Recuerdos de la SAFA 8 – El campamento

Recuerdos de un safista 8. –  El campamento

El día 1 de julio un autobús arañaba la pendiente carretera de la Sierra, jalonando de ronquidos y sudores mecánicos el trayecto.

Tras atravesar Cazorla seguimos por La Iruela, Burunchel (donde nos detuvieron en un control, no sé muy bien para qué, y que aprovechó para subirse un chaval de allí), y el Puerto de las Palomas. Aquí el autobús paró a enfriarse, porque desde luego venía tosiendo como un viejo asmático en la subida y algo de vapor se le escapaba por el morro, gracias a lo cual nos pudimos regalar con una vista espléndida desde el Mirador de Las Palomas.

Tras haber aguantado todo el viaje el cachondeo de nuestros cánticos:

 “Para ser conductor de primera,
acelera,
acelera…”

el chófer abría el capó del autobús y dejaba escapar una nube de vapor, mientras nosotros, como locos, nos bajamos del vehículo y nos acercamos a un mirador de piedra que había en el lado izquierdo de la carretera.

Nunca había visto yo algo tan bello, y nunca pude imaginarme que hubiese tanto árbol junto, viniendo como venía de mi pueblo, donde apenas había unos eucaliptos de la Compañía Forestal Papelera.

A la derecha se veían unas montañas agudas y grisáceas, y a media ladera se adivinaba una cascada, debajo de la cual destacaba un bosque cerrado de pinos. En el fondo del valle destacaban una serie de casas agrupadas, con huertos, y un edificio algo mayor, alargado. A la izquierda, una ladera rocosa, pespunteada de pinos enormes, de color oscuro. Muy al fondo de ese inmenso valle, azuleaban unas montañas que se recortaban en el limpio horizonte. Hacía calor, pero una brisa fresca, con olor a resina, nos alborotaba el pelo y nos prometía un día agradable.

Andrés, el chico que subió en el control, nos señalaba hacia abajo, y nos decía: “Eso es Arroyofrío, donde mi abuelo tiene unas tierras y una casa. Y por ahí va el río Guadalquivir, hasta el Tranco, que no se ve, pero que está al fondo… El pico de la derecha es La Cabrilla y el más alto, Las Banderillas…” Se notaba que conocía el terreno.

El encargado del grupo, un maestro joven y que continuamente daba grandes voces, nos ordena volver a subir al autobús. Hacemos recuento y falta uno… “¿Dónde está R.?”. Al poco, baja corriendo de entre unos matorrales, apretándose el cinturón…

Bajamos, con no poco susto visto el despeñadero que hay a nuestra izquierda, hasta el cruce de Vadillo, y seguimos en dirección al puente de las Herrerías, nuestra meta.

Nada más bajar, aliviados del calor del coche, aspiramos el olor de los pinos y sentimos el frescor del agua. Delante, el puente que dicen las leyendas se construyó en una sola noche para que la Reina Isabel la Católica lo cruzase camino a no se sabe dónde.

Bajo las piedras del arco, sin pensar en la historia, nos zambullimos una cincuentena de chavales, la mitad de Úbeda y la mitad de Linares y Alcalá la Real. Las pozas serán el área de gozo para los acampados, dos veces al día.

Hace calor. La comida, cocinada con el agua del río, junto con el cansancio del viaje, comienza a hacer sus efectos, y la modorra se va adueñando de la concurrencia. Aun así, la novedad hace que la siesta transcurra nerviosa para muchos de nosotros.

Toca ordenar: colocar los macutos en sus sitios, llenar las cantimploras, recoger los impedimentos, airear las tiendas, barrer el área central. Los mandos intentan imponer un cierto aire castrense, pero cuesta trabajo mientras la tropa esté tan revolucionada.

A la hora de dormir, cada uno a su tienda, y el silencio se impone bajo el susurro del viento en las lonas. Los maestros y los mandos se recogen en la gran tienda blanca, su cuartel general, a preparar el próximo día.

Tocan diana a las siete y media. Gimnasia, izada de bandera, misa y desayuno. Luego, el trabajo que será cotidiano las dos semanas: ordenar las tiendas, ventilar las colchonetas, barrer los exteriores y la explanada con ramas de pino, señalizar con piedras encaladas calles y senderos, fabricarse perchas y colgadores con ramas. Sesiones de cultura, instrucción y prédica. Se practican juegos diversos, para desarrollar la habilidad y la inventiva de cada grupo o patrulla. Por fin, lo deseado: hora del baño. El agua bulle con gritos, chapoteos, saltos, zambullidas y algún que otro susto, que no pasa a mayores gracias a la vigilancia de los mandos y la ayuda de los compañeros. Todo queda en risas húmedas y ojos muy abiertos.

Aun chorreando agua, llega la hora de la comida. Sentados más o menos ordenadamente en rústicas mesas largas, se reza la preceptiva oración, y con el “Deo gratias” nos abalanzamos sobre el plato de embutidos, los mendrugos de pan de pueblo y el plato de guiso aguado y caliente. Acostumbrados a los menús del internado, los chicos de Úbeda devoramos los platos que nos ponen por delante, aunque los de Linares y Alcalá la Real, con el estómago no tan blindado, ponen caras de “esto no hay quién se lo coma…”.

Tras la comida y el fregoteo de platos y cubiertos, retirada a las tiendas, a echar la siesta. En muchas tiendas se oyen risas y voces, que son reprobadas por los mandos (o por los de la tienda de al lado, que quieren descansar).

Luego, juegos diversos, tirolinas entre los altísimos pinos laricios, escalas, cuerdas para trepar, pasarelas, técnicas de orientación, lenguaje de banderas, marcado de senderos, etc. En un improvisado campo, partidillos de fútbol y hasta una cancha de baloncesto de tierra apisonada sirve para desfogar. A media tarde, nueva tanda de baño, que es seguida con entusiasmo. A nadie parece importarle lo fría que esté el agua, o las piedras que tapizan el lecho fluvial. Aunque no se ha inventado el barranquismo, no falta quien se deja llevar por la corriente de poza en poza. A alguno lo salvó un cura, el hermano T., con el consiguiente susto.

Unos silbatos anuncian el fin del jolgorio: chancleteando volvemos a las tiendas, nos vestimos y formamos en la explanada para la Revista, momento culmen del día, donde se valoran las tiendas que mejor han puntuado en las actividades del día (orden, limpieza, juegos, partidos, puntualidad, arreglos, etc.). Se dan las consignas, se anuncian las actividades, se reza un rosario exprés, y pasamos a la cena. Más liviana que el almuerzo, no por ello es peor recibida: el apetito no decae un ápice. Silbato, recoger, fregar platos y cubiertos, y formación en la explanada: se va a proceder a arriar la bandera. Resuenan el himno de la SAFA y el himno nacional. Por cierto, no he vuelto a oír el “Cara al Sol” desde que dejé mi pueblo.

Cuando el sol se ha retirado tras las cumbres de la Sierra, y las estrellas tapizan el cielo, se enciende el fuego de campamento. Es momento de charlas, de cánticos, de jolgorio, de anécdotas. Nunca falta alguien con una gracia irresistible, o quien entona perfectamente con una guitarra una canción que más o menos coreamos, o un par de amigos que armados de laúd y bandurria acometen una canción de la Tuna, que todos coreamos con mayor o menor afine:

Mocita dame el clavel,
dame el clavel de tu boca
pa’ eso no hay que tener
mucha vergüenza ni poca.

Yo te daré el cascabel
te lo prometo, mocita,
si tú me das esa miel
que llevas en la boquita.

Clavelitos, clavelitos,
clavelitos de mi corazón,
yo te traigo clavelitos
colorados igual que un tizón.

Si algún día, clavelitos
no lograra poderte traer,
no te creas que ya no te quiero
es que no te los pude coger.

La hoguera de leña de pino despide un olor característico y hasta balsámico, aunque el humo irrita los ojos cuando el viento lo dispersa de lado. Pero las brasas son hipnóticas, y cuando los ánimos se van calmando, muchos abrazando sus rodillas se quedan prendados de las llamas rojizas y los tizones que caen con estrépito cuando el fuego consume los troncos.

Toca recogerse. Cada uno a su tienda, y en breve, toque de silencio. Aunque todos sabemos que está prohibido, no falta la brasa de un cigarrillo encendido en alguna tienda, con el encargo al primero de la tienda de avisar si viene algún mando.

 

(Continuará…)

8 opiniones en “Recuerdos de la SAFA 8 – El campamento”

  1. Yo estuve al finalizar el curso de 2° de pre., junto con Antonio Montesinos, Antonio García Hornos, Manuel Ojeda Carrión (q.e.p.d.), el hermano de Correcto y otro chico de Úbeda que no recuerdo su nombre.
    Ganábamos casi todos los concursos, hacíamos incluso darnos mensajes con banderas de una montaña a otra.
    Tengo varias fotos, incluida la publicada.

    1. Gracias, Juan Antonio, por tu comentario.
      Si tienes más fotos, por favor, mándamelas, para hacerles hueco en sucesivas entregas.
      Manuel Ojeda Carrión es el chico moreno que está a tu derecha?

  2. No se puede describir mejor lo que fue mi paso por este lugar, yo creí que estuve en el año 1965, y si no me saca Juan tamargo de la poza, bajo el puente, allí habrían terminado mis días, la comida era imposible, como ejemplo, el desayuno era un cazo de aceite sobre un plato con un puñado de sal y un mendrugo de pan, en mi vida podía imaginar un desayuno así, como no fuera en un lugar de castigo, pero ni recuerdo es imborrable por la camaradería y los amigos que hice allí, y después pude continuar con ellos en Alcalá la real y ubeda, los responsables hacían un trabajo encomiable.

    1. Gracias por tu comentario.
      Lo de salvarse de la ahogadilla era cosa común. A mí me pasó en otro sitio.
      El trabajo de los maestros y curas de la SAFA era muy de agradecer, teniendo en cuenta que la mayoría de nosotros no teníamos ni la más remota posibilidad de disfrutar de vacaciones en la naturaleza. En la SAFA de Riotinto nos llevaban a la playa de Mazagón.

  3. Gracias, José Luis, por ese fresco que nos pintas. Veo que las cosas habían cambiado poco desde agosto de 1960, cuando yo participé en el campamento del Puente de las Herrerías. A nosotros no nos llevaron en un asmático autobús, sino en un traqueteante camión, todos embutidos en la caja. La Safa entonces tenía un camión que nos llevaba de excursión a diversos sitios (recuerdo a Sabiote, Begíjar, el Tranco, Lopera…). Por lo que os leo, yo tuve más suerte con eso de la comida. Teníamos un cocinero de nombre Lucas, de Jaén, que era un verdadero artista y un buen hombre; no comíamos mal.

    1. Gracias, Alfredo, por tu comentario.
      Efectivamente, conocía por otros compañeros de AAMSU lo de los trayectos en el camión de la SAFA. A nosotros nos llevaron así a otro sitio del Guadalquivir, el Embalse de Doña Aldonza.
      En general, en la distancia, los recuerdos de esos campamentos son muy agradables para todos, y se olvidan o disculpan los aspectos menos lucidos.

  4. Echo en falta,lo de una tienduca de madera, a un par de kilómetros río abajo,dónde podíamos comprar alguna lata de sardinas y caramelos y pipas. No había polos.Tambien las visitas de algún jefecillo de la OJE, camisa azul, yugo y flechas en el bordados en el bolsillo de la camisa, y algunos padres más pudientes que los nuestros que se acercaban el día de visita. O eso ocurrió durante el campamento para ser instructor elemental? Se solapan los recuerdos.

  5. Gracias, Antonio, Por tu comentario.
    Lo de la tienduca lo había olvidado.
    Lo del falangista lo he reseñado en el siguiente artículo, el 9, de las excursiones.
    Y sí, los de la OJE se paseaban continuamente por el campamento para ser Instructor, con sus camisas azules, sus boinas rojas, y sus gallinas bordadas en el bolsillo.
    Sigue aportándonos tus memorias, para que entre todos construyamos el mejor relato.
    Y creo que tú tenías bastantes fotos de nuestra estancia en SAFA. Mándame las que creas oportuno, y las publicamos.
    Un abrazo, Antonio. A ver si nos encontramos pronto.

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