Un puñado de nubes, 11

23-02-2011.
León había llegado al bar de la cita con Amalia con casi quince minutos de retraso. Los que tardó en desviarse a una floristería para comprar un ramo de claveles. Cuando entró en el ensombrecido bar y no vio más que a dos risueñas parejas besuqueándose y a dos viejos taciturnos tomando café, pensó darse la vuelta y colocar las flores en el paragüero con la misma devoción que lo hiciera sobre una sepultura. En el fondo de sí mismo sintió como un flujo liberador que le hizo encogerse de hombros. Miró hacia la mesa en donde solía sentarse con su amigo Alfonso y lamentó que no estuviese allá.
Llevaba ya varios días sin verlo y estaba seguro de que se hubiera divertido al contarle aquella fallida “aventura amorosa”, si es que así se la podía llamar. Era como si lo estuviera oyendo:

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Un puñado de nubes, 10

21-02-2011.
Los primeros meses, después de la muerte de su mujer, fueron dolorosos para León. No solo era por la evidente ausencia, sino por el sentimiento de pérdida que le arañaba el alma.
—Qué estúpido es creer que las pérdidas fortalecen el corazón del hombre, que lo hacen más duro; lo que verdaderamente le da fuerzas es no admitirlas —pensaba—.
Sobre todo, cuando su hija le propuso, desde el primer día,  que se fuera una temporadita a su casa, hasta que se sintiera con ánimos para entrar en la casa y enfrentarse con la realidad.
—Por lo menos esta noche, papá, por favor. ¿Cómo te vas a ir solo a la casa este primer día? —le rogó inútilmente—.

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Un puñado de nubes, 09

18-02-2011.
La langue vit comme un grand arbre dont les racines
sont aux tréfonds de la vie sociale et des vies cérébrales…
Que, como sabéis, Edgar Morin viene a decir que ‘la lengua vive como un gran árbol cuyas raíces están en los subsuelos de la vida social y las vidas cerebrales’.
 —La propia evolución de los paradigmas teóricos de estas disciplinas constituye en sí misma un cambio muy importante de los presupuestos teóricos clásicos, con innovaciones altamente sugerentes para las propias ciencias lingüísticas y psico-socioculturales… —dictaba el profesor—.
La clase de Lingüística de la mañana sonaba a latines en la cabeza de León. ¡Qué le importaba a él Ferdinand de Saussure ni la madre que lo parió! ¿Cómo podía pensar en competencias teóricas ni en idiomas hambrientos de práctica? Le estallaba la sesera pensando en la noche anterior tan trascendental para él. ¡Cómo recordaba su primer porro y su virginidad perdida! Estaba de un mal humor extraño e incomprensible porque, pensándolo bien, fue una de las noches más maravillosas de su ordinaria vida.

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Un puñado de nubes, 08

16-02-2011.
Aquel jueves de la cita se alumbró el cielo con un sol bobo, bermejo, áspero como polvo de ladrillo y cuarteado por densos nubarrones que anunciaban la inminente borrasca.
Amalia había tomado el autobús que la habría de dejar a pocos metros del café en donde conocería a León y a donde llegaría dentro de unos veinte minutos.
—Ojalá sea puntual —se dijo—, porque no estoy dispuesta a esperar sola mucho tiempo y menos en un bar.
Con la mirada perdida, contemplaba a través de la ventana cómo la gente, huyendo de la mojada ventolera, caminaba deprisa por las aceras hasta desaparecer tras el umbral de una casa o de una tienda. Las calles parecían resbaladizas y blandas como jabón derretido.

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Un puñado de nubes, 07

14-02-2011.
León quedó viudo cuando tenía algo más de cincuenta años. Fue un duro golpe para él. El matrimonio se había quedado ya solo. Su hija estaba recién casada y su hijo andaba fuera, haciendo prácticas en una empresa de telecomunicaciones.
La muerte siempre es jodida, sea el día que sea; pero mucho más en un día tan señalado como el de las ánimas, en un noviembre agarrotado por un frío helador que descascarillaba hasta la corteza de los algarrobos y eucaliptos de la avenida del cementerio. A todos extrañó su entereza durante el entierro de su mujer. No derramó una sola lágrima. Odiaba el espectáculo del derrumbamiento del alma de un hombre. Sin embargo, por dentro tenía empapado el corazón de un llanto salobre. Nadie escuchó cómo maldecía entre dientes: «¡Puta vida y puta muerte!». Sus hijos lo custodiaban: un ángel masculino con gabardina a lo Bogart y otro femenino con un rostro como el de Leslie Caron en Gigi, la primera película que había visto con su mujer, de recién casados. Pendientes los dos custodios de que se viniera abajo; pero él se mantuvo entero, sosteniendo la mirada de cuantos se acercaron a darle el pésame. Le sonaron vacías las palabras del cura de la capilla del tanatorio:

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Un puñado de nubes, 06

11-02-2011.
Del aparcamiento hasta el piso fueron tres minutos de mandarinas y calorcillos corporales que subían hacia el estómago con riesgo de saludar a las farolas duras y quietas que alguien se empeñaba en poner delante de nosotros.
—No hagas ruido, que mi amiga está durmiendo.
Nunca sabrá León cómo se desnuda una mujer tan de prisa. Sonaba en la radio la canción de Massiel: “Rosas en el mar”.
En el barrio de las nubes tengo mi nube blanca con parcela de chocolate y piruletas de colores que nacen solas. Huele a menta y pasas de uva. En los árboles mecen un columpio y una hamaca.

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Un puñado de nubes, 05

09-02-2011.
Aquel día en que se desató la fuerte borrasca, por la que León tuvo que darle el esquinazo a su amigo Alfonso, éste, efectivamente, lo estuvo esperando en el bar más de una hora. Apenas había clientes. Sentado junto a la ventana enrejada que da a la calle, Alfonso contemplaba con cierta melancolía las bandadas de hojas arrugadas que se desprendían de los árboles. Después de saborear plácidamente el cortado, y a punto ya de terminar su primer coñac, decidió llamar a León para que le explicara su tardanza; pero el bolsillo donde solía poner el móvil estaba vacío. Tanteándose todos los bolsillos del chaquetón, se preguntaba:
—Pero, ¿dónde carajo lo habré dejado? ¿Y si se me ha caído por la calle?

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Un puñado de nubes, 04

07-02-2011.
Había cosas que León, en cierto modo, tenía aparcadas en un rincón del alma. Tan íntimas y especiales que ni siquiera a su amigo Alfonso, conociéndose desde hacía tanto tiempo, se atrevía a confesarle. Una cosa era hablar de fútbol, de política, de los hijos, de la pensión y otra era que, a pesar de los años, o tal vez por esa razón, aún seguía haciendo versos. León decía hacer versos y no escribir poesía. Tenía varios cuadernos antiguos, del tiempo de la facultad. Quizás los escribiera por aquel impulso vehemente de adolescente retardado que le produjo el conocer a Amalia. Tampoco se los enseñó a ella, aunque era para ella para quien los escribía.
—¡Qué viejo más estúpido te estás volviendo! —le diría Alfonso—.

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Un puñado de nubes, 03

04-02-2011.
Traía la taza del café en una mano y el platillo en la otra; en la cara, ganas de conversación. León estaba alucinado esta primera vez en que una chica se dirigía a él desde que estudiaba en la facultad.
Antes paseó la vista por cada rincón de la cafetería, esperando encontrar las caras de los compañeros, disimulando risas. Pero todo era normal: reuniones aquí y allá, parejas que disfrutaban el descanso, esforzados que comentaban apuntes, algún que otro con su soledad encima… hasta el agua de la lluvia topaba levemente en el amplio ventanal.
—Así que de Valdelduque —le dijo Amalia—.
—En realidad me crié en La Puerta de Segura, donde destinaron a mi padre, guardia civil —se atrevió a decir—.

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Un puñado de nubes, 02

02-02-2011.
Era jueves y acababan de dar las cuatro. León se vistió despacio, casi con desganada parsimonia. Pensaba que aquel encuentro con la que decía llamarse Amalia, “mira qué casualidad”, no sería en realidad la solución que buscaba. La había visto en un programa del Canal Sur, en donde gente ya mayor busca compañía para romper el enfermizo círculo del silencio.
Fue la semana pasada. Había vuelto del paseo cotidiano antes de lo previsto, porque el viento levantaba con tal fuerza regueros de hojas muertas que hasta era peligroso cruzar por el paso de peatones, porque los coches no llegaban a ver con claridad si el semáforo les permitía continuar la ruta. Ni siquiera cubrió los menos de trescientos metros que le faltaban para llegar a la cafetería en donde, tras el almuerzo, solía tomarse su cortado con una copita de Duque de Alba, esperando a que llegara el amigo Alfonso para comentar las noticias de la semana.

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