No viernes santo

Por Mariano Valcárcel González.

Me he levantado sin ánimo, bajo de tono, sin ganas de nada.

No, no es que hoy tuviese nada que hacer distinto a lo de ayer, lo de antes de ayer y más de antes de ayer (o sea todos los actuales días), sino que lo que he de hacer hoy, con seguir lo rutinario, no me motiva ni me incita a la acción entusiasta, ni siquiera rutinaria. Tal vez tenga, ahora mira por donde, la tensión baja.

Hoy no va a ser mi día, desde luego. Sin embargo, haré lo que vengo haciendo y en el orden que me he establecido sin alterarlo. Pero es que no, que no…

Hoy es Viernes Santo.

 

Tal vez en mi mente pese mucho la conciencia de la efeméride. Que bien me sé que es mucho día para muchas personas, por diferentes y, sin embargo, unificadas circunstancias. Confluyen todos en el significado del día. Viernes Santo de la Semana Santa del año 2020. Una Semana Santa especial, sin duda. Porque, como tal y ha venido siendo este año, no lo es.

No es que yo sea especialmente semanasantero, capillitas o meapilas, no; que ya lo he dicho por activa y por pasiva, que yo no confundo el serlo para ser… Me explico; que no es condición imprescindible el ser cofradero en Úbeda para ser un buen ciudadano y vecino de Úbeda. Y esto lo aclaro, porque así lo creen algunos como dogma indiscutible.

No he de ir con el canto del himno a la ciudad, en la boca y en todas partes; ni gritar un «¡Viva Úbeda!», en cuanto me encuentro en algún acto colectivo o en los medios de comunicación; y tampoco, como digo arriba, alardeando de semanasantero (si puede ser de varias de las cofradías actuales) para creer y afirmar que soy un buen ubetense. Los pueblos se hacen y construyen día a día con el esfuerzo de sus ciudadanos; esfuerzo activo, no meras palabras.

Tal como un país. Un país, léase España, se hace en el día a día trabajando en aras de su mantenimiento y prosperidad. No se hace, ni se logra, ni se logrará España con meros cantos añejos, meros gritos y vivas cuanto más vociferantes mejor supuestamente en sus efectos, ni más banderas o banderolas ondeando en glorietas, plazas, balcones y manifestaciones pintorescas. O sacrosantas juras arropadas de músicas y parafernalias militares.

España se hace brazo a brazo y abrazados los españoles en el esfuerzo de hacerla, no de derribarla. Y sí, claro, son necesarios los alféreces que vayan al frente, al frente y al par, portando las enseñas. Enseñas comunes que guíen el esfuerzo colectivo.

Cuando un sector de soldados en la batalla pierde su referente, se desorienta, cunde el pánico, se desmanda y surge el sálvese quien pueda. Somos un colectivo que necesita de guías que lo compacten y orienten. Sin ellos, podemos quedar inermes, a merced del enemigo. Ya lo sabían los romanos con aquello de «Divide y vencerás».

Los que debieran guiarnos en un esfuerzo solidario no saben hacerlo; peor, no quieren hacerlo. Porque un ejército (continúo con el símil y que se rasque a quien le escueza) se compone de secciones diferentes, pero que obran hacia un mismo fin, repartiendo los esfuerzos, siempre que quienes las dirigen no cambien la dirección. Y ahora cada supuesto líder de facción (y sus compis de poltrona y cama) lleva su estandarte a la buena de dios, como le sale del potorro, y sólo atendiendo al beneficio de su bandería.

Escuchad, las alas extremas en sus caminos divergentes y tan necios; sin embargo, convergen cerrando así el paso al grueso de la tropa que no puede avanzar, pues se lo impiden. Cierran el círculo de la ineficacia, paralizando toda maniobra. Sus alféreces, liberados de toda obediencia al mando general, pretenden ya ser los verdaderos estrategas.

Este Viernes Santo me he levantado sin ánimo ni motivación.

En mi recuerdo, se agolpan los de otros años y fechas, mayormente allá por la infancia y juventud, en los que la fecha lo era todo. Sí, es raro este día hoy. La rutina del confinamiento seguirá en mi casa como todos estos días anteriores, sin variación alguna. Para esto, verdaderamente, el viernes así es un viernes cualquiera.

Para otros, tal vez no lo sea; que se les truncó lo que debieran estar haciendo, sintiendo, expresando… Por diversas razones, unos lo añorarán y otros también. Pienso en esos fervorosos capillitas que mueren por ponerse la túnica y el capirucho y creer que su santo o virgen es el único o la mejor de toda España (como si ello tuviese ni hubiese tenido nunca visos de realidad), en los que se llegan a sus orígenes al menos una vez al año y se reencuentran con sus deudos, amigos perdidos y rincones nunca olvidados (y tal vez los amores que ahí se quedaron). Pienso en los que esperanzaron en la prosperidad del negocio de unos días, que les cubría lo que no se ganaba en otros muchos…

Hace poco, volviendo a ver una película (de las de antes, con guion), el tabernero que sale en la misma da una verdadera lección de economía interdependiente, cierto que a nivel local, pero que en estos días sirve para explicar la globalidad de la misma. Todo está conectado y rueda en un circuito que no se puede abrir, pues se apaga todo. Y así los sentimientos y creencias de los cofraderos conectan los deseos y sentimientos de los que vuelven al pueblo y estos conectan las actividades de ocio y servicios que a todos cubren y a los que nos ofrecen los descansos, lugares de encuentro y, además, les sirven otros las materias necesarias e indispensables… Y todos ruedan porque la cadena no se rompe.

Hasta que se ha roto. Y ya este Viernes Santo no es igual que los pasados. Y espero que no lo sea igual que los futuros. Porque el futuro está en manos de unos inútiles condotieros que luchan en banderías absurdas, mientras todo se cae a su alrededor y los demás, nosotros, tratamos de salvar nuestras vidas y haciendas como Dios nos da a entender, pues vamos sin guías.

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