Epidimia (sic) – 1

Por Alfredo Rodríguez Tebar

La actual epidemia de coronavirus que nos afecta da pie a reflexionar sobre otras pandemias que la Humanidad ha sufrido y la incidencia que tuvieron sobre el desarrollo progresivo y regresivo, material y espiritual de los pueblos que las padecieron. Algo aprendimos y aprenderemos de ellas.

Quizá la primera epidemia documentada con precisión fue la Peste de Justiniano de 541-543. El cronista oficial de la corte, Procopio de Cæsarea (algo así como el Jaime Peñalver o el Eduardo Inda de la época, quien también se despachó a gusto con las veleidades de la emperatriz Teodora) describió la epidemia en términos precisos y las dudas sobre la identidad de aquella peste se disiparon recientemente cuando en cadáveres de la época se hallaron secuencias del DNA del Yersinia pestis, la bacteria causante de la Muerte Negra.

[Voy a dejar para en final la peste bubónica de 1348 en Europa, quizá la más conocida y de mayor influencia en el rumbo ulterior de la Humanidad, de la cual existen registros históricos abundantes].

Las epidemias de peste no acabaron en Europa con la de 1348. En los s. XVI, XVII y XVIII se repitieron en Italia, Gran Bretaña, Francia, España y, prácticamente, todo el continente. La última gran epidemia de peste apareció en Hong Kong en los años noventa del s. XIX (allí el microbiólogo franco-suizo Alexandre Yersin y el japonés Kitasato Shibasaburo identificaron el bacilo de la peste) y se extendió a la India en los primeros años del s. XX. Epidemias debidas a un largo número de microorganismos, como el cólera, tuberculosis, viruela, difteria o garrotillo, tifoideas… han asolado el mundo y, en particular, Europa hasta tiempos recientes. Quizá las principales epidemias del s. XX hayan sido la gripe “española” de 1918, la gran gripe asiática de 1957 y la polio de los años 1907 y 1952 en EEUU y Canadá. Tampoco debemos olvidar el SIDA, otra epidemia menos espectacular, pero que ya ha matado a casi cuarenta millones de seres humanos y al menos setenta millones están infectados.

El XIX fue para España un siglo perdido. La depredadora invasión francesa, el reinado del peor rey que hemos tenido, la traumática independencia de las colonias americanas, la Década Ominosa, el reinado de Isabel II con su confesor Antoni María, los años de gobierno del Espadón de Loja, el carlismo… etc. estuvieron a punto de liquidar a España como nación. A esto se añadieron las frecuentes epidemias que sufrió el país. Las más relevantes fueron las de cólera en brotes sucesivos: 1833-1834, 1855 (la peor), 1865 y 1885 (esta última se cebó particularmente en la provincia de Jaén, desde Molinicos, Sierra del y de Segura, Villanueva del Arzobispo, hasta Jaén capital), que afectaron a un 20% de la población española. La mortalidad llegó en algunos brotes y lugares hasta el 50% de los afectados. Las condiciones higiénicas, el hambre y el cólera hicieron que la población española creciera modestamente a lo largo del XIX. Un efecto colateral fue la descristianización de la sociedad que perdía la fe en un dios tan severo y en ocasiones acusaba a los curas de envenenar las aguas y extender la plaga (en Madrid en 1834 se asaltaron conventos y se asesinaron unos setenta y cinco monjes).

 La epidemia de peste bubónica de 1348

Cualquier enciclopedia dice que la epidemia se originó en Mongolia, lo que es poco creíble. Alrededor de 1330-1340, un fragmentado imperio mongol ocupaba casi la totalidad de Cathay, la actual China, y es más lógico que se originara en la costa donde la densidad de población siempre ha sido muy grande. El hacinamiento de la gente y el contacto estrecho con animales, domésticos o salvajes, favorecen la eclosión de epidemias, como estamos viendo ahora y hemos visto en el pasado. Parece que en 1346 tropas mongolas asediaron infructuosamente la fortaleza genovesa de Kaffa (Feodosia) en SE Crimea y, al levantar el sitio, catapultaron unos cadáveres de sus soldados que habían muerto por peste hasta el interior de la fortaleza. Un barco genovés de regreso desde Kaffa portó de alguna manera el bacilo (bien por enfermos o por ratas infectadas), arribó a Mesina y extendió la plaga en toda Europa.

El mecanismo de transmisión de la peste es doble, aunque simple: (i) Unas pulgas (el vector) infectadas con la Yersinia pican a las ratas y al hombre, que sufrirá la forma bubónica de la enfermedad (bubón = ganglio inflamado, tumefacto y doloroso); (ii) La bacteria en un humano infectado por una pulga puede pasar a los pulmones y desde allí se transmite a otro humano por vía aérea (formas pulmonar y septicémica, mucho más graves, prácticamente mortales).

No obstante, se tardaron siglos que relacionar las ratas y pulgas con la peste, quizá porque estos animales los había habido siempre y la epidemia se presentaba de golpe. Lo único que la sociedad tenía claro es que la plaga venía por mar y se transmitía desde el apestado al sano. Se decretó la cuarentena y los barcos no pudieron atracar en muchos puertos. Parece que nadie se dio cuenta de que las ratas, que son unas excelentes nadadoras, escapaban de los barcos en cuarentena y alcanzaban la costa nadando hasta tres días seguidos varias millas. El Mediterráneo se llenó de barcos fantasma que vagaban por el mar con todos sus tripulantes muertos.

La primera vez que oí hablar de la peste medieval fue al P. Sobrino S.J., el provincial, cuando (1960, 1961?) nos presentó la película El Séptimo Sello, de Ingmar Bergman con Max von Sydow, fallecido hace unos días. El padre Sobrino gustaba de contarnos y explicarnos las películas previamente a la proyección para que las ‘entendiéramos’ mejor. En esta película la escena que más me impactó fue la entrada de los Flagelantes en una ciudad cantando el Dies Irae.

Esos fantoches, que vagaban de ciudad en ciudad, matando a cuanto judío o leproso se encontraban, teatralizando la tragedia con sus cantos (Geiβlerlieder), contribuyeron grandemente a la difusión de la epidemia.

La peste entró en el continente por los puertos de Marsella y Pisa, desde donde se extendió por Europa Occidental. Los efectos fueron devastadores a corto plazo y la gente se sintió inerme y aterrada. Pongo dos testimonios:

«La gente se evitaba entre sí; nadie se preocupaba por su vecino ni este se preocupaba de los demás vecinos; los parientes apenas se visitaban o no lo hacían nunca. El terror había golpeado el corazón de hombres y mujeres; el hermano abandonaba a su hermano, el tío al sobrino, la hermana al hermano y a menudo la esposa a su esposo. Pero lo peor e increíble era que padres y madres rehusaran ver y atender a sus hijos, como si no fueran de ellos» (Del prólogo del Decamerón de Boccaccio). Y este otro:

«Los enfermos morían sin nadie a su lado y los muertos permanecían varios días sin enterrar… la caridad estaba muerta y la esperanza perdida» (Guy de Chauliac, médico y cirujano occitano contemporáneo a la plaga)

Enseguida operó el manido mecanismo de echar balones fuera, buscar explicaciones y, si se podía, encontrar culpables. Nuestro presidente, José Luis Rodríguez Sánchez, ha publicado varias reseñas sobre los bulos que se extienden por las redes sobre la actual epidemia por coronavirus. No es nada nuevo; todas las epidemias han estado plagadas de fakenews. Las de la peste se concretan así:

Los primeras cabezas de turco fueron los judíos y en menor medida los leprosos, a quienes se acusaba de envenenar los pozos y las aguas. Los judíos fueron asesinados en masa en muchas ciudades europeas (Estrasburgo, 2000 personas; Basilea, 600; Maguncia (Mainz), 6.000…) normalmente mediante combustión; se les metía en enormes cabañas de madera embreada construidas ad hoc, que luego incendiaban. Una dimensión no suficientemente estudiada era que, quemando judíos, quedaban anuladas las muchas deudas que nobles y burgueses tenían con ellos.

La segunda explicación vino de la Iglesia que interpreta la realidad terrenal en clave divina; todo era la voluntad de Dios que nos castigaba por nuestros muchos pecados. El papa Clemente VI (Aviñón) decretó en dos bulas (verano y otoño de 1348) la excomunión a todo el que dañara a los judíos, pero no parece que le hicieran mucho caso; los progromos antes mencionados tuvieron lugar en 1349).

Y la tercera explicación era realmente delirante y vino de los “científicos” de la época, principalmente del antes mencionado Guy de Chauliac, quien consiguió que la Universidad de París le validara su genial idea. Aconsejado por de Chauliac, el rey Felipe VI de Francia convocó a los doctores de la Facultad de Medicina para que declararan que el origen de la epidemias se debía a una triple conjunción planetaria, el alineamiento de Marte, Júpiter y Saturno (no se conocían Urano ni Neptuno), acaecida a la una de la tarde del día 20 de marzo de 1345. Tal conjunción había producido efluvios y emanaciones tóxicas desde la tierra que envenenaron el aire y las personas. El bando se tradujo a varios idiomas y la conclusión fue aceptada en toda la Cristiandad, también en el Sultanato de Granada.

Siempre me produjeron rechazo aquellas personas que sin saber nada de un asunto, tienen explicaciones para todo; los que no saben callarse ni decir «no lo sé». Los grandes popes de la medicina antigua y medieval eran en su mayoría unos ignorantes que hicieron errar a mucha gente, hicieron mucho daño y retrasaron el progreso de la Medicina, y entre ellos incluyo a santones como Galeno (el peor), Avicena, Arnau de Vilanova, Guy de Chauliac y otros muchos. Solo salvo a los cirujanos como Abulcasis o Ambroise Paré. La ineficacia de la medicina antigua, medieval y moderna se constata mediante la prueba del nueve, o del algodón: desde el paleolítico hasta entrado el s. XIX la esperanza de vida en el planeta era de ca. 30 años. Solo en los albores de XX se llegó a los 50 y fue subiendo hasta los 68-70 años de la actualidad.

Guy de Chauliac fue un occitano que se formó en la reputada Escuela de Medicina de Montpellier. Acabó en Aviñón como médico personal de su antiguo amigo Pierre Roger de Beaumont, quien ascendió al papado con el nombre de Clemente VI. A lo largo de los años, monseñor de Chauliac (era un canónico premonstratense de la regla de san Agustín) escribió su famosa Chirurgia Magna, que fue un libro de texto en casi todas las escuelas de medicina de la época durante 300 años. En su libro fusiló muchas partes del Kitab al-Tasrif (Tratado de la Práctica Médica) de Abulcasis (Abu al Qasim al-Zahrawi, el célebre médico cordobés del s. X), escrito cuatro siglos antes.

A Chauliac hay que reconocerle el haber sido uno de los tres o cuatro médicos que permaneció en Aviñón (los demás huyeron) durante la epidemia que castigó la ciudad papal con especial saña; tanto fue así, que el papa Clemente sur le pont d’Avignon bendijo las aguas de Ródano para dar agua santa a los miles de cadáveres que bajaban desde Ginebra y Lyon. Chuliac protegió al papa rodeándolo de antorchas (lo que tornaba a las pulgas menos infectivas —explicaré después este hecho), pero no evitó contagiarse él mismo. El médico se trató sus bubones con un emplasto de higos secos y almendras molidas ¡y sanó! Se sintió orgullosísimo de su éxito el resto de su vida y recomendó su bizma a todo el mundo. Esta era la medicina de entonces.

Como cualquier otra epidemia, la Peste Negra de 1346-1351 pasó, como pasará esta del virus corona. El problema fue el rastro que dejó detrás y las consecuencias, delante. En una siguiente entrega, escribiré algo sobre estas cuestiones:

—¿Por qué se presentó aquella epidemia y por qué se presenta la actual?

—¿Por qué y cómo remitió la epidemia de peste bubónica 1346-1351 y cómo puede remitir la actual?

—Cuáles secuelas demográficas, económicas, sociales, culturales, religiosas… dejó la Muerte Negra y lo que podemos aprender de ella para evitar otras epidemias.

(continuará)

3 opiniones en “Epidimia (sic) – 1”

  1. Alfredo, soy Marta Cecilia Lopera Restrepo, prima de Gloria Elena. Te manifiesto mi admiración por tu escrito, por lo claro y ameno, además de bien documentado. Me encantó!!!

    Un saludo muy especial desde Colombia.

  2. HOLAS AFECTIVAS, AMIGO ALFREDO.
    QUIERO FELICITARTE POR TAN MAGNÍFICO ARTÍCULO REPLETO DE HISTORIA Y CURIOSIDADES.
    RECUERDO PERFECTAMENTE AL PADRE SOBRINO EXPLICÁNDONOS CÓMO SE ABRIERON LAS AGUAS DEL MAR ROJO (UNA GRAN PISCINA) EN LA PELÍCULA «LOS DIEZ MANDAMIENTOS» Y LA PRESENTACIÓN SOBRECOGEDORA DE «EL SÉPTIMO SELLO».
    GRACIAS POR HACERME RECORDAR AQUELLAS HISTORIAS VIVIDAS HACE SESENTA AÑOS Y POR PROPORCIONAR CONOCIMIENTOS. ADEMÁS, TU ESCRITURA ES DIRECTA, DILECTA Y VERAZ (DIFÍCIL ENCONTRARLA HOY).
    ESPERO CON IMPACIENCIA LA CONTINUACIÓN DE TAN APASIONADA E ILUSTRATIVA HISTORIA.

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