Ojos

OJOS

Mariano Valcárcel González

¡Ay, lo que sabía el Profeta Mahoma y lo cuco que era!

¿Que a qué viene esta alabanza del fundador del islam, secta religiosa multitudinaria a nivel mundial y en ocasiones furibundamente activa? Pues mire usted por donde, por las actuales circunstancias que nos obligan a ponernos unas mascarillas más o menos eficaces contra la epidemia que nos tiene acojonados a todos (o casi).

No, no es que yo haya entrado en esa religión derivada de las otras dos monoteístas y todas pues y en realidad hijas de un mismo padre, tampoco que me pirre por colocarle a mi mujer y a mis hijas y nieta (y por extensión a toda hembra viviente) unas faldillas de mesa camilla con rejilla para poder ver a su través, tal que parezcan eso, mesas camillas andantes de las que uno no sabe si llevarán el brasero de picón anexo, con el atizador o paletilla que le llamábamos en mi pueblo y también en las ascuas un boniato a asar. Desde luego cubrirlas a lo grajo con telas y velamen negros de arriba hasta abajo y así darles apariencias de sombras vivientes, huidizas por pasadizos y rincones no es mi mayor ilusión.

En aras de la intención del Profeta de mantener a las hembras en castidad exterior manifiesta, lo que garantizaba según su sapienza la honestidad y fidelidad necesaria y conveniente de este colectivo tal vez tendente al descoque y a las ideas casquivanas, que nunca se podía un hombre fiar, pues que predicaba cierta contención y resguardo de la belleza femenina como tesoro de propiedad y disfrute en lo privado. Así el tener mucha discreción en ciertas exhibiciones lo que se lograba con velar las formas y detalles de la anatomía de las hembras (máxime cuando estaban en estado de merecer).

Bien, ha sido condición universal en tiempo y espacio que como en todas partes cuecen habas también eso de velar por la integridad femenina (más en vista a lograr la integridad masculina) se ha venido ejerciendo con peor o mejor fortuna según los casos y las condiciones existentes. Los religiosos en general sabían que a la mujer había que atarla en corto puesto que si se aflojaba la cuerda existía el claro peligro, demostrado, de que tomada la mano se tomasen el codo (en este caso enseñada la mano se lanzaban a enseñar el codo, todo el brazo y …). Así que si no se llegaba a obedecer al árabe al menos se tenían en cuenta sus advertencias.

Como todo se movía se vino a definir erotismo como el arte y técnica de excitar los sentidos carnales mediante la utilización de los recursos que las hembras poseían, mucho más elocuentes que lo que los machos de la especie humana pueden hacer con los suyos (de por sí carentes de misterio y gracia). Y ahí alguien llegó a teorías excelsas y muy elaboradas.

Los tiempos actuales son propensos en nuestra sociedad a la exhibición de cuerpos y carnes sin apenas limitación (y si estamos en las áreas definidas como nudistas pues sin limitación alguna) y no es nada extraño ver, observar y calibrar cuerpos divinos en criaturas que los tienen y no se reservan mostrarlos. Tanto más hermosos cuanto más jóvenes y cuidados (indudablemente) aunque hay cierta madurez que no tiene que envidiar nada de lo más joven. No soy hipócrita, es un gozo contemplarlos. Son tentaciones que nos tienen día sí y día también comidos del ansia viva (que diría el humorista) a sabiendas que ni podemos ni debemos catarlos. Justo es que cada una, dueña de su cuerpo, decida qué, dónde, con quién sin imposición ni presión alguna, no digamos ya ejercida violencia.

Sin embargo, en aras de lo erótico, sus teóricos ya advirtieron que lo menos era lo más. O sea, que no enseñando todo sino lo mínimo o alguna zona o detalle muy concretos la mujer podía llevar al hombre a la locura. Pues la imaginación es un grandísimo potenciador del deseo.

Tengo un amigo que cuelga en el Facebook de vez en cuando alguna fotografía de chica, modelo se entiende, vestida elegantemente pero con ciertas sutilezas muy concretas que dejan entrever un cuerpo escultural de los que los mortales decimos “que no existen”… Enseñan e incitan más que si esos mismos cuerpazos se hubiesen mostrado totalmente desnudos.

En estas estamos, como se entenderá, que venido el desastre de la epidemia y luego venida la necesidad del uso de mascarilla (con más o menos convencimiento o al menos por miedo al contagio) salimos a las calles, penetramos en ciertos lugares, provistos y dotados de las mismas. Y en ese concierto de rostros enmascarados, en el desfile de supuestos delincuentes que en cualquier momento nos pueden atracar, me he entretenido en observar a las mujeres que pasan por mi lado provistas y veladas con mascarillas, dejando solo ver de sus caras sus ojos.

Ahí la razón de ser de la entrada a este escrito.

Ojos bellísimos que dejan soñar sin necesidad de ver, de observar nada más. Ojos (la canción aquella de “Ojos de España”) que te deslizan a la adivinación, más que adivinación certeza, de lo que tras ellos se esconde. Ojos que, se entiende, valen por ellos trocar un imperio. Ojos, rasgados u oblicuos, oscuros e insondables o claros y diáfanos, grandes cono planetas, enmarcados con aplicaciones estéticas o sencillamente ojos sin complementos. Ojos que miran y ojos que aparentan no hacerlo.

Alguien habló alguna vez del lenguaje de los ojos. Aquellos tiempos en los que el uso del abanico, y su diestro manejo, era toda una enciclopedia de la comunicación. Y se entendían ¡vaya que sí! Pues eso, que como nos descuidemos volveremos a tiempos quizás olvidados, aunque no del todo. O sea, que hay cosas inmortales e inevitables. Amén.

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