Recuerdos de la SAFA – 7 : El recreo.

Recuerdos de un safista –  7.  El recreo

La comida no se alargaba innecesariamente. El Hermano P. y un maestro a quien yo aún no conocía se paseaban entre las mesas y de vez en cuando se sentaban en una que estaba a la derecha, en un rincón, junto a la puerta que daba a las cocinas. En un momento dado, supongo que al ver que estábamos terminando, dieron orden de ponerse en pie, y tras el consabido “Deo gratias” fuimos saliendo en orden de edad, o sea, los mayores los primeros y nosotros, los pequeños, los últimos.

Por el pasillo alicatado desfilamos en silencio y nos dejaron disfrutar de un breve tiempo libre, hasta las tres de la tarde. Habíamos salido a un patio interior, entre la iglesia y un edificio que supusimos que era el internado. Era amplio, y tenía en él un campo de baloncesto con dos torres metálicas de buena calidad, pintadas en color azul, con su red y todo. Algunos chicos mayores deambulaban por el patio y otros estaban sentados en un rincón rodeado de un murete, guarecidos del sol bajo un árbol. Algunos entraban y salían por una puerta que estaba en un rincón del patio, y que rápidamente pudimos deducir que era la zona de sus cuartos, a los que podían acceder de forma continua, cosa que no nos estaba permitido a nosotros, que por otro lado, tendríamos que subir dos plantas, hasta el dormitorio corrido.

Este patio en el que estábamos tenía en su lado más corto una rampa, que desembocaba en un grupo de edificios rodeados de árboles. Nos acercamos a ellos, bajando la rampa, y accedimos a un jardín con palmeras, bastante agradable, que en su lado sur tenía una fila de clases en dos plantas.

Dimos la vuelta a este edificio de aulas, y llegamos a un rincón también arbolado, en cuyo centro había una escultura de forja, con una composición que antes habíamos visto. Giramos la cabeza hacia la fachada lateral de la iglesia, y efectivamente, eran iguales! Un chico mayor, que estaba sentado en un murete de piedra que rodeaba la plazuela, nos dijo “Las dos son del Maestro Tiznajo”. Eso no nos aclaró gran cosa, por lo que ante nuestra cara de duda, nos aclaró “El Maestro Tiznajo es el profesor de taller de forja”, y nos señaló una calle asfaltada que estaba a su derecha, cuesta abajo.

En esa misma rampa de bajada, algunos años después, algunos de los compañeros que ese día estábamos descubriendo el colegio, por ejemplo Luis, Antonio, Guillermo, Mariano o Manolo, entrarían en la Tuna por méritos propios y se harían una foto a la que todos le teníamos cierto cariño no exento de envidia, pues los tunos salían a rondar a las chicas ubetenses y se permitían noches más interesantes que las nuestras, simples mortales.

En las semanas previas a las Navidades, cambiaban parte del repertorio, incluyendo villancicos propios de los grupos de campanilleros, con lo que hacían un via crucis por las casas de familias ubetenses merecedoras de tal honor, en cada una de las cuales les invitaban a dulces y licores tras la serenata. Muchos de estos polvorones, mantecados u otras delicias iban a parar al pantalón bombacho, que se sujetaba con un elástico a la rodilla, y que hacían un excelente uso de talego. Los amigos y compañeros de cuarto nos aprovechábamos de esta rebatiña, salvo en una ocasión en que fueron a tocar a una iglesia, y al arrodillarse aplastaron todos los mantecados. Lo del trasiego de copas de coñac y anís, es fácil imaginarse el estado en que volvían al Colegio de madrugada. Pero aunque les teníamos un poco de envidia (porque además, ligaban mucho los muy c…) no dejábamos de reconocer el enorme trabajo que significaba poder salir de ronda con garantías. El jefe de la Tuna, el Hermano Casares, buen músico él y acordeonista de primera, era muy exigente en la afinación, y tenían ensayos a todas horas, en demérito de sus recreos o descansos.

https://youtu.be/6WE_BL3caA0

Nos dirigíamos hacia la calle cuesta abajo que nos indicó el alumno cuando uno de nosotros, lleno de curiosidad, nos propuso curiosear por las clases. El chico que antes nos había aclarado lo de la escultura nos dijo “Eso es el Grupo Escolar, las clases de Primaria”. Nos miramos algo sorprendidos. ¡Las Escuelas Profesionales también tenían niños de Primaria, como lo habíamos sido nosotros antes de entrar aquí! O sea, ya no éramos los más pequeños del Centro… Nos acercamos a mirar por las ventanas y vimos unas aulas luminosas, con las paredes muy decoradas con dibujos y figuras recortadas de cartulina, y los pupitres, pequeños y de formica clara, agrupados en conjuntos. Parecían muy agradables.

Delante, en un terraplén un poco más bajo que la explanada en la que estaban estas aulas, había un campo de juego de tierra apisonada, con un borde de piedra que hacía de banco corrido y que invitaba a sentarse en él. Asomándonos al mismo, vimos la parte trasera de una serie de edificios alargados, con cubierta a dos aguas, ventanas no muy grandes y a cierta altura, por lo que dedujimos que no eran otras aulas de primaria. En el ángulo izquierdo, pegado al muro perimetral, había otro edificio parecido, pero aislado, dentro del cual pudimos ver, a través de las ventanas, unas grandes mesas de dibujo. Todo era un descubrimiento. ¿Sería nuestro taller de Delineación?

Pero la curiosidad nos embargaba, y nos dirigimos hacia donde nos había indicado el compañero. Bajamos por la calle asfaltada, y vimos un portalón de metal, abierto de par en par, tras el cual se adivinaban unos edificios de planta baja, alargados, con puertas muy grandes.

Pero en ese momento, mi paisano N. miró su reloj y nos dijo: “¡Son casi las tres! ¡Hay que ir corriendo, que empiezan las clases!”. Así que dejamos para otro día descubrir la zona de talleres y salimos corriendo por la calle hasta la entrada al edificio de las aulas, donde ya se estaban agrupando todos los alumnos, para formar las filas y entrar a clase.

Desfilamos en silenciosa fila, siempre los últimos, hasta el aula de estudio, con sus pupitres de madera oscura, su tarima y sus mapas colgados en la pared de entrada. El Hermano P. controló todo el proceso, con sus gafas oscuras tras las que adivinábamos unos ojos clarividentes, pues teníamos la impresión de que no se le pasaba nada por alto. Con el tiempo asegurábamos que tenía ojos en la nuca…

Mientras todos se sentaban en sus pupitres y sacaban sus chismes de estudio, me dijo que en esta hora se permitía la venta de los objetos que teníamos en el armario, del cual el delegado y yo éramos responsables. Los chicos fueron acercándose en silencio, y comprando las cosas que necesitaban: una goma, un secante, un bote de goma arábiga, un lápiz, un cuadernillo de rayas, y hasta chicles Bazoka!

Tras la hora de estudio y otra hora de clase, sonó el timbre y nos dijeron “Al recreo!”. Palabra mágica… Formamos fila con toda rapidez y en el hall de entrada al edificio bajamos por la escalera de la derecha, saliendo a un porche enorme, abierto a la explanada que habíamos visto esta mañana, ante la que se disponían los campos de deportes. A nosotros, por ser los más pequeños, nos tocaba uno de tierra, de forma irregular, pues se amoldaba a la curva de la calle que discurría entre los dos niveles de terrenos deportivos. Pronto se organizó un partido, y pronto se empezó a notar quién partía el bacalao en estos temas: un chaval pelirrojo, pecoso, no muy alto ni fuerte, pero con una habilidad insuperable con el balón, se convirtió en el capitán de uno de los equipos y se ganó con toda justicia el mote de “Kubala”. En el otro equipo nos sorprendió a todos la tremenda habilidad de un escurridizo jugador de Montellano, llamado F.G., que era quien compartía conmigo la cabecera de la fila, y que parecía que llevase el balón atado a los pies. De árbitro ejerció el Hermano P., que cortaba con presteza cualquier entrada o gesto brusco, pues sabedor de las pasiones que despertaba el fútbol, no quería que nadie terminara con una magulladura o un tobillo descalabrado.

Pero aquel día fue también momento de nuevos descubrimientos. Con el mendrugo de pan que nos habían repartido en el porche existente bajo nuestras aulas, acompañado de una jícara de chocolate oscuro, fuimos caminando por la calle sucintamente asfaltada que discurría entre los dos escalones de campos de deportes, pasamos por delante de la tribuna del que siempre llamaríamos “estadio” y que entrevimos esta mañana, dejando a nuestra izquierda los arcos de hormigón encalados y los mástiles sin banderas, y llegamos hasta el final del carril, hasta una zona de campo, llena de matojos y por la que estaba claro que no pasaban mucho los alumnos, terminada en un alto muro de piedra, tras el cual se oía el paso de vehículos. Así que bordeamos el estadio por el semicírculo más cercano al muro perimetral y nos asomamos a un terraplén mal arbolado, a cuyos pies vimos unas construcciones bajas y malolientes. Nos dimos cuenta de que el Colegio ¡tenía hasta una granja! No nos atrevimos a bajar por el desnivel, y seguimos bordeando la linde del terraplén, que corría en paralelo al lado largo del estadio, donde los mayores celebraban un partido.

En el campo de deportes anexo al estadio estaban los de Oficialía, dos o tres cursos por encima del nuestro. Nos miraron por encima del hombro, pero uno de ellos, que era paisano y venía de la SAFA de Riotinto, al reconocerme, se acercó hasta nosotros y se interesó por nuestras andanzas. Nos explicó algunas cosas, entre ellas lo de la granja, en la cual no debíamos entrar para nada, y que al parecer proveía de proteínas la mesa de los curas y profesores. Otra cosa que descubrí por mí mismo era que su olor característico nos acompañaría toda la estancia en el Colegio, aunque a veces se mezclaba con los de una orujera que había en la carretera de Jódar, un poco más abajo del Colegio, y que en la época oportuna del año nos regalaba con un pestazo que se pegaba a la ropa y a las narices.

Nos explicó lo de los campos de deporte: cada explanada era un campo, ya cada campo tenía un usuario, y se mejoraba de campo en tanto en cuanto se subía en los estudios. Así que nosotros, los de 2º de Preaprendizaje, teníamos un campo estrecho y medio curvo, en el primer nivel a la derecha; los de 1º de Oficialía el de al lado, mayor y rectangular, bajo una rampa revestida de piedra que hacía de graderío; los de 2º y 3º de Oficialía el campo grande en el que estábamos, y se reservaba el estadio para los de la Primera División (los de Maestría y Magisterio). Todo clarito. Ya nos íbamos empapando del peculiar sistema organizativo: como en la mili, nosotros éramos los novatos y los de Maestría los amos del mundo. Bueno, pues a aguantarse e ir subiendo en el escalafón…

El recreo terminó entre silbatos y carreras para formar la fila de cada nivel. Como era el primer día, algunos llegamos un poco retrasados, con la respiración agitada de venir corriendo y un poco asustados por si el Hermano P. nos reñía. Nos miró a los rezagados, que nos insertamos en la fila en el lugar que nos correspondía (yo, por ser de los bajitos iba de cabeza de fila, por lo que se notó mucho mi llegada), y se limitó a enarcar su ceja por encima de sus gafas oscuras. De todos modos tuvimos que esperar a que subieran los de Oficialía, mientras que los mayores, los de la Primera División, subían por la parte de fuera del edificio, hacia sus aulas.

 

(Continuará)

11 opiniones en “Recuerdos de la SAFA – 7 : El recreo.”

  1. Magnífico relato, José Luis, el que nos has regalando a todos los safistas y, especialmente, a los que no estuvimos internos ni pasamos por oficiala o maestría, solamente por magisterio…
    Se puede apreciar lo bien documentado que está (como todos los artículos que te leo) y parece que te estoy viendo deambular y enterarte de todo lo novedoso que trajo la Safa de Úbeda a tu vida y a la de muchos de tus compañeros o de otras promociones.
    ¡¡Enhorabuena, maqestro!!
    Espero con ansia tu nuevo artículo coleccionable…
    Un fuerte abrazo y mucha salud para seguir regalándonos tu sabia y larga experiencia en cómodos plazos literarios.

  2. Alguna puntualización: Casares no era P. sino al igual que el Pecos, Hermano Jesuita. Y la referencia al jugador de fútbol de Montellano, F.G. debió ser F.C. (Fernando Ceballos), que como todos los jugadores de fútbol pequeños era difícil de controlar.

    1. Gracias, Mariano, Por la corrección. Se agradecen las contribuciones.
      En cuanto a nuestro amigo, no suelo dar los nombres, por razones obvias, salvo que el interesado me lo autorice. En el caso que nos ocupa, vista su total falta de interés en todo lo safista en los últimos 50 años, he preferido respetar más aún su anonimato y utilizar su segundo apellido (Galván)
      Un abrazo

  3. Gran relato José Luis, yo también me he quedado expectante, ya que no he caído en el segundo apellido, pero era genial, lástima que no sepamos nada de él, yo como gran amigo que lo tenía, quiero saber algo de su persona

    1. Gracias, Loren, por tu comentario.
      Efectivamente, es una gran persona, y es una pena que no hayamos podido convencerlo de que se una a nosotros en alguna de las celebraciones que hemos tenido. A ver si tenemos más suerte ahora.

  4. Ya comenté que hace unos dos años fui a verlo a su casa de Montellano. Estuve hablando brevemente con él y lo animé a que se incorporará a las reuniones que teníamos, por lo visto con poco éxito. Ya estaba jubilado y tenía una hija creo que en Madrid y repartía su tiempo entre visitarla y Montellano.

    1. Gracias, Antonio, por tu comentario. Efectivamente, sabía de tu intento de traerlo a la reunión, y esperemos que seamos capaces de convencerlo para la próxima vez. En esta tarea tienen papeletas Loren y Ramón Molina, que fueron íntimos en Magisterio.

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