Los Viejos

[Nota previa: No habría escrito nada acerca de la vejez de no haber sido por la catástrofe que la actual pandemia ha causado entre los mayores, ante la cual no puedo permanecer impasible]

Hablaré sobre la vejez desde un punto de vista bio-histórico y dejaré para otra vez los avatares sufridos por los viejos durante esta pandemia y el trato que, en general, han recibido. Hoy día, se clama justamente contra la discriminación por sexo, orientación sexual, nacionalidad y procedencia, raza, cultura y demás, pero resulta chocante que no haya aparecido ninguna crítica a nivel popular, aunque sí a nivel académico (edadismo), a la discriminación de los viejos, a pesar de ser estos tan abundantes en la sociedad. Espero que en la previsible desescalada post-epidémica, no se discrimine a los mayores manteniéndolos recluidos.  Hay lugares, no obstante, donde a los viejos con COVID-19 se les ha tratado aún peor que en España (https://www.elconfidencial.com/mundo/europa/2020-03-27/paises-bajos-coronavirus-colapso-cultura-muerte_2517808/)).

La biología nos dice que la involución, la vejez, empieza a la temprana edad de 25 años. Los seres vivos, en especial los vertebrados superiores, no alcanzan un estado estacionario en ninguna etapa de su vida. De la evolución se pasa a la involución sin, prácticamente, solución de continuidad. De hecho la explicación de la vida son sus etapas, el nacimiento, el crecimiento, la decrepitud y la muerte. Todo está dictado por las leyes más elementales de la Termodinámica: se atesora entropía (organización interna) hasta un equilibrio muy inestable, que luego se va devolviendo al Universo hasta que nuestros huesos queden reducidos a las moléculas inorgánicas más simples (fosfato cálcico, principalmente), porque la muerte es una parte de la vida.

La longevidad hasta hace siglo y medio era de 30 años. En 1860, la esperanza de vida en Andalucía era de poco más de 25 años; en 1910, había subido hasta los 39 años. Esta cifra era tan baja debido, en buena parte, a la altísima mortalidad infantil, que a principios del siglo XX en España era de 186‰  (file:///C:/Users/Alfredo/AppData/Local/Temp/Dialnet-GeografiaDeLaMortalidadEspanolaDelSigloXIX-1308538.pdf). Debemos alegrarnos: hoy día nuestra mortalidad infantil es de 3,2 ‰, la más baja del mundo.

Estas cifras promedio no contradecían el hecho de que algunos individuos, pocos, alcanzaban edades avanzadas. En los albores de la Humanidad, los viejos eran considerados como un bien a conservar; ellos eran los que poseían los recuerdos en tiempos en que no existía la escritura. Ellos eran los que conservaban la memoria de la tribu, las leyes y los remedios médicos. Les pasaba como ahora ocurre con los elefantes, considerados desde el punto de vista evolutivo como un modelo muy avanzado de organización social. La manada consiste en hembras con solo machos infantiles que cuando llegan a su pubertad son amablemente invitados a largarse; ya se les llamará cuando el estro aflore, en el momento de procrear. La manada está dirigida por una hembra, normalmente la más vieja, que es la que custodia los recuerdos y costumbres, la que conoce el camino y lo indica a las demás en su migración para encontrar pastos en las diferentes épocas del año.

Cualquier sociedad ha mantenido, hasta ahora, respeto por los viejos. Marco Tulio Cicerón (ese que escribió cosas, cuya traducción nos atormentaba de jóvenes) vivió en el s. I a C hasta que fue asesinado (causa causarum, miserere me, dicen que dijo al morir) a la edad de 63 años; era ya un viejo en aquellos tiempos. Escribió su famosa obra De Senectute en forma de diálogo entre Catón el Viejo (a la sazón de 84 años; moriría un año más tarde) y dos jóvenes. Esta obra es una apología a la vejez dignificada, a la que todos quieren llegar para luego quejarse de ella cuando se ha alcanzado (una edición bilingüe está en https://www.atrio.org/wp-content/uploads/DE-SENECTUTE.pdf).

Hoy día, los viejos no son necesarios, ni parecen necesitarse como custodios de experiencias y conocimientos; cualquier cosa que necesitemos saber la encontraremos en google. El problema es que, al ritmo que avanzan, o retroceden, los tiempos, no solamente los viejos serán prescindibles, sino también los más jóvenes, pongamos, los mayores de 40 años. De hecho, 40 años era la longevidad media de la gente en tiempos pasados, si se hacía una corrección hacia arriba a cuenta de la alta mortalidad infantil. A los cuarenta habían tenido tiempo de engendrar siete u ocho hijos. A los cuarenta ya no se tenía fuerza ni reflejos para ir a cazar los grandes herbívoros de aquellos tiempos. Un deportista de élite difícilmente pasa de los treinta y cinco.

He conocido viejos que cada año que cumplían lo consideraban como una victoria, necesariamente parcial, contra la muerte, a la que se le pueden ganar batallas, pero no la guerra (esta obviedad es propia de un viejo, lo reconozco). En la antigüedad, vivir muchos años era considerado como un merecido premio a una vida gloriosa y virtuosa, desde los 900 años de Matusalén hasta los más de 100 de Demócrito de Ábdera (o de Mileto).

La longevidad en una sociedad como la española se ha multiplicado por dos en poco más de un siglo hasta rebasar los 83 años de media. La pirámide poblacional engorda por arriba y se adelgaza por abajo. Surgen enfermedades que antes eran prácticamente desconocidas. Hace un siglo, apenas había casos de cáncer, de enfermedades vasculares (ictus, infarto) o neurodegenerativas por la sencilla razón de que se moría antes de procesos que hoy consideraríamos banales o, al menos, enteramente curables (neumonía, obstrucción intestinal, partos difíciles, enfermedades puerperales, etc). Y al no llegar a viejos, apenas había casos relacionados con la neurodegeneración, demencia senil y otras (hago la observación que el alceimer —descrita por Alois Alzheimer en 1907 como una rareza— se aplica indebidamente a cualquier proceso neurodegenerativo; algún día me extenderé sobre esto).

Una reacción de la sociedad ante la “elongación” vital ha sido retrasar el “tempo”. La instrucción se ha hecho más larga, las carreras necesitan ser adobadas por una colección de másteres si se quiere engordar un CV. Una de las consecuencias es que se casa uno tarde y se tienen hijos más tarde aún (a los 30,7 años tiene la española su primer hijo). Otra consecuencia será el inevitable retraso de la edad de jubilación, aunque eso requiera reacondicionamientos laborales (no se puede tener a un albañil de 70 subido a un andamio y quizá tampoco a un maestro de la misma edad enseñando a inquietos zascandiles).

Resulta entonces que el destino (en forma de progreso, medicina, alimentación, higiene…) nos ha regalado media vida, cuarenta años extra, y parece que ni la sociedad ni los individuos hemos digerido aín este conseguimiento. Parece que las sociedades, incluso las más avanzadas, no saben qué hacer con las “clases pasivas”, o sea, con nosotros los viejos que somos demasiado onerosos, gastamos mucho en hospitales y medicinas y, encima, al Estado se le va mucho dinero en pagar pensiones. Pero también hay muchos viejos que no saben cómo emplear el tiempo extra que el progreso les ha dado.

He tratado de mostrar la necesidad de adaptar la política a las nuevas circunstancias; los mayores de 65 años en España son casi el 20% de la población y esta proporción seguirá aumentando con o sin coronavirus (en Castilla-León, Asturias y Galicia superan el 25%; en la UE el % es del 22; los datos están sacados de http://envejecimiento.csic.es/documentos/documentos/enred-indicadoresbasicos2020.pdf ). A los 65 de edad (en teoría la edad de jubilación), al varón español le quedan más de 19 años de vida y a la mujer española, más de 23. Al menos el 50% de ellos goza de buena salud y, en general, la población tiene esas “patologías previas” que se compensan fácilmente con antihipertensivos, estatinas o hipoglucemiantes. Los españoles de más de 65 años están en su mayoría capacitados para desarrollar un trabajo que haría sus vidas más felices.

Muchos viejos no pueden seguir siendo viejos del modo en que han venido siendo hasta ahora. Realmente, los países más avanzados ya han decretado la jubilación a los 68 años efectivos (UK, Irlanda) y 67 años (Alemania, Italia, España).

Hemos entrado con rapidez en una situación nueva ante la que ha faltado política y medidas preventivas; ha bastado una epidemia, que solo parece un huracán de tipo medio, para demostrar lo ya sabido: que los viejos viven un tiempo al parecer prestado, largo, pero frágil; que tienen demasiado gastado su sistema inmune, que sus arterias son menos elásticas y propensas a criar placas de ateroma y que su epitelio pulmonar no se defiende bien contra un bicho invasor, como el virus corona. Urge una política diferente que reubique a los viejos dentro de la sociedad. Al que tenga dudas le diré que el futuro será como digo porque es una mera extrapolación del pasado: se puede seguir trabajando más tiempo siempre y cuando el trabajo sea adecuado a las posibilidades físicas del viejo. En una generación la longevidad de los españoles será de más de 90 años, a los 65 la expectación de vida futura alcanzará los 30 años y no veo fuera del trabajo otra forma de llenar ese tiempo. Para nuevos problemas son precisas nuevas soluciones.

Un comentario en “Los Viejos”

  1. Gracias Alfredo. Me quedo con las últimas líneas: A nuevos problemas son precisas nuevas soluciones. Debemos aprender a manejar con la sabiduría de los mayores y el entusiasmo de los jóvenes, la realidad de la proporción creciente de la población adulta por encima de los 60 años.

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