“Impulso criminal”

 

Nueva jornada cinéfila ubetense (la del 19 de noviembre de 2015), en la que se presentaron un reducido número de espectadores (féminas especialmente, que son siempre las más fieles), en la Sala del Club de Lectura del Hospital de Santiago de Úbeda (Jaén).
Aquel día reapareció Andrés, como las aguas del Guadiana, nuestro sempiterno gurú cinematográfico y amigo; lo que nos causó a todos una gran alegría. Su exquisito celo profesional había sido el causante de su prolongada ausencia, pues había estado muy lejos desarrollando su artístico trabajo de fotógrafo y camarógrafo, juntamente con su esposa.

Tan puntual, atento y diligente (como siempre), nos contó (en cuatro pinceladas) lo más sobresaliente de la película que íbamos a visionar, en castellano: “Impulso criminal” (Compulsion, 1959); con guión de Richard Murphy (basado en la homónima novela de Meyer Levin, 1956); y música de Lionel Newman. Fue dirigida por Richard Fleischer que emplea un gran contraste en la fotografía, realizada en blanco y negro por William C. Mellor, usando gran cantidad de angulaciones y planos realmente atípicos para lo que venía siendo su cine. Se nota la influencia del cine negro más expresionista.

Andrés supo ponernos la miel en los labios presentando esta película de Orson Welles, que no era tan conocida como otras ni llevaba una gran aureola. Y en verdad que, sin desvelarnos el final, Andrés nos dio unas certeras pinceladas del argumento de este filme. Incluso nos dijo que él hacía poco tiempo que la había descubierto, quedando gratamente impactado cuando la visionó (como nos ocurriría a todos los asistentes): por su suspense, a lo Alfred Hitchcock, y lo atento que se ha de estar, a lo largo de toda la cinta; ya que la historia que presenta está basada en hechos reales y llevada a cabo mediante la tortuosa relación sentimental entre dos psicópatas, interpretados, respectivamente, por Judd Steiner (Dean Stockwell) y Arthur Straus (Bradford Dillman) (ganadores, junto a Orson Welles, del premio al mejor actor en el festival de Cannes), una pareja de cínicos asesinos perfeccionistas de un caso tomado de la vida real, ocurrido en Chicago en los años 20, en donde se muestra un trato de dominación, siendo uno esclavo virtual del otro, en cuanto a comportamiento se refiere, producto de sus dislocadas y frías mentes, sin sentimiento ni emotividad o empatía hacia las personas que les rodean, creyéndose por encima de la sociedad y de todo el mundo, sin creer en Dios, y con una frialdad de sentimientos impresionante, incluso hacia la policía, cuando perpetran un acto delictivo deleznable. Dean Stockweel es el asesino intelectual. Su relación es totalmente pasiva respecto al personaje interpretado por Bradford Dillman, que es el dominante entre los dos protagonistas. Tienen una mente tan enfermiza que creen que -por ser muy inteligentes- pueden burlar a la policía y a la sociedad en la que se desenvuelven con sus temerarios y/o delictivos comportamientos.

Por eso, ya avanzada la película, entra en escena el abogado defensor Jonathan Wilk (Orson Welles), al que cada día observo (en pantalla) que va cogiendo más volumen humano y plausibles dimensiones interpretativas. Mediante un lenguaje escogido y un toma y daca verbal agudísimo, especialmente, entre el fisca Horn (E.G. Marshall), mostrando fríamente los hechos correspondientes a la investigación criminal, y el abogado defensor, chispeante y gracioso, ante la gravedad del caso que se juzga, mientras van encarando el juicio que se celebra para dilucidar la culpabilidad de los encausados.
El presentador hizo mención especial del cambio tan importante que toma la película cuando aparece Orson Welles, con su gran humanidad y preparación ante la cámara, especialmente mediante el discurso que -como abogado defensor- interpreta magistralmente, marcando un hito claro dentro del cine: defendiendo la abolición de la pena de muerte (o su no ejecución); apelando a valores humanos universales como el perdón, la compasión, la rehabilitación del homicida para que tenga atenuantes; y no caer así en la barbarie ni volver a la época de las cavernas o a la Ley del Talión.

La trama es muy parecida a «La soga» de Hitchcock, con la salvedad de que, en vez de investigar a los chicos su profesor, esta vez lo hace un policía. También está presente, durante toda la película, la relación homosexual de los protagonistas. Las comparaciones entre este caso y el nazismo quedan también bastante en evidencia.
Hace sus guiños, para ridiculizarlos, al Ku Klux Klan, mostrándolo en unas de sus escenas características para amedrentarlo a él, como abogado defensor del caso, pero Orson Welles hace gala de una habilidad oratoria y una estrategia judicial extraordinarias. Su discurso final conviene escucharlo en versión original, cogiendo el camino más justo y equilibrado para el caso que defiende, en donde hacen su aparicion una serie de comportamientos y actitudes mentales desquiciadas, como la esquizofrenia o paranoia de los dos personajes principales, haciéndonos recordar, un tanto, ciertas actitudes ciudadanas que cada vez son más asiduas y repetitivas en nuestro entorno, pues el paro, la droga sin control y desde temprana edad, la inmigración, la guerra soterrada o declarada, los casos de los yihadistas en París y en otros lugares del mundo, el confinamiento actual por el coronavirus chino, etc., son un cóctel molotov que tiene como denominador común ciertos lavados de cerebro y desviaciones del normal comportamiento social y mental individual; y que, por desgracia, cada día se va viendo más en nuestra desquiciada y enferma sociedad. No se pierdan a otro protagonista insólito de este filme: ¡unas gafas de pasta!, cuya metáfora delatora recuerda al famoso cuento de Poe.
Me dio la impresión de haber visto dos películas en una: la primera hora transcurre de forma parecida a «La soga», aunque con variedad de escenarios, hasta que partir del minuto 62 aparece Orson Welles…
Buena peli para disfrutar, tanto en sus tomas de cámara, como en la historia que cuenta, basada en hechos reales que ocurrieron con dos jóvenes de la alta sociedad de Chicago, obsesionados por las teorías de Nietzsche acerca del superhombre, que deciden cometer un crimen perfecto.

Al término de la proyección, Andrés me contó (aparte) que uno de los dos condenados a prisión, el principal inductor del asesinato, fue asesinado en ella; no sé si como venganza cotidiana entre la población delincuente o por otra razón. Cosa que solemos oír por desgracia en otros casos similares, en los que la madre es asesinada por su hijo; o violaciones o muertes de esposas, hijos, etc. ¡Es la ley -no escrita- de la cárcel y del hampa!
Un jueves más, sonó el aplauso sincero de los amantes cinéfilos, mientras se iba despoblando la Sala del Club de Lectura del Hospital de Santiago y los cinéfilos constituían su propio cinefórum camino de una plácida cena seguida de un sueño reparador, haciéndoles cavilar seriamente sobre ese “impulso criminal” que toda persona desquiciada (y no tanto…) lleva dentro; preguntándose cuál es la frontera de la normalidad psicológica y comportamental del ser humano, medible según la sociedad en la que se desenvuelva. ¡La Antropología tiene mucho que decirnos al respecto!
Úbeda y Sevilla, 22 de marzo de 2020.
Fernando Sánchez Resa

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