RESPETO

RESPETO

Mariano Valcárcel González

Recordaba José Luis lo de la misa diaria durante el curso, a las ocho de la mañana salvo los sábados y domingos, que eran fiestas de guardar con menos disciplina (aunque nunca se liberaban de las consecuencias habidas o merecidas durante la semana). Bien que los internos pasaban de sus dormitorios por los sótanos y pasillos lóbregos hasta la iglesia mayor, pero los externos habíamos de andarnos las calles ubetenses frías y húmedas, oscuras, para presentarnos a lista del Pecos. Y adentro, a misear.

Bueno, no abundo más que este tema ya lo insinué.

Que voy de misas que nos eran obligadas fuésemos escolares o ya personas con obligaciones laborales, en especial si éramos funcionarios educativos. ¿Obligatorias para los educadores, maestros por más señas?… ¡Claro!, eran el soporte necesario (y referente) que mantenía el edificio del nacionalcatolicismo.

En los años duros los maestros (sí, que incluyo a las maestras, leche) debían cumplir evidentemente los preceptos religiosos, entre ellos las misas dominicales, y a mejor llevando en fila y devotamente a los churumbeles a su cargo. Las costumbres, ¡ay!, se relajan y se dejó de practicar tal pía conducta.

Pero no se lo crean, donde hubo fuego quedaron ascuas, y seguían echando mano de los probos funcionarios que había en cada pueblo según se necesitase su concurso para aumentar la concurrencia en las misas oficiales o semioficiales que se tenían en el calendario o surgían por diversos motivos, casi siempre luctuosos, o sea misas de funeral.

Creo ya relaté cómo encontrándome de maestro en Las Cabezas de San Juan (Sevilla) en el año 72 llegó el emblemático día del 20 de noviembre (fecha del fusilamiento de José Antonio, en tiempos definido como “el Ausente” para los del bando azul); era de obligación oficial realizar una misa funeral por el alma del falangista, y de paso por otros que se les decía Los Caídos por Dios y por España (lo del Rey quedaba muy lejano para la mente del general) y cuyos nombres se encontraban bien visibles en la pared del templo parroquial principal (como en todos los pueblos) y se entendía que nosotros, maestros estatales, debíamos acudir, previa convocatoria oficial por el Jefe Local del Movimiento, o sea el alcalde. Así lo hicimos, ¿hay que dudarlo?, pero ya nos quedaban lejos las notas y la letra de aquél “Cara al Sol” que se cantó desaliñadamente frente al listado de “mártires”.

Fue demasiado evidente que algunos nos rezagábamos más de lo conveniente del grupo cantor. Las cosas se relajan, ¡ay!, y por suerte ya no nos llovió ninguna bofetada admonitoria y pedagógica.

Y me llego a un año en el que ya el Caudillo nos había dejado. Era el 79. Había sucedido una tragedia en Ermua (País Vasco) por la que una explosión causó un número de víctimas inocentes en una escuela de allá. Particularmente creo que nunca se declaró la causa efectiva de aquella explosión (se dieron peregrinas razones accidentales) pero mi opinión fue que hubo un acto culpable muy significativo y debió ser la ocultación en esa escuela de explosivos de la banda criminal ETA. Me afianza esta creencia en la reacción inmediata de solidaridad culposa que se extendió por España alimentada por las autoridades, como si mostrando esa solidaridad con los damnificados se ocultase la atroz realidad que allí se callaban.

Bueno, el caso es que me encontraba otra vez ejerciendo docencia pero ahora en Úbeda en un colegio al que no habían llegado los aires renovadores del momento. Allí la vieja guardia franquista estaba por todos lados y de todas formas y a la cabeza una directora claramente herida por la deriva de los tiempos nuevos. Precisamente la alcaldía estaba en manos de un socialista de la vieja guardia (cruelmente represaliado en su momento) y un gobierno socialcomunista (¡qué invento!, ¡eh?, y creemos que lo actual es lo novedoso) y al edil mayor no se le ocurrió otra cosa que convocar una misa funeral oficial en favor de aquellas víctimas vascas; ¡al alcalde que era oficialmente ateo y no quería ni misas ni procesiones ni fiestas religiosas en su nombre!

Creo que el único consecuente fui yo, que conminado a acudir por mi directora a ese acto como todos los del claustro, me negué a hacerlo. Consideré que en esa España que nacía nueva y se iba a declarar Estado No Confesional no cabían actos de naturaleza religiosa con carácter oficial o promovidos por organismos oficiales.

Creo también que mi ingenuidad fue máxima y a la cruel realidad de las cosas me remito transcurridos más de cuarenta años de lo que se creía un cambio.

Llegando hasta aquí me causa mucha sorpresa que todavía se sigan en estas cuestiones y dimes y diretes, por la cerrazón por un lado de la derecha recalcitrante que no concibe todavía la separación Iglesia-Estado y fuerza la consustancialidad (casi sacramental) del binomio cada vez que manda (y cuando no también) y una izquierda socialista pacata y timorata que da un pasito adelante y otro más largo hacia atrás respecto al tema, como si dejar sentada la base constitucional de una vez para siempre fuese pecado mortal (o temiesen ser capados).

Así que como el tema de los muertos le es muy querido a la derecha (sus muertos, no lo duden o los que les pueden ser útiles ¡qué paradoja!) y muy enraizada la costumbre acá arriba descrita, pues que si se deja de acudir a un acto religioso (en este caso misa funeral por los pobres difuntos del covid-19) arzobispal y cardenalicio ya se es un tal y un cual y poco menos que escoria institucional o diablo con rabo cuando se tiene mando en plaza, como antaño. En La Almudena se contempló, como antaño, sí, la flor y nata del mandamaserío, corona real incluida y uniformes enmedallados; vamos, lo viejuno de siempre. Pero “Pedrito el bello” no estuvo presente.

¿Y por qué lo había de estar si se tenía programado un acto institucional, fuera de toda referencia religiosa, unas semanas después? (concretamente para el 16 de julio). Este era y es el acto de Estado, aconfesional, no aquél, y al que estaban obligadas todas las autoridades con mando en plaza. Y los que quisiesen adherirse, claro.

Ya advertí de la querencia que la derecha (más la ultraderecha) tiene en instrumentalizar a las víctimas de los atentados terroristas, especialmente a las caídas cobardemente bajo las balas y las bombas de ETA. Esas víctimas son de todos y no son de nadie (y esto sí que es verdad y no lo del dinero público que dijese la ínclita Carmen Calvo). ¿Quiénes más que sus perjudicados pueden tener más odio, rencor, deseo de venganza, y también derecho al olvido o al perdón si ello los calma o los convierte en mejores personas frente a sus asesinos?… Nadie, por mucha afinidad personal, emocional o política, puede erigirse en adalid ni en portavoz de los mismos.

Y sin embargo contemplamos cómo algunos o algunas han hecho carrera política (y han vivido de esa mamandurria oficial) descaradamente.

Además que, terriblemente, ha habido unas víctimas de primera categoría y otras de segunda (no sé si de tercera) según quienes los hubiesen masacrado. ¿Tengo que recordar el diferente trato de los muertos y heridos del 11 M, en especial algunos de sus familiares, por no seguir la línea de interpretación política que les intentaban imponer los guardianes de las esencias?

Ahora se apropian de los muertos de una pandemia que no han sabido controlar ni tenían los medios necesarios (todavía más atroz, lo de las residencias de ancianos, hoteles de la muerte) y que no ha cesado. Habrá más muertos (quizá uno sea alguno de ellos, que se acerca a los grupos de riesgo), no sean tan acaparadores, habrá tiempo de rezar, rezar mucho y a muchos. Y más funerales de Estado.

Una anécdota: apenas pasadas unas pocas semanas del mazazo inicial el ínclito obispo de Alcalá (y sus fervorosos seguidores) convocó una misa funeral en su catedral. Recabaron nombres de los fallecidos (allí bastantes) para nombrarlos; por desgracia un allegado de la familia de mi mujer había caído, requeridos, denegaron se utilizase su nombre.

Respeto. No más.

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