Los miércoles, macuto, 02

Como iba diciendo, con mi amigo Juan Maldonado [gracias, Berzosa; vagamente recordaba su nombre, pero no tenía seguridad] compartía la afinidad del delirio por la política y casi ninguna más. Al menos, no lo recuerdo participando activamente en la otra gran pasión que sentí: el deporte, donde la coincidencia era mayor con otros compañeros. Estábamos agrupados en equipos. Yo pertenecía a los Cruzados, que lideraba Juan Cabrerizo Turón y recuerdo que dábamos sopas con honda (perdón por la inmodestia, pero era cierto) a Javieres, Loyolas y hasta al mismísimo potito que se presentara. Aunque en nuestro argot de compañeros, y para ponerle cara a los contrincantes, estaban rebautizados como: los bermúdez, los ballestas, los berzosas…

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Los miércoles, macuto, 01

Los miércoles me dedico a patear, mochila a la espalda, por la sierra; por lo general, sitios de inigualable belleza, que me despertaron a una desconocida sensibilidad y donde quedaron anclados mis sentimientos. Lugares que un día recorrí y me prometí procurar no olvidarlos jamás. Ahora recupero aquellas vivencias que fui guardando, plenamente consciente de la singularidad del paisaje y del momento, en ese ordenador portátil que llevamos encima de los hombros, con la viva esperanza de un día, con la madurez y el sosiego que otorgan los años cumplidos, sacar a la luz controversias conmigo mismo, conclusiones no finiquitadas, incógnitas surgidas tras la resolución de otras, horizontes lejanos que aparecen más allá de los que acabas de alcanzar, novedades inmaculadas que pronto se tornan mancilladas, dudas eternas que has ido aparcando aún sin despejar.

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Reflexiones con mochila

Las cosas en este mundo no son blancas ni negras, ni siquiera son todo lo contrario. Son del color que nosotros queramos pintarlas. Si somos incapaces de vestirlas del color que queremos es señal inequívoca de que estamos perdidos, navegamos a la deriva y estamos a merced de la voluntad de otros, porque todo el mundo trata de imponer su voluntad cuando ha pintado las cosas del color de su cristal.

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Sobre la Asamblea General del 19 de octubre de 2013

Como un rito más que cumplimentar, vamos apareciendo los llegados de los cuatro puntos cardinales del campo andaluz, que dice el viejo himno, recientemente modificado en la letra y no en el tono. Bien se podían haber cambiado las dos cosas para no correr el riesgo de volver, instintivamente, a la misma grafía. Pretender un cambio, a medias, cuando se han cumplido siete décadas de vida, se corre el peligro de cometer una equivocación a enteras. Además, vano empeño, pues, hasta los cromosomas lo han metabolizado y luce orgulloso su “adeene” safista. Nada…: ¡Originalidad. Uno nuevo, Antonio!

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Cazorla…, mi universo

Cómo pasa el tiempo… Hoy he estado en Cazorla unas pocas horas, pues no era buen día para andar por la Sierra y decidí husmear por esas callejas maravillosas con olor a pueblo serrano. Como mucho alejarme del casco urbano, llegué hasta el Santuario de la Virgen de la Cabeza, cuestas arriba agotadoras para el cuerpo y gratificantes para el alma, desde donde se domina toda Cazorla: el castillo de las Cinco Esquinas y el de la Yedra, San Isicio, la Loma, la Campiña, el Valle…, y en el horizonte: Úbeda, Baeza, Sabiote, Iznatoraf…

Hacía mucho frío, no estaba nublado y la Sierra vestía el blanco de una nevada tardía. Me quedé a comer en el pueblo, desechando el austero y preceptivo menú de la mochila que cansinamente se repite cada día de marcha. «Total, un día es un día ‑me dije‑ y no hay nada mejor que encontrarse la mesa puesta con un menú serrano, un buen vaso de vino tinto y prescindir de fregar platos. Que me lo pregunten…».

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El menos común de los sentidos

En más de una ocasión hemos oído decir que «el sentido común es el menos común de los sentidos». La mencionada sentencia no deja de ser una paradoja, y quiero creer que se dice como metáfora, aunque venga avalada por algunos psicólogos, sociólogos y otros estudiosos de la psique y del comportamiento humano.

¿Que la sensatez escasea demasiadas veces? No es cosa rara y así se explica el trabajo que nos cuesta llegar a un acuerdo razonado con algunos de nuestros próximos, dando lugar a una relación que, por repetitiva, terminamos considerando normal, si es que puede considerarse “normal” la bronca diaria con determinados sujetos.

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Barraquer y la bolsa negra, y 4

La Estación de Linares‑Baeza cae, siguiendo el sentido de marcha, a la derecha. Algunos viajeros ya habían copado la puerta de salida. No quise precipitarme, puesto que aquí se suele hacer cambio de máquina y se separan los coches que van para Granada de los que lo hacen para Sevilla, con lo que la pausa puede superar los quince minutos.

Los viajeros vamos saliendo displicentemente del tren y se va produciendo la consabida escena del recibimiento familiar.

Algunos ya se habían adelantado y, entre ellos, una pareja (hombre y mujer), de edad “casi” avanzada, se había instalado en aquel dichoso banco donde dejé la bolsa olvidada unas noches antes.

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Barraquer y la bolsa negra, 3

Desperté por la mañana en Barcelona. El desgraciado episodio de la bolsa negra ya pertenecía al pasado. Era tiempo de afrontar con todo optimismo y alegría las próximas jornadas. El hecho no me iba a amargar el encuentro con mis amigos y conocidos de la clínica Barraquer; ni con mis amigas del hostal, donde suelo alojarme, tan amables y cariñosas que hacen sentirme como en casa.

La revisión del ojo, rutinaria y sin más trascendencia, transcurrió según lo previsto: un recorrido de consulta en consulta de varios especialistas, hasta que al final afrontas la del doctor Barraquer, quien dictamina el plan que seguir a la vista de los informes recibidos de los especialistas anteriores y de su propia exploración. Todo ello en un ambiente exquisitamente amable y servicial, un dechado de limpieza y pulcritud, con una ornamentación y decoración que denota el buen gusto y donde destacan muy discretamente figuras de orden histórico‑mitológico de la cultura grecorromana.

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Barraquer y la bolsa negra, 2

El tren hacía ya más de media hora que había cogido toda su frenética velocidad. El coche‑cafetería estaba por el centro del convoy, por lo que para llegar a él tuve que atravesar, tambaleándome, varios vagones casi a oscuras, pues la medianoche y el cansancio se hacían notar en el pasaje. Pero a la hora golfa no le faltan adeptos y allí estaban, desperdigados, cuatro insomnes usuarios apurando unos cafés en animada tertulia. No fue difícil hacerme con un taburete giratorio y allí me despatarré, con regusto y satisfacción, con los codos apoyados en el mostrador y una coca cola en las manos; eso sí: light.

A mi derecha, una pareja joven se arrullaba sin mucho recato. Debió causarle alguna impresión mi presencia, pues la chica comenzó a mirarme con poco disimulo. No quise entrar en el juego del intercambio de miradas; pero, con el rabillo del ojo, seguía cada uno de sus ademanes. Y uno, al que aún le queda algo de coquetería, sentía cierto halago por la deferencia.

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