Recuerdos de la SAFA-9: Las excursiones en Cazorla

Recuerdos de un safista –  9: Las excursiones en Cazorla

Hoy toca excursión. Como es la primera, no va a ser muy larga: una caminata, río abajo, dejando a la izquierda Vadillo, y allí un desvío hacia la Cerrada del Utrero.

Es la primera hora de la mañana, y el camino es ancho y sombreado, por el que marchamos en fila, animados y cantarines. Ya veremos después.

Llegamos a un puente con barandillas metálicas y nos asomamos hacia abajo, donde se ve el río Guadalquivir, tranquilo, verdoso oscuro, remansado por el embalse de la Central eléctrica del Utrero, aguas abajo. A ambos lados, cortados de roca caliza, casi verticales. Cruzamos el puente, y giramos a la derecha por una vereda apenas marcada en el terreno.

El paseo es impresionante: un corte agudo en las rocas, y al fondo, siempre el río, entrevisto a través de la vegetación. El sendero se hace difícil, con subidas y bajadas, en ocasiones muy estrecho, que apenas permite el paso de uno en uno, y con un piso muy irregular que provoca no pocas torceduras de tobillo a causa del calzado no muy fuerte que llevamos.

Cuando el río se desborda con estrépito sobre el muro de la central eléctrica, el sendero sube y se abre a un ensanche del valle.

A la derecha de la marcha, al otro lado de la cerrada, un espectáculo impresionante: la cascada de Linarejos. Apenas lleva agua, pues el arroyo homónimo que la alimenta, en verano casi se reduce a un hilo, pero la imagen no deja de ser espléndida. En lo alto, las buitreras, signo inequívoco de que estamos en el territorio de tan magníficos carroñeros. De hecho, uno de los mandos nos señala el majestuoso planeo de una pareja, y nos dicen que por sus giros se deduce que hay una presa cerca. Aprovecha para explicarnos algunos detalles de la fauna del Parque (que entonces no era tal, sólo existía una Reserva de Caza donde venía el Generalísimo a pegar tiros, y unos montes que eran Patrimonio Forestal del Estado), en especial los ciervos y gamos, y nos contaron que habían introducido muflones, una especia africana, del Atlas marroquí, para ofrecer más ejemplares a los cazadores, pues la población de los rumiantes originales se había reducido mucho. También nos contaron que la cabra hispánica, un ejemplar único de la península, estaba en retroceso, porque las cabras domésticas, buscando los pastos frescos de las cumbres invadían su terreno y les contagiaban la sarna, enfermedad para la que no tenían protección, y de la que enfermaban y morían. Aquí empecé a entender algo eso de los equilibrios ecológicos.

El sendero se ha ampliado un poco, y es más fácil de seguir. Vamos girando a la izquierda, dejando el río a nuestra derecha, y tras subir un tramo, nos regalamos con una parada inolvidable: el mirador del Manchón.

A nuestra izquierda, la Mesa, sobresaliendo sobre los imponentes pinos laricios. Al frente, el lapiaz de la bajada del Puerto de las Palomas, aún tapizado de pinos carrascos, hoy desaparecidos tras el incendio de 1988. Abajo, entre un mar de pinos se adivina el curso del Guadalquivir por el alineamiento del bosque de ribera: chopos, álamos y olmos serpentean su color verde claro, y abren un espacio habitado: el núcleo de Arroyofrío, entonces formado por casas con huertos, un camping, dos hoteles pequeños y algunas casas que se alquilan a las familias de veraneantes.

Tras tan agradable parada, seguimos subiendo y tras cruzar una suave loma, llegamos a una explanada, donde hay un bar con una terraza amplia, ocupada por algunos excursionistas. Es hora de descansar y reponer fuerzas.

Una fuente nos provee de agua fresquísima, y los bocadillos de salchichón o de chorizo desaparecen como por arte de magia. Una naranja completa el menú, y un merecido descanso a la sombre de los pinos relaja el ambiente.

Al poco, orden de seguir la marcha. Cruzamos el puente, dejando a la izquierda la Cerrada, y volvemos por el camino que nos lleva al Puente de las Herrerías. Este camino es muy suave, de piso regular, incluso asfaltado en algún tramo, donde vemos a nuestra derecha una extensa alameda, contrapeada de chopos junto al cauce, parcelas de acampada y un bar rústico de madera, junto a un corral donde hay algunos caballos y mulos.

Esa noche, las risas y los cantos en el fuego de campamento fueron más animados aún, aunque el cansancio hizo mella y la retirada a las tiendas se hizo con alivio. No tuvieron que hacer muchas rondas los mandos para obtener un silencio total.

La rutina del campamento se extendió varios días: diana, desayuno, limpieza, clases, actividades, charlas, baño. Luego almuerzo, breve siesta, charla, baño, actividades y revista. Al final del día, cena y fuego de campamento.

A un chaval de Alcalá la Real tuvieron que evacuarlo, por una afección intestinal (vamos, que se iba por las patas abajo…) a su casa, y a otro lo llevaron a Cazorla, a la Casa de Socorro, porque se partió un brazo en una caída de lo alto de un pino.

 

Al final de la semana llegó un señor del Frente de Juventudes, con su uniforme nuevecito: camisa azul con el escudo bordado en el bolsillo del lado izquierdo, pantalón beige y boina roja en la hombrera.

Formamos antes nuestras tiendas, luego desfilamos en fila de a tres ante la bandera, y luego nos dio una arenga, que nos resultó larga y tediosa, en parte porque no entendíamos gran cosa y en parte porque estábamos cociéndonos al sol. Sólo entendimos con claridad que al día siguiente haríamos una gran excursión al nacimiento del Guadalquivir, y que él nos haría el honor de guiarnos.

Efectivamente, al día siguiente tocaron diana media hora antes, desayunamos (¡y nos permitieron repetir pan y mantequilla!), recogimos en nuestras talegas unos bocadillos y emprendimos camino río arriba, por una pista terriza, que serpenteaba dejando el río a nuestra izquierda. Cada hora se hacía un alto, llamado “de la meada” por razones obvias, y cada dos, una parada más larga.

Cuando llegamos al destino, nos llevamos una pequeña desilusión: el nacimiento era una cueva formada por dos grandes rocas, apoyada la una en la otra, de la que manaba un hilo de agua, apenas mayor que un regato. La imagen de un brote de agua impetuoso y un cauce a rebosar se borró de nuestro imaginario. Nos dijeron que eso se daba en invierno con las lluvias o en primavera con el deshielo.

En un paredón vertical, frente a nosotros, se hallaba una placa con texto ilegible en la distancia, indicando el lugar.

Un poco más abajo se adivinaba una poza, entre árboles de ribera, que invitaban a refugiarse a su sombra. Pero nos dijeron que no, que siguiéramos un poco más, cauce arriba, a donde estaba prevista la parada larga, y donde podríamos refrescarnos.

Subimos de nuevo al camino, por un senderillo escalonado, estrecho e inseguro, y seguimos caminando unos minutos más, hasta llegar a un sitio paradisíaco: un llano, con dos hileras de álamos verdes, uno siguiendo al camino y otro, a nuestra izquierda, ascendiendo el cauce de un arroyo. En la confluencia de ambos había una caseta forestal, en ese momento deshabitada, con un corral. Delante una enorme alberca circular, a la que vertía su agua helada un manantial que se hallaba apenas cien metros ladera arriba, y que rebosaba por el regato que habíamos seguido desde el nacimiento.

A su alrededor, unas cuantas mesas de piedra y bastantes troncos de pino dejados allí para servir de asiento. Nos pareció el paraíso. Lo primero, calmar la sed en el manantial, y luego buscar sitio para sentarnos a comer a la sombra.

El señor del Frente de Juventudes nos explicó que ese enclave se llamaba la Cañada de las Fuentes, que si subíamos a los riscos que estaban a nuestra izquierda ya era la cuenca del río Segura, y que si avanzábamos unos quinientos metros podríamos admirar unos tejos milenarios y hasta salir al pueblo de Quesada. No tuvo mucho éxito su propuesta, porque la verdad es que nadie estaba con ganas de más caminatas. A mí se me ocurrió preguntar que si estábamos entre tantos cauces, porqué se decía que el Guadalquivir nacía unos cientos metros más abajo y no en el nacimiento de uno de estos arroyos. El señor de la boina roja me miró como si fuese un insecto molesto y me dijo que el nacimiento era donde estaba la placa, porque así lo había decidido la superioridad y que me callase y no molestase más al mando… Glub.

Devoramos los bocadillos y la naranja de todos los días, y nos desplegamos para descansar por la pradera que había al frente o bajo los pinos de la ladera. A la media hora, nos llamaron a asamblea, en la explanada ante la casa forestal, y el señor del Frente de Juventudes nos dio otra arenga sobre la Patria, el Generalísimo, el Frente de Juventudes y el futuro de la nueva juventud. Y nos dijo “¡En pie! Cantemos el himno!” Y empezó a entonar con su aflautada voz:

“Prietas las filas, recias, marciales,
nuestras escuadras van
cara al mañana que nos promete
Patria, Justicia y Pan.”

Al poco, se calló, asombrado ante el escaso éxito… apenas una docena le siguieron, pues nadie se sabía la letra. Eso le enfadó mucho, y abroncó a los maestros de la SAFA que nos acompañaban por no sabernos el himno del Frente de Juventudes. Estos, en compensación, le ofrecieron cantar el himno de las Escuelas. Y allá que fuimos todos, con entusiasmo obligado, ante el mal trago que pasaban nuestros maestros y la reprimenda que nos cayó del señor de la boina roja:

“Bajo el mismo techo

de aquella familia

que segó en sus mieses

espigas divinas.

Bajo el mismo techo

seremos semilla

flores y esperanza

para Andalucía…”

 https://youtu.be/DCWY9ef1R6A

Tras ello, formar filas y emprender la marcha de vuelta al campamento. La vuelta fue cómoda, siempre cuesta abajo, y con la cercanía del río a nuestra derecha. Incluso nos detuvimos en un puente que llamaban “romano” aunque tenía pinta de ser simplemente antiguo, pues no se veían los sillares típicos, ni había calzada de losas por ninguna parte. Tras atravesar un pequeño túnel excavado en la roca de la ladera, bajamos a una charca de aguas remansadas, donde pudimos darnos un chapuzón que destensó el mal ambiente generado por el desastre del himno aquel que debíamos cantar y que ni siquiera nos sonaba.

Pero el señor de la camisa azul siguió cabreado hasta llegar al campamento, donde tras farfullar no sé qué invectivas se subió en un coche negro, con matrícula PMM, y se marchó sin dar ni las buenas noches.

Lo cierto es que, por esta u otra razón, la excursión que estaba prevista para subir al Calerón y celebrar misa en todo lo alto, quedó aplazada. Parece ser que salimos ganando, pues el paseo iba a ser largo, y la subida, dura. Pero tampoco nos hicimos muchas ilusiones, pues sabíamos que era una tradición que siempre se cumplía…

 

(Continuará…)

 

3 opiniones en “Recuerdos de la SAFA-9: Las excursiones en Cazorla”

  1. «mis camaradas fueron a luchar
    el gesto alegre
    firme el ademán»…
    así continuaba «prietas las filas», aunque nosotros cantábamos «firme el alemán» y era lógico, que sabíamos que los alemanes habían sido los buenos… Las historia no miente.

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