¡QUÉ CALÓ!

¡QUÉ CALÓ!

Mariano Valcárcel González

¡Qué caló! Y manejamos el abanico con presteza, o acudimos a la botellita del agua un buche sí y otro también, nos colocamos un pañuelico sanferminero al cuello para empapar el sudor de la papada, nos despelotamos más o menos según lugar y circunstancias (y ¡hay que ver el despelote que se lleva según edades!) y si nos confinamos en casa le damos caña al aire acondicionado para regocijo de la compañía eléctrica. Como soy envidioso no entraré en si la casa es piso o mansión con piscina, para que no se me haga la boca agua.

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¡Mil gracias, José Mª, por tu desinteresada entrega!

Como los españoles -en general- y los ubetenses -en particular- somos muy dados a santificar al muerto, ignorando o denigrando al vivo, mientras anda en este mundo vivito y coleando, no quiero que esto ocurra con nuestro antiguo presidente de la Asociación de Antiguos Alumnos de Magisterio de la Safa de Úbeda (AAMSU), José María Berzosa Sánchez. Es mejor realizar los homenajes y parabienes en vida ya que, una vez se haya ido al otro barrio, sobran vaselinas y vanaglorias.

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RAZA

RAZA

Mariano Valcárcel González

No sé por qué me ha dado por pensar en esto de la cuestión racial y sus diferentes problemas. Creo en realidad que no es tanto cosa de diferentes razas sino de diferencias sociales (¡contra, has descubierto la pólvora negra, Mariano!)… Lleváis razón.

Todo viene porque me encontraba en una playa de zona racial diversa cuando observé que un grupo de negros, varones todos, hacían algo que me llamó la atención. Aquél grupo de negros  (sí, negros, nada de afro no sé qué aunque en último término proviniesen de África, lo cual no me puse a averiguar) realizaba ejercicios o de adquisición de condición física o de entrenamiento que me dejaron con la boca abierta. Continuar leyendo «RAZA»

Recuerdos de la SAFA – 7 : El recreo.

Recuerdos de un safista –  7.  El recreo

La comida no se alargaba innecesariamente. El Hermano P. y un maestro a quien yo aún no conocía se paseaban entre las mesas y de vez en cuando se sentaban en una que estaba a la derecha, en un rincón, junto a la puerta que daba a las cocinas. En un momento dado, supongo que al ver que estábamos terminando, dieron orden de ponerse en pie, y tras el consabido “Deo gratias” fuimos saliendo en orden de edad, o sea, los mayores los primeros y nosotros, los pequeños, los últimos.

Por el pasillo alicatado desfilamos en silencio y nos dejaron disfrutar de un breve tiempo libre, hasta las tres de la tarde. Habíamos salido a un patio interior, entre la iglesia y un edificio que supusimos que era el internado. Era amplio, y tenía en él un campo de baloncesto con dos torres metálicas de buena calidad, pintadas en color azul, con su red y todo. Algunos chicos mayores deambulaban por el patio y otros estaban sentados en un rincón rodeado de un murete, guarecidos del sol bajo un árbol. Algunos entraban y salían por una puerta que estaba en un rincón del patio, y que rápidamente pudimos deducir que era la zona de sus cuartos, a los que podían acceder de forma continua, cosa que no nos estaba permitido a nosotros, que por otro lado, tendríamos que subir dos plantas, hasta el dormitorio corrido.

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El constructor de cabañas

Érase una vez un inocente parvulito que tenía una visión mágico-fantástica del mundo y al que le sobraba imaginación. También poseía una enorme energía física, con ansias desbordadas de divertirse, lo que le permitía fantasear la realidad y hacer uso interesado de los materiales que encontraba a su alrededor.
Por eso, uno de sus juegos preferidos era construir una cabaña, cada día, (con el permiso de sus papás o abuelitos; si es que no podía conservar la antigua), tratando de que se acoplara -como anillo al dedo- a su dispersa imaginación; y, de camino, colmase toda su dicha infantil para poder transitar y esconderse en ella, mientras sus padres o abuelos hiciesen como que no lo encontraban, con gran regocijo y satisfacción por su parte.

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Hoy cumples diez meses…

Querido Saúl:
Cuando ahora lo que se lleva mayoritariamente son textos cortos, fríos y mutilados para felicitar o resaltar algún evento o cumpleaños, a través de las redes sociales modernas (Facebook, Whatsapp, Twitter, Instagram…), yo -siendo ya mayor- he preferido escribirte esta carta, a la vieja usanza, que me parece más sincera y amorosa para felicitarte por tu décimo cumplemés, ya que, en tu primer y segundo año de vida, cada treinta días, me parece una fiesta a celebrar, sin aspavientos ni alharacas, pero con gran alegría de mi corazón, ya que tú, mi segundo nieto, me estás haciendo pasar momentos tan agradables y dignos de vivirse, mientras tengo la suerte de tenerte entre mis brazos, cual abuelo enamorado, que nunca podré olvidarlos.

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¡Muchas gracias, queridos maestros!

Este amplio colectivo -de tan grande valía y resistencia- que abarca -para mí- desde el parvulario hasta la entrada en la universidad, es justo y necesario darles las gracias y ponerlos como ejemplo, cual cuadro de honor social (al igual que se ha hecho -merecidamente- con los sanitarios, en todos los medios de comunicación), pues habiendo pasado el difícil y complicado curso 2019-20 (de infausta memoria) con la improvisada educación a distancia; y tras soportar siete reformas o leyes educativas, en las cuatro décadas anteriores, ahora están atenazados por la octava, que prepara la ministra Isabel Celaá y que rematará el fracaso -tantas veces anunciado-, por no ponerse de acuerdo los políticos de este país en una cosa tan básica como la educación de los españoles, sin infundirles connotaciones políticas espúreas y ajenas a lo que verdaderamente necesita un españolito de a pie del siglo XXI.

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RESPETO

RESPETO

Mariano Valcárcel González

Recordaba José Luis lo de la misa diaria durante el curso, a las ocho de la mañana salvo los sábados y domingos, que eran fiestas de guardar con menos disciplina (aunque nunca se liberaban de las consecuencias habidas o merecidas durante la semana). Bien que los internos pasaban de sus dormitorios por los sótanos y pasillos lóbregos hasta la iglesia mayor, pero los externos habíamos de andarnos las calles ubetenses frías y húmedas, oscuras, para presentarnos a lista del Pecos. Y adentro, a misear.

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Vicisitudes de la vejez, 17

Hoy toca hablar de cosas más íntimas pues -llegada cierta edad- a una ya no le importa hacer públicas ciertas intimidades que guarda en el hondón de su memoria y del corazón; y que ninguna o pocas amistades y/o familiares conocen.
Todos sabemos que a las mujeres -al menos a las de mi generación y edad; y a las siguientes, cuando se va envejeciendo- nos gusta hablar de nuestros amores, de nuestras enfermedades y cuitas; y, sobre todo, de nuestros azarosos (o no) embarazos y partos, regodeándonos al contarlos de manera especial, amén de la crianza y evolución de nuestros hijos.

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Recuerdos de la SAFA-9: Las excursiones

Recuerdos de un safista –  9: Las excursiones

Hoy toca excursión. Como es la primera, no va a ser muy larga: una caminata, río abajo, dejando a la izquierda Vadillo, y allí un desvío hacia la Cerrada del Utrero.

Es la primera hora de la mañana, y el camino es ancho y sombreado, por el que marchamos en fila, animados y cantarines. Ya veremos después.

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