Vicisitudes de la vejez, 5

Por Fernando Sánchez Resa.

Hay momentos en mi vida, especialmente en esta etapa final en la que me encuentro, que me pregunto por el sentido de ella, no llegando a comprender realmente el porqué estamos los humanos aquí; y yo, menos, incluso siendo católica practicante, pues las dudas e interrogantes de todo tipo me asaltan por doquier.

Y no es que me encuentre en un estado depresivo. Ya dije que no soy propensa a ello; pero, conforme van pasando los años, te vas dando cuenta de lo poco que le importas a nadie, sobre todo si ya te encuentras viuda, aunque a unos menos que a otros; mientras casi todos hacen el paripé o el intento de disimularlo lo mejor o peor posible, tomándote por tonta, cuando no lo eres; aunque muchas veces tenga una que interpretar también ese papel impostado por no liarse a llorar desconsoladamente.

Desde luego tengo momentos para todo; y el tiempo en la vejez tiene una cadencia contundente y una solidez especial en la que tu cabeza siente tantas cosas insistentemente; por ello, dejo volar mi imaginación, pensando en las distintas etapas evolutivas de mi existencia, sintiéndome eufórica -en este momento, precisamente cuando hago estas reflexiones- al acordarme de mi infancia feliz; y no es borrachera o chochez mental, ni nada que se le parezca, a pesar de que todos -de hecho- sublimemos y reescribamos nuestro pasado en positivo, siendo siempre en mayor grado cuanto más remoto sea.

¡Qué etapa más dichosa!; aunque realmente siempre la magnifique como todo hijo de vecino. Mis padres allí, tan próximos y cercanos, y yo respirando el amor que me profesaban, así como a mis hermanos, muy distinto -en la forma, que no en el fondo- del que ahora dan los nuevos padres creyendo que concediéndoselo todo a sus retoños los van a querer más y para siempre. ¡Cuán equivocados están! La vida les irá enseñando, como conmigo lo ha hecho, y se darán cuenta -posiblemente tarde- de los errores cometidos.

Como decía -pues tiendo a interrumpirme y enrollarme a la menor ocasión, como buena parlanchina que soy-, tenía el cariño y la segura protección de mis padres y fui aprendiendo que en la vida “el dinero no lo echan los árboles” y que hay que ganárselo a pulso, desde que una se levanta hasta que se acuesta, a ser posible, con el regusto del deber cumplido. Por entonces se madrugaba, porque siempre  había que hacer muchas cosas en la casas y en la huerta, en la que también se había de echar una mano o las dos, y no teníamos al fámulo o criado de clase rica que te lo hiciese todo. Creo que tuve suerte de nacer en la familia adecuada, que fue la que me trajo al mundo y me acogió amorosamente, y con un plus mayor, siendo la mayor y la primera de mi familia y de las de mis dos abuelos maternos y paternos, pues aprehendí tantas cosas que siempre les estaré agradecida a esos seres irrepetibles que me dieron la vida, me cuidaron y alimentaron, me mostraron los mejores ejemplos de virtud y lucha que pudiera yo recibir. Y más, cuando veo por la televisión u oigo por la radio ese chorreo interminable y dramático de inmigrantes, de todas las edades, latitudes y condiciones. ¿Quién fue el responsable de que naciera en esta familia de clase media y bien avenida y no en otra de peor calaña  o en otro país incivilizado? Ahí queda esa pregunta para quien pueda y quiera contestármela.

Por eso, mi agradecimiento sempiterno siempre ha ido por delante. Ya me lo decía mi padre con sus famosos proverbios: “Es de bien nacidos ser agradecidos”.

Mi madre me enseñó cómo y cuándo realizar las labores más importantes de la casa, teniendo incluso tiempo -por las tardes- para emprender la laboriosa y gratificante tarea de irme haciendo una manitas en las labores del cosido o bordado, ejecución de todo tipo de punto, arreglo de prendas de vestir, etc. Llegué a coger la perfección que vi en mi madre y abuela, tras muchos años de aprendizaje y pinchazos en las yemas de los dedos -a pesar del dedal-, incluyendo también cierto devanamiento de sesos; e -incluso- pude llegar hasta más alta perfección, sin que en esto signifique vanagloria personal alguna, elaborando -en mi juventud y edad adulta- muchas de las prendas que lucirían a diario o los domingos y fiestas de guardar mi marido y mis hijos en su infancia y adolescencia, antes de que se inventara el prêt-à-porté; amén de la elaboración y mejora del ajuar, ropas de cama, cortinas, adornos de la casa, etc.; y hasta en mi vejez avanzada -en la que llevo tiempo encontrándome- acometer la labor manual exclusiva, tan gratificante y templadora de nervios, como son las colchas de ganchillo para regalar a mis queridas nietas o hacer vendas para los enfermos de África.

En fin, lo más importante es que siempre me he sentido útil y no “un mueble viejo”, como ahora, que no sirvo para casi nada, como no sea para dar la lata y ser todavía más gravosa en la ajetreada vida de mis hijos y nietos, en la que ya no tengo cabida.

También me prepararon mis padres para el rol que tendría que ejercer toda la vida, si tenía la suerte de encontrar un marido acorde con mi persona y familia, en el que mediara el amor más sincero, y hacerlo yo feliz, al igual que él a mí, como siempre vi en mis padres; aunque todo esto lo fui matizando y entendiendo conforme crecía y me daba cuenta de que “no es oro todo lo que reluce” y que los mayores me ocultaban muchas cosas, como a todos los niños en casi todas las épocas, con tal de no hacerme sufrir y ver la dureza que tiene la vida, aún naciendo en una familia normal de clase media de nuestra querida España, allá por el primer cuarto de siglo pasado.

Sevilla, 22 de agosto de 2019.

fernandosanchezresa@hotmail.com

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