Los Viejos, y 2

Hace más de cincuenta años tuve una conversación con un médico que sirvió en el ejército alemán durante la II Guerra Mundial (no lo hizo por gusto; le habían obligado). En el hospital de campaña donde trabajaba, cerca de un campo de batalla, se recibían a diario decenas de heridos que eran rápidamente examinados por el médico jefe, quien los clasificaba según la gravedad. Los soldados más graves eran inyectados con morfina y se les ponía aparte para que murieran de la forma menos dolorosa posible. No se les curaba porque, con el tiempo y esfuerzo que se necesitaba para salvar a uno, se podrían curar y salvar tres o cuatro soldados no tan graves. Era cuestión de elegir lo menos malo.

La Medicina de Guerra está plagada de calamidades difíciles de imaginar por quienes no hemos hecho ninguna guerra. Las situaciones extremas generan contradicciones entre la moral pública y la individual difíciles de resolver, remarcan la relatividad de lo que nosotros llamamos ética y pone en entredicho conceptos claves de nuestra civilización como eso de que el fin no justifica los medios. La guerra es la negación, el reverso de la humanidad.

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Recuerdos de la SAFA – 4. Vamos a clase

Hoy debería estar en Úbeda, celebrando con mis compañeros de clase el reencuentro cincuenta años después de despedirnos en la explanada de la SAFA, cada uno a su destino, fuese éste el que fuese. Y no son los recuerdos de ese último día, sino los del primero los que se amontonan desordenadamente en mi memoria, y el tiempo transcurrido hace que se mezclen con otros similares pero acaecidos años después.

Ese día primero lo abordamos con los ojos muy abiertos, con un plus de contención e incluso temor, porque todo era nuevo para nosotros. Pero sobre todo, al menos para mí, todo tenía unas dimensiones que me desbordaban: el dormitorio, la iglesia, el comedor, los pasillos,… todo era desproporcionado y severo, apabullante y llamativo. Intentaba comentar todo esto con los únicos amigos que tenía hasta ese momento, los dos que vinieron conmigo desde la SAFA de Riotinto, el chispeante N. y el formal S.G. Pero los dos estaban tan impactados como yo, y poco más podíamos decir de “¡Mira qué…!”

Ese primer día dedicamos el primer tramo horario a recibir instrucciones y a conocer las normas de la casa. Lo primero, el horario. Y vimos que empezaríamos temprano todos los días (a las 7:15), salvo los domingos (suspiro de alivio) que nos levantaríamos… a las 8:00 (puf!!). Los sábados era algo distinto: las mañanas como cualquier día, pero las tardes se apretaban un poco para permitir un breve paseo de poco más de hora y media.

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