A golpe de clic


Por Fernando Sánchez Resa.

«¡Qué barbaridad, cómo ha cambiado todo!; yo me vuelvo a mi tumba», dirían nuestros abuelos y/o antepasados, si pudieran regresar de donde estén y toparse con lo que estamos viviendo ahora, con todos sus adelantos tecnológicos, sociales y de todo tipo.

Y no es para menos. Nuestra sociedad ha cogido unas vertiginosa velocidad de cambio, sin precedentes; unos bríos de innovación-eclosión tan exagerados, en todos los campos, especialmente en el tecnológico y social, que parece que marchamos a la velocidad de la luz en el vacío (casi 300.000 km/s), en lugar de a la del sonido (algo más de 340 m/s en la atmósfera terrestre) que era a la que no hace tanto caminábamos, eufemísticamente hablando.

Y así nos va. Pues hemos perdido -o estamos malgastando- la paciencia y el tiempo necesario de reflexión, a marchas forzadas, para ir asimilando pausadamente los cambios de todo tipo que a cada persona y generación les tocan asumir y experimentar en todos los campos de su existencia, sin sobrepasarlos ni saturarse.

Las redes sociales se han convertido en el eje vertebral sobre el que pivota nuestro saber y conocimiento más inmediato, mediatizándonos todo lo que ocurre a nuestro alrededor, sea cercano o lejano. Ahora te metes en internet para que Google u otros buscadores te proporcionen su sabiduría inconmensurable. Se lo puedes preguntar por escrito o hablado, que te contesta inmediatamente. Por eso, las nuevas generaciones (y la nuestra, aunque ya más madura, a la que le ha llegado esta movida un poco tarde) pueden llegar a creer que todo está ya conquistado y conseguido, por lo que no es preciso estudiar, discernir o memorizar particularmente ningún tipo de conocimiento, puesto que todo lo tenemos controlado, todos a golpe de clic. ¡Craso error!

Actualmente, los políticos y mucha gente importante -o no- tiene sus propias redes sociales en las que divertirse, informarse o hacer o decir lo que le venga en gana, pues se ha democratizado (en apariencia) la información y la opinión: Facebook, Twitter, Whatsapp, Instagram, You Tube, páginas Web… Ellas nos hacen alcanzar la inmediatez de la noticia o comunicado, sin tener el sosiego suficiente para meditar el infinito tráfago de información, fotografías, opiniones, etc., que nos echan encima. Bastantes de ellas falsas e/o interesadas -por cierto-, que pretenden comerte el coco o lavarte el cerebro y conseguir que seas una ovejita más del rebaño que quieren apacentar los medios de comunicación o presión social, para anularte el intelecto, saturando tu voluntad, y explorando las debilidades de todo ser humano -las tuyas en particular-, haciéndote creer que andas bien informado y que estas en posesión de la verdad. ¡Qué insensatos somos, si no llegamos a rebelarlos contra ello!; aunque cada vez es más difícil, pues las redes sociales constituyen una droga lenta e inodora que hace mella en la voluntad de quien más la consume, ahormándolo a su medida.

Todo lo positivo que puedan, y de hecho tienen, las redes sociales, se puede convertir en negativo si no se sabe hacer uso de ellas, con cordura y cierto desapego, ya que nos puede pasar como al drogadicto que, una vez entrado en ese mundo al que se le han dado todo tipo de facilidades gratuitamente, ya le será muy difícil salir sin ayuda exterior, pues su voluntad la tendrá anulada o secuestrada casi por completo.

Podemos llegar a ser zombis modernos que viven aislados en su pompa de cristal informativa o lúdica, si no contrastamos esas ideas con nuestros familiares, amigos, vecinos, maestros…

Hoy, casi todo el mundo, cree saber de todo y puede (y debe, si le apetece) expresar su opinión de lo que acontece o debía pasar en nuestro mundo actual, a veces cayendo en el revisionismo histórico más burdo, pensando con nuestra mentalidad de hoy lo que ocurrió en el ayer más o menos lejano. Pero cuidado; podemos caer en el exceso de información u opinión sesgada o manipulada que no te haga ver el bosque humano en el que te encuentras inmerso, creándote una realidad virtual lejana a la realidad.

Si el becerro de oro -como lo han sido siempre el dinero y el poder; ahora viene a ser el de la información actualizada a ultranza- lo digerimos como creyentes acérrimos e incondicionales para practicar esta nueva religión, filiación política o social, asumiendo que nuestras nuevas redes sociales son la democracia más auténtica con la que pudiéramos toparnos en la Tierra, nos vamos a llevar una decepción mayúscula, pues ahí no va a imperar la cordura, el recato, la buena educación, la empatía…, sino todo lo contrario: va a ser una guerra sin cuartel continuada -ya lo es-, que pretende contaminarnos e implantar novísimos ideales políticos, religiosos, ambientales, farmacológicos, alimenticios, personales…, lo más anodinos o dañinos que puedas figurarte, envueltos en papel de celofán, y en donde imperará la mala educación, la mala leche, el odio exacerbado y todos los vicios habidos y por haber, cual los siete pecados capitales (lujuria, ira, soberbia, envidia, avaricia, pereza y gula), constituyéndose en una especie de caricatura simiesca o demoníaca, deforme y singular muy atractiva.

Alguno me dirá: «Entonces qué es lo que defiendes; que lo dejemos todo y volvamos al Siglo de Oro, por ejemplo». Yo le diría que no, que no hay que ser tan drástico. Cada cual, con la libertad individual que le otorga nuestra sociedad democrática en España, puede tener y estar en todos los foros reales y virtuales que le interesen, pero armado de paciencia, medida y precaución, procurando no quedarse atrapado y enganchado para siempre, en un sinvivir sin tiempo para pensar y elucubrar, siendo esclavo del golpe de clic continuado y con la alerta de saber que pueda ser manipulado permanentemente; más que antaño, incluso…

Sevilla, 2 de septiembre de 2019.

fernandosanchezresa@hotmail.com

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