Recuerdos de la SAFA – 6. La comida

Recuerdos de un safista – 6. La comida

En ese momento, sonó el timbre, y Don J. interrumpió a nuestro compañero, diciéndole “Vale, vale, ya seguirás en otro momento. Recoged, que ya viene Don Isaac, y le gusta ser puntual”. Y tan puntual: no había terminado de decirlo cuando un enérgico toque en la puerta dio paso a un señor con el pelo canoso, ondulado y peinado hacia atrás, con una chaqueta cruzada de mezclilla color beige y marrón, una corbata no muy bien anudada, y  un cigarrillo amarillento en la comisura de los labios.

Esperó a que Don J. saliese, se subió a la tarima, y con una voz sorprendente por lo rasgada, nos dijo: “Vais a aprender el himno de la SAFA, que el domingo lo cantaremos”. Y nos dejó sorprendidos cuando esa voz se transformó en la de un tenor alto al entonar los versos que estaban escritos en la pizarra. Parecía mentira que esa voz estuviese tras el carraspeo con el que nos habló!  Muchas mañanas oiríamos cómo, desde el coro, entonaba el solo de los himnos religiosos en la iglesia, sobre todo el pasaje del Gloria que nos hacía volver la cabeza a todos: “Gloria in excelsis Deo, et in terra pax hominibus bonae voluntatis.”.

No quedó muy satisfecho con nuestros primeros intentos, porque la verdad es cada uno iba por su lado, pero apenas le dio tiempo para más, pues la hora de comer se había echado encima.

Rápidamente, formamos filas, y salimos como sería norma durante años: en dos filas, los más pequeños los primeros y los más altos cerrando la línea, pegados a las paredes alicatadas de beige amarillento, y cediendo el paso a las filas de los cursos superiores a nosotros. O sea, nos quedamos los últimos…

Llegados al comedor, tras esperar en el pasillo, seguimos la cola hasta una barra de autoservicio, lo que fue otra novedad para mí. Las filas se acercaban por el centro y cada una giraba ora a la izquierda, ora a la derecha, recogiendo una bandeja metálica con cinco concavidades.

Lo primero, los cubiertos, en el hueco central. Luego el primer plato, que te lo servían con solvencia con un enorme cucharón. Ese día, garbanzos con algo. No supe reconocer en ese momento qué era ese algo, pero sí me acordaré siempre de los garbanzos…Luego, una monja te servía el segundo en otro de los huecos: patatas fritas con una pinta de llevar horas en la enorme bandeja cuadrada del mostrador del autoservicio y dos huevos fritos estampados sobre ellas. Y no te pares a decir nada, porque el de atrás te achucha con la bandeja. Al final, cogías una naranja y por último, un trozo de pan. Como yo era el primero de la fila, no sabía muy bien a dónde ir. Y en éstas aparece el Hermano P. y con un gesto me indica las mesas del extremo izquierdo, al final de la barra de autoservicio.

En cada mesa había una jarra metálica llena de agua y ocho vasos de duralex transparente.

El Hermano P. me hizo señas de que esperase a que llegasen los restantes compañeros de mesa. Observé que todo el comedor, enorme, y casi lleno de gente, estaba en absoluto silencio. No se oía una mosca, sólo el trajín del servicio a los que aún estaban con sus bandejas en el mostrador.

Cuando todos estábamos en nuestras mesas, otro cura, a quien yo no conocía, dijo “Deo gratias” y contestaron “Amen”. Ya me quedé con el cuento para lo sucesivo. Y empezamos a comer.

Los garbanzos, huelga decirlo, no eran como los de nuestras madres: duros, nadando en un caldo ligero en el que se veían algunos trozos de lo que luego supimos que eran hilas de bacalao y alguna que otra patata. Me di cuenta que no tenía servilleta, y un compañero de mesa, que había sido interno el año pasado, me dijo que había que traerla, con un marcador para individualizarla, y dejarla en unos casilleros abiertos, de madera, de color marrón, que ocupaban toda la pared que había según se entraba a la izquierda. Y que debía traerla marcada, como toda la ropa. Y entonces me acordé de la carta que recibimos en casa antes del principio de curso, en septiembre, en la que nos comunicaban haber sido aceptado en la SAFA de Úbeda.

Esa carta constituyó una alegría inmensa para mi familia, pues era la solución a sus anhelos de dar un futuro a uno de sus hijos. Para mí fue una sensación mixta: me alegraba haber sido seleccionado para estudiar para Maestro (como me repetían una y otra vez los curas de la SAFA de Riotinto, en especial el P. Ibáñez) pero me apenaba irme de mi pueblo, de mi barrio, de mis amigos. Lo de separarme de la familia ya lo había padecido, pues mi madre, como tantos otros millones de compatriotas, había tenido que emigrar a Alemania.

Precisamente porque en breve tendría que volver a Bremen, a la fábrica textil donde estaba contratada, se apresuró a cumplir los requisitos que se fijaban en la carta. La ropa de vestir y la de cama lo arregló pronto, la bolsa para la ropa la confeccionó con una tela de paño recio de cocina que se trajo de la fábrica alemana, pero lo del marcado con el nº 13 le desconcertó. ¿Bordar todas las prendas con el número?  ¡Vaya trabajo! Pero nuestra vecina, Concha la de los Mantones (llamada así porque tenía un taller clandestino de bordado de esas prendas para los jerifaltes del régimen. Bueno, para sus señoras y queridas, claro…), se lo solucionó: sabía de una mercería sevillana que tenía tiras de números, con lo que compró tiras del 1 y del 3, y las cosió a toda la ropa. Lo de las bromas sobre la mala suerte que traía el número dichoso, lo dejo a la fértil imaginación de los lectores, pero la verdad es que no fue cosa que me afectase mucho… Aún sigo comprando décimos que terminen en 13, aunque con nula fortuna.

(Continuará)

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