Recuerdos de la SAFA – 2. La misa.

Recuerdos de un safista – 2. La misa.

Esa primera noche en Úbeda se me hizo muy corta: cuando creía haber cogido el sueño (o eso me pareció a mí), un estruendo me despertó: el Hermano P. se movía por el pasillo instándonos a salir de la cama y vestirnos, pues en pocos minutos teníamos misa. ¿Misa? , ¿misa hoy, martes?, nos preguntábamos unos a otros. Un chico de Villanueva, ya experto en estas lides, nos musitó: sí, sí… En ese momento no podía imaginarme cuántos cientos de Glorias y de Kyrie Eleison me iba a tragar…

Había unos lavabos junto a la entrada, donde medio adormilados nos chapuzamos la cara y las manos, y corriendo nos colocaron en fila. Esto no era tanta novedad para mí, pues en la escuela se hacían filas para entrar y salir, pero no podía imaginar la precisión y marcialidad que llegaríamos a alcanzar en la SAFA. Nos dijeron: ¡ordenarse por estatura! Yo miré aquí y allá, y cuál no fue mi sorpresa al ver que tenía el dudoso honor de encabezar las filas con otro compañero de Montellano: éramos los más bajitos.

En mi escuela de mi pueblo, donde lógicamente nos helábamos en invierno y nos cocíamos en verano, empezábamos el día cantando el himno nacional (con la letra de Pemán, ya sabéis, esa de “…alzad los brazos hijos / del pueblo español / que vuelve a resurgir…”), o el de la Falange, o el de “Yo tenía un camarada”, según le apeteciese al maestro ese día. Y había que sabérselos, porque de vez en cuando nos visitaba un señor, con el pelo engominado y estirado hacia atrás, con un bigotillo que parecía una fila de hormigas, que vestía una camisa azul bajo el terno bien planchado, y nos sometía a múltiples preguntas para comprobar nuestro dominio de las consignas de la F.E.N. (Formación del Espíritu Nacional, para los legos y los jovencitos que esto lean). Aprendimos que “España era una unidad de destino en lo universal” (nunca entendimos qué era eso, pero lo memorizamos y repetíamos como papagayos), que nos gobernaba la “más preclara espada de Occidente” que nos vigilaba día y noche desde “la lucecita que brillaba en El Pardo”, para evitar las asechanzas de la “conspiración judeomasónica en lo espiritual y comunista en lo material”. Cuando alguno de nosotros no sabía responder bien, este señor se enfadaba mucho, nos daba un par de bofetones o nos tiraba de las patillas, y le decía al maestro “ya hablaremos usted y yo…!”. No sé de qué hablaban, pero el maestro volvía muy enfadado y soltaba otro par de bofetones al que se escantillaba.

A las niñas las visitaban unas señoras, con faldas oscuras muy largas y la misma camisa azul, y con un bigotillo que no desmerecía del que lucía el señor enfadado.

En dos filas y en absoluto silencio nos desplazamos a la iglesia. Si anoche, al llegar me pareció impresionante, con su fachada labrada, ahora me sorprendió su interior, al que accedimos por un pasillo interior, sin salir a la calle. Al atravesar una puerta de cuarterones de madera oscura, entramos en una nave enorme, con múltiples bancos de madera, sumidos en una semioscuridad que hacía destacar más la cabecera, donde tras el altar, flotando delante de un muro de ladrillos, había un crucificado sin cruz. No había visto cosa igual en mi vida.

Ya había otros niños en la iglesia, y el Hermano P. nos dirigió a la parte delantera, a la izquierda, donde nos indicó cómo colocarnos en los bancos, según se llegaba en la fila, de seis en seis, sin alterar el orden. Un gesto, un simple gesto bastó para que supiésemos que debíamos permanecer de pie.

La misa, toda en latín, se me hizo larguísima. Aunque más o menos tenía idea de cuándo estar de pie y cuándo arrodillarme, me limité a seguir la onda sonora de los más expertos, sentados detrás y a la derecha. La letanía, todavía ininteligible para mí, la seguíamos musitando o simplemente moviendo los labios. Pronto aprenderíamos de corrido la liturgia: “Ed introibo ad altare Dei” “At Deum qui laetificat ioventutem meam”.

Lo cierto es que mis tripas se removían inquietas, por el ayuno forzoso desde ayer a mediodía, y aún no sabía cuál era el programa. Al final, cuando ya los rugidos estomacales parecían atronar la iglesia, el cura oficiante dijo las palabras mágicas: “Benedicat vos omnipotens Deus, Pater et Filius et Spiritus Sanctus”, y respondimos “Amen”. Pero ahí se paró, cerró un enorme libro que tenía en un lateral, mantuvo unos segundos el silencio, y suspiramos con alivio al oír, por fin: “Ite missa est”; “Deo gratias!”.

(Continuará…)

5 opiniones en “Recuerdos de la SAFA – 2. La misa.”

  1. Muy bueno José Luis, me río cuando te imagino la gran novedad de la misa y la rapidez para formar las filas.

  2. Deliciosa lectura, José Luis. Parecía yo el que describes. Los mismos espacios, las mismas sensaciones… Recuerdo que el fondo de ladrillo del Cristo tardaron en construirlo una eternidad. Más de un año. Nunca supe por qué.
    Gracias por deleitarnos con la nostalgia positiva.

    1. De nada, Diego.
      Creo que éste es un ejercicio positivo para quienes, como nosotros, hemos vivido tanto y con tantas vicisitudes y nospodemos permitir echar la vista atrás sin resentimiento. La verdad es que, cuanto más reflexiono sobre esos años, más me siento un afortunado, con todas las sombras, que existieron, pero que ahora se desvanecen con las luces de nuestro criterio maduro.

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