“Los pinares de la sierra”, 02

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

1.- El engaño.

En los primeros días del mes de junio, a eso de las nueve de la mañana, entre un tumulto de estudiantes, que intentaban llamar la atención de los camareros, para que les sirvieran el café con leche y el croissant, acodado en una barra rebosante de platos, tazas y cucharillas, en el bar de la facultad de Ciencias Económicas y Empresariales, fumando y sin dejar de mirar el reloj a cada momento, estaba mi amigo Paco Portela, alias “El Chirla”. Era moreno y menudito, de mediana estatura, con unos ojos grandes y avispados, una sonrisa franca y contagiosa, y ese salero tan especial que tienen los golfillos de las playas gaditanas. Nació en Puerto Real, un sencillo pueblo marinero de la bahía de Cádiz, sin más atractivos que un par de iglesias centenarias y “El Callejón del Arco”, típico lugar en el que los turistas se hacen una foto a su paso por la villa.

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