Bécquer y el barrio de San Lorenzo, 2

Por Fernando Sánchez Resa.

Aunque siempre que se presentaba Bécquer, Julia lo despachaba sin contemplaciones, pues lo que ella quería, en verdad, era una vida más regalada que la que le podía ofrecer este aficionado poeta; por eso, se casó con un ministro de Hacienda, de la época.

También salieron de la parroquia para decirnos que se oía en demasía la representación que estábamos presenciando y que no se podía decir misa, por lo que nos alejamos todos mientras Dani, ya sin micro, iba explicando más detalles interesantes de la agitada vida de nuestro amado poeta de juventud; desvelándonos que no murió de tuberculosis realmente, como todos creíamos o nos han hecho creer, sino de sífilis; pero que sus amigos y demás personas -que tanto lo estimaron- edulcoraron su muerte, pues por entonces aquello estaba muy mal visto. Es como si ahora dices que te has muerto de sida…

Supimos que Bécquer, cuando se fue a Madrid, se alineó con los moderados, en contra de los liberales, y nuestro guía nos fue dando detalles de cómo se fue presentando para trabajar en diferentes medios periodísticos; hasta que, al final, consiguió ser gacetillero, aunque no de los que iban por ahí cazando noticias.

En otras paradas, el guía nos explicaría cómo Bécquer hizo una revista -con su hermano Valeriano- por suscripción de personas interesadas -incluida la reina-, para ir publicando sustanciosos textos sobre los templos de España, mientras Valeriano los iría alumbrando con sus magníficos dibujos, empezando por las iglesias de Toledo, aunque luego se quedaría en agua de borrajas. También nos contó, en la plaza de La Gavidia, que ambos se dedicaron a hacer una revista gráfica, satírica y pornográfica, sobre la reina, el clero y algunos de sus primeros ministros o allegados, en los que todos se veían fornicando o en posturas lascivas… Incluso nos habló de un personaje al que Bécquer le dio toda su producción literaria para que se la publicase; pero no lo hizo, como pequeña venganza contra la revista satírica. Los originales de lo que había escrito Bécquer estaban en casa de ese señor y, en la invasión napoleónica, se los quitaron los franceses; por lo que nuestro poeta romántico tuvo que reescribirlos para poder publicarlos, por fin, cuando ya se encontraba en su época más productiva de trabajo y asentamiento cultural.

También nos enteramos de que fue censor de libros en España, durante un tiempo, pero que -curiosamente- su listado de libros censados se ha borrado y no se encuentra ni aparece por ningún sitio…

Dani nos recordó cómo, en la invasión napoleónica, Daoiz (Luis Daoiz y Torres) y Velarde (Pedro Velarde y Santillán), oficiales de artillería, se levantaron en armas, cuando pasaban los soldados franceses por Madrid camino (teóricamente) de Portugal, por el Tratado de Fontainebleau, al comprobar que su verdadero objetivo era apoderarse de Madrid. Por eso, sendos oficiales dieron armas al pueblo y por medio de guerrillas, en las zonas montañosas de España, hostigaron al ejército francés, hasta que lo logró expulsar el pueblo español; siendo Cádiz la única capital española que no cayó en manos de los franceses.

Fuimos enterados de que Bécquer, siendo pintor y habiendo hecho la carrera de Bellas Artes, como su hermano Valerio, gracias a que se crió con su madrina, Manuela Monnehay Moreno, acomodada comerciante de origen francés que tenía una biblioteca impresionante de libros, muchos de ellos en francés, le tomó gustillo a la literatura y a la poesía y, cuando tuvo ocasión, se dedicó más a ellas que a su posible creación artística. Sabemos que su padre era un famoso pintor costumbrista, pero que se murió teniendo Gustavo cuatro años; y su madre, cuando tenía diez; y de cómo tomó el apellido Bécquer de los antepasados de la familia paterna de su madre, que eran comerciantes flamencos y adinerados, pero que a lo largo de varias generaciones había decaído su poder económico; por eso, se fueron a Madrid a probar suerte, creyendo que allí “ataban los perros con longaniza” y se encontraron los dos hermanos con una ciudad pueblerina, sucia y morbosa, la antítesis de su amada Sevilla, en la que las casas encaladas, el sol y buen ambiente no tenían ni pizca de comparación. Y nos desveló el porqué de las casas encaladas: para que no se propagase la peste. Hizo mención a los pueblos blancos de Cádiz y del blanqueado de las casas de Andalucía en general, siendo como medida profiláctica y preventiva de esa enfermedad, pero también característico de la albura de esta tierra de ensueño de la que nadie quiere salir…

fernandosanchezresa@hotmail.com

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