¿Otra vez de lo mismo?

Por Mariano Valcárcel González.

Malos tiempos para la lírica, cantaba un grupo hace años. No sabían ellos lo que eran malos tiempos, ni nosotros los que salimos de los restos de una España violentada hasta el paroxismo. Total, que se iba avanzando poco a poco y se iba vislumbrando cierta luz al final del túnel. Surgieron contrariedades, pero se pudieron ir salvando mejor o peor, pero sin graves consecuencias; muerte de Franco, golpe del 23 F, los sucesos del 11 M, el continuo tema de ETA y sus asesinatos… La crisis económico-financiera del 2008 que todavía se estaba digiriendo…

Llegó la pandemia COVIT 19 y se jodió todo.

Todos los que ahora tienen algo que decir dicen: lo primero es la salud, lo primero acabar con la extensión del virus y sus muertes asociadas; ahí radica el mayor esfuerzo de todos. Muy bien, debería ser cosa obvia. Y a ese fin deberían dirigirse todas las acciones, conjuntadas, de unos y otros. A ese fin, el de la contención de la epidemia, su mitigación y luego su eficaz acabado.

Ahí no deberían haber ningunas distinciones ni, está claro, ninguna división, ni territorial, ni política, ni legislativa, ni social y menos económica. El mal ataca a todos, pero no todos lo sufren por igual. La teoría no es que todos lo sufran por igual, sino que todos puedan salir del mismo igualmente. Y ahí debe radicar todo el esfuerzo común, de todos los que tienen la responsabilidad de hacerlo (que no es solo quienes gobiernan y eso debería quedar muy claro).

Pero al igual que en teoría no hay discusión en el tema de la salud, no así lo hay en la prioridad de la salud frente a la economía.

Porque el tema de la economía ha sentido el embate de la pandemia, dado que el infectarse o no depende principalmente de la relación que cada persona tenga, tanto con el exterior como con los cercanos que ya lo estuviesen. Así que evitar el contagio significa cerrar casi todo tipo de relaciones personales, laborales y sociales. Y cerrar lo laboral significa cerrar la actividad productiva en todas sus formas prácticamente.

Se cierran empresas de todo tipo. Se despiden a sus trabajadores con diversas fórmulas, sin una fecha concreta para reanudar el trabajo. Con estos cierres (que incluyen a los autónomos), se cierra la economía productiva. No hay trabajo, no hay ingresos y el capital huye como alma que persigue el diablo. Hundimiento total. Todos andan pidiendo ya ayudas, exenciones de impuestos y contribuciones; a todos los trabajadores despedidos se les debe facilitar el subsidio del paro… Las familias se quedan sin ingresos inmediatos; las pequeñas empresas sin ingresos, por falta de producción o de actividad.

Todo esto necesita dinero. Tanto la lucha sanitaria como la económica y social. Y todos lo piden. Parece ser que nadie es consciente de que el dinero no se cosecha de los árboles, ni crece en el suelo. El Estado (cualquier Estado) tiene fondos fundamentalmente, porque exige las aportaciones de los ciudadanos vía impuestos; todos sabemos que unos contribuyen más que otros y, sin embargo, a la hora de pedir dinero a la Administración, todos se creen con el mismo (o más) de recibirlo.

Pero este panorama tiene su segunda y tremenda lectura. Figurémonos que la pandemia remite y hasta se erradica en un futuro no lejano; entonces, se dará vía libre para reactivar la economía. ¿Pero quiénes y qué sectores estarán en condiciones de reanudar su actividad con cierto éxito? Hay que tener en cuenta que de esto todo el mundo sale exhausto, las arcas públicas vacías, los particulares (generalmente trabajadores y desfavorecidos) sin un euro en los bolsillos, y ciertos empresarios descapitalizados. O sea, pobretones de oficio.

Así que creer que se va a seguir con el mismo rumbo y capacidad que se tenía al iniciarse el problema es una tremenda quimera. Pero todos los más afectados (por ejemplo el sector turístico) querrán ponerse a tope con prontitud. Lógico, pero equivocado. Esto será un arranque cuesta arriba, con la necesidad de mucho esfuerzo y la aportación de muchos brazos. Para que, poco a poco, se pueda llegar al llano y se pueda ver una progresión más suave y llevadera.

A la vez que hay que concienciarse en la necesidad de luchar contra la epidemia, habrá que concienciarse en que la situación de vuelta ya no es igual que la de llegada. Exigir ayudas y medios oficiales implica que, a quien se las pide, tenga con qué cubrirlas. Vuelvo a decir, hace falta ahora y hará mucha más falta después, dinero, dinero y dinero. Y este se obtiene (el público) de los impuestos, principalmente.

Siempre se escucharon sectores muy concretos que pidieron y exigieron la disminución de los impuestos. Bien, ¿y lo que ahora se reclama en eficacia contra la enfermedad, y se reclama y reclamará en ayudas contra la crisis económica, de dónde saca ahora los recursos y de dónde los sacará luego? ¿De los árboles…? Porque me temo que, en cuanto respiren algo, volverán a la cantinela de menos impuestos y menos intervención del Estado… Hasta otra.

¿Volveremos a lo mismo? Debería ser imposible; primero, porque ya estuviésemos escarmentados tras esta tormenta y fuésemos conscientes del nuevo camino a seguir; segundo, porque ese camino no podría ir por los mismos derroteros anteriores, demostrados perdidos, y sí por la reconsideración e instauración de unos métodos y unas formas que aseguraran tanto el cuerpo como el alma social para estar vacunados contra las situaciones extremas, como las padecidas. Pero, para no errar, no deberíamos hacerles caso a los cantores de Híspalis tradicionales, los de la fanfarria engañosa, los que predican bondades y beneficios declinando sus responsabilidades (mientras se benefician solo ellos).

Todo ha de cambiar, pero para que todo cambie, sí, que se cambie; porque si no, mal vamos y peor iremos. Palabrita del niño Jesús.

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