Recuerdos de la SAFA 1 : A resultas de un aniversario

A la hora de escribir estas líneas, debería estar preparando los detalles de un deseado viaje a Úbeda. Cosas sencillas: confirmar la reserva del hotel, mirar si hay alguna actividad interesante en esas fechas, buscar en las redes comentarios sobre algunos restaurantes para catar sus delicias, mandar algunos whatsapp a los amigos para quedar… Pero nada de eso se da ahora: una pandemia mundial ha borrado esas expectativas.

Íbamos a celebrar el 50º aniversario de haber terminado los estudios, y pensando, pensando me ha venido a las mientes cómo los había empezado.

Aún con cierta niebla en la memoria, recuerdo que mi primera imagen de Úbeda fue un muro de piedra con una verja metálica, una iglesia con un enorme mural en relieve, una explanada de tierra y un edificio con un arco de entrada. Era de noche y hacía frío, para ser principios de octubre. De pie, aferrando mi maleta de cartón con una soga atada para evitar que se abriera, esperaba que me indicasen qué hacer y a dónde ir. Miraba con los ojos como platos ese edificio y estaba muy atento a los compañeros mayores que yo, que se movían con envidiable soltura.

En el patio de columnas, que aún no había sido cubierto, vino a recogernos un cura, delgado, con gafas, que llevaba un silbato en la mano derecha, y que se presentó como el Hermano P., nuestro tutor. Allí, en un rincón, nos juntaron con otros niños, que venían de Montellano (que yo ni siquiera sabía dónde estaba eso), y nos llevaron al que iba a ser nuestro dormitorio.

Y qué dormitorio! Jamás había visto una habitación tan grande: una nave larguísima, con decenas de camas alineadas en ambas paredes, intercaladas por una mesilla. A la izquierda, una hilera de ventanas. Al fondo, casi minúsculo por la lejanía, un crucifijo. Luces tenues velaban sus blancas paredes.

Tras asignarnos a cada uno su sitio, abrimos las maletas para sacar las sábanas y hacernos la cama. No era yo muy experto en eso, y me salió un desastre: la sábana inferior no llegaba a la cabecera, y la superior apenas sobrepasaba la manta. Pronto aprendí a hacerla perfecta, porque unas monjitas hacían una revisión y nos ponían una nota. Y si la cama no estaba bien hecha, el cura tutor no dudaba en deshacerla arrojando toda la ropa al suelo. Pronto envidié la perfección de H. o de I., que hacían verdaderos prismas perfectos, con esquinas a 90º. Nunca supe cómo lo conseguían.

Esa noche me costó mucho conciliar el sueño. No terminaba de creerme lo que me había pasado: esa mañana, muy temprano, mi madre me despedía, aguantándose las lágrimas, en la Cañadílla de mi pueblo, y ahora yo estaba en un dormitorio frío y a oscuras, en una ciudad que amenazaba ser hostil, rodeado de niños que, como yo, rebullían en sus jergones y se les escapaba más de un llanto. De vez en cuando, una figura negra y silenciosa, se paseaba por el pasillo central del dormitorio y mandaba callar con un “chisstt..!” a quien se le escapase un jipido de pena.

¿Cómo empezó esta aventura, que me había llevado a cientos de kilómetros de mi pueblo? Yo, que el viaje más largo que hice fue a la capital de la provincia, por motivos médicos familiares… Veía a mi pueblo, pequeño, arracimado entre colinas, rodeado de cerros rojizos de mineral, dominado por un imponente Cerro Colorado, resultado de siglos de acopios de escorias de piritas, que dominaba el pequeño cuadrado de la ventana de mi escuela. Mi escuela… Era una Escuela Unitaria, subterfugio para definir un almacén de niños. Yo, como muchos de nosotros, venía de una enseñanza primaria raquítica y basada en la repetición y la memoria.

En mi pueblo,  como en tantos otros, la llamada Escuela Unitaria era un galpón rectangular, dividido en dos por un tabique: a un lado, los niños; al otro, las niñas. En cada uno, casi un centenar de chavales amontonados en pupitres compartidos, de madera desgastada y llena de marcas y rayajos herencia de sus anteriores ocupantes. El maestro, Don T.  y luego Don L. (omito los nombres por el lógico respeto), en el centro, con su mesa, su pizarra y su armario, nos distribuía según su leal saber y entender: los que estaban aprendiendo a leer y escribir, delante de él. Los que medio sabían, y ya avanzaban en la Enciclopedia Álvarez, al fondo. Lo que eran capaces de expresarse, hacer los cálculos básicos y memorizar la lección del día, a su derecha. No nos sentábamos por edad, sino por conocimientos. Y cuando cumplían los doce, a la calle, aunque estuvieras en el primer grupo (que los hubo).

No sabíamos que los niños pudiesen organizarse por clases según su edad. Nos decían que sí, que en la capital había lo que se llamaba “Grupo Escolar”, pero nos sonaba a chino. Cuando llegué por primera vez a la SAFA de Riotinto y vi a cada lado del enorme patio seis aulas alineadas, delante de cada una de las cuales se formaban filas de pequeñajos (yo me creía mayor, ya estaba en Preaprendizaje), descubrí que esa entelequia era posible. Y que cada aula era de unos 30 niños, con un maestro para cada una, algo impensable.

(Continuará…)

NB: Los títulos de las fotografías aparecen al pasar el cursor sobre ellas.

5 opiniones en “Recuerdos de la SAFA 1 : A resultas de un aniversario”

  1. Hola José Luis, el Hermano P. (Emilio Peco Marco de León), hace unos años
    que murió.
    Me puedes decir con las iniciales H. y I., los de las camas, a quien te refieres.
    Me ha encantado recordar todo eso.
    Gracias.

    1. Hola, Juan Antonio.
      Lamento enterarme del fallecimiento de nuestro tutor de 2º Pre.
      Por otro lado, sí que eras un artista haciendo la cama. La envidia del barrio, vamos…
      Un abrazo

  2. En hora buena José Luis. Es un retrato fiel de aquellos chavales que nos tocó vivir en aquella época de la posguerra española. Yo mismo me veo reflejado. Felicidades por tu buena memoria y tu estilo de descripción. Esperaré la segunda par te. Un fuerte abrazo de tu amigo de Cádiz. PACO Glez.Chamorro.

  3. Gracias, Paco.
    Trato de exprimir mi memoria y reflejar lo mejor que pueda nuestras vivencias de infancia y adolescencia en SAFA Úbeda y en las escuelas que se desparramaban por los pueblos andaluces. Un abrazo

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