistentes en celebración de los 25 años de nuestra promoción un manual de su autoría para poder confeccionar un árbol genealógico y con todo este lío apuntado recomendaría no intente hacer esa investigación no vaya a ser que aparezca por ahí algún ancestro esclavista o encomendero colonial; se le echarían encima de inmediato los del alboroto racista, le harían un escrache, lo recusarían política y socialmente…

Era sin embargo costumbre de antaño y de gente de bien indagar sobre los orígenes reales o inventados de la familia hasta lograr que se expidiese cédula de limpieza de sangre o hidalguía (pasaporte para todo en la España de los Austrias y demás reinados); decir que se descendía de Don Pelayo ya era el colmo y con derecho a título nobiliario, escudo de armas, casona solariega y acceso a cargos y milicia.

Uno se pone a pensar en aquella fiebre limpiadora y no tiene por menos que deducir que quedaban un buen número de súbditos (lo de ciudadanos vendría después, tras rodar algunas cabezas)  que no alcanzaban ni prebendas ni regalías y que siempre estaban en el punto de mira de investigaciones totalmente contrarias a las anteriores, inducidas y desarrolladas por la temida Inquisición; si consideramos que muchísimas de esas denuncias lo eran por envidia o por codicia (tenían derecho a participar de los bienes confiscados) y también que esos villanos (de gente vil) eran quienes apechugaban (de los pechos o impuestos) con todas las cargas habidas o inventadas se verá que en realidad eran quienes malamente sostenían la economía del país y la vida de quienes no aportaban nada (realeza, nobleza grande o chica y clero). Descubre al fin que de resultas de la actual pandemia algunos se dan por enterados o admiten (lo que es realmente penoso) la necesidad de contar con quienes, como antaño, lo hacían todo para tener bien servidos a los demás.

Y eran y son los oficios más humildes (no pongo más bajos por no ser incorrecto políticamente) y también los más precarios o los mal pagados. Claro que sí, esos, esos que todos sabemos y que miramos por encima del hombro, esos que no queremos para nuestros hijos (y que nuestros padres no querían para nosotros), pero que si faltasen… ¡ay, si faltasen!

A las claras queda que un buen número de parásitos viven tan cómodamente a costa de sus parasitados sin importarles más que nunca se acabe el filón; ¿merecen esos parásitos de toda laya y condición ni siquiera la consideración en que se los tiene?, no y mil veces no. A propósito de la película oscarizada de este nombre y aunque se formulen reparos a los procedimientos o la moralidad que presentan los supuestos parásitos (este es un descubrimiento de los que se agarran al sistema dominante), en realidad el director en el desarrollo de la trágica escena principal nos muestra que los verdaderos parásitos son los de siempre.

Noticio que un célebre tenista nacional se ha mercado un “caprichito” en forma de yate de cinco quilos de precio… ¡pues qué bien!, ahora me viene usted y me cuenta que está en su derecho, que para eso paga sus impuestos (aquí y no como otros) y que nos representa muy bien (¡España!). Pues a pesar de que le sisen la mitad de lo declarado tiene no para vivir decentemente sino para darse ese caprichito, pues que algo no cuadra, algo chirría…

¡Y luego dicen que el pescado es caro! pintó Soroya.

No, aquí ni allá no hay cuestiones de diferencias raciales ni demás zarandajas, aquí hay simple y llanamente injusticia social. No habrá nunca justicia social mientras se mantengas esas diferencias económicas. Contaba mi padre, de lo poco que contaron quienes padecieron los años de la guerra civil, que habiéndose instaurado la comuna igualitaria obligatoria se produjo una avería en una de las subcentrales hidroeléctricas cercanas; como la cosa no se entendía se llamó al ingeniero encargado anteriormente por la compañía el cual contestó que pues ya eran todos iguales (y cobraban lo mismo) cualquiera podría y debía saber arreglar el fallo.

Sabemos que la pretendida consecución de la igualdad total por decreto fue (y es) una gran estafa allí donde se impuso, un tremendo engaño que tapaba las reales diferencias entre las nuevas clases surgidas de esos regímenes totalitarios. Entonces se proclamó la máxima de “a cada cual según sus capacidades”. Y siguieron las inevitables desigualdades, claro.

Creo que estaremos de acuerdo así en entender que nuestro racismo es en realidad una nueva prevención y discriminación social.

 

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