El eterno retorno

Para mis hijos Víctor Manuel, Raúl David y Christian.

Ir y volver,

andar la misma calle inesperada

con la calma precisa de quien sabe

que el mundo empieza en cada esquina,

percibir los olores con el profundo aliento

que emanan las especias,

los dátiles, el cuero, y los madroños,

sentarse en un café

con una sola mesa

y escribir, si se puede,

dos palabras, o tres,

de las que quedan sólo

las letras desvestidas

de tinta irreverente.

Más tarde, salir por la puerta

Buonanía subido en un asnillo

o en las alas de un ángel

desventurado

que enciende con sus ojos

las luces del ocaso.


juralopez42@msn.com

FIN

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